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A las buenas despedidas se les tiene poco aprecio, nula consideración, no importan mucho. Son buenas en la medida en que tienen poco que despedir, que afectar; su valor como despedida no tiene que ir más allá de amueblar la espera hasta la siguiente vez. Así debe ser. Las buenas despedidas nacen para conformarnos en la rutina que queremos, porque son demora que no rúbrica.

Cuando el año pasado guardé el tambor, sucedió eso: No me despedí de verdad. No había una trama oculta que me hiciese pensar que despedirme era lo único que podía hacer con sentido en ese momento, que los acontecimientos iban a dibujar un presente-futuro demasiado distinto. Guardé el tambor y el bombo como todos los años, como el que arrincona las latas de atún tras ver la fecha de su caducidad: Eterna.

A día de hoy, aún no he sacado el tambor. Sigue ahí donde lo dejé: con la palabra en la boca, a la espera de entender mi cambio de actitud. La verdad es que, por muy particular que todo esto sea, no sé si lo sacaré este año. Respeto, como no podía ser de otra manera, esa necesidad de la gente de reivindicarse, de sentirse vivos “Rompiendo la hora” desde sus balcones… Pero yo no lo necesito; para mí, el tambor no es una necesidad, sino un símbolo; un halago de mi cotidianidad, mi seguridad, por lo menos de la que me duele que cambie, de la que me gusta que siga sabiendo lo más parecido al atún, año tras año.

Así que, ahí estoy por las tardes, viendo a mi hijo de diez años sacar el tambor a las 20:00 horas y encontrar en la anomalía, un motor de conducta. Su travesura le mueve, el cumplir con nuestra particular forma de dar las gracias en los balcones le aporta un cierto reconocimiento en esta crisis, le sitúa en el mundo, y por eso se esmera con “La palillera” y se gusta al resonar entre las macetas, porque se cree capaz de poder inventar nuevas rutinas. Yo le miro entonces, no soy yo el que le ve, sino el padre que le acompaña: somos dos personas diferentes. Tocará mejor que yo en un futuro y lo vivirá de diferente forma, lo sé, lo respeto porque eso es bueno; es bueno que crezca desde su punto de vista y por eso, al padre, le emociona su actitud y le incluye en el aplauso, no resignado, sino feliz de saber a qué tipo de despedida enfrentarse.

A las buenas despedidas se les tiene poco aprecio, así me lo parece. Son inofensivas porque se inventaron para que no tuvieras que protegerte de ellas. Pasan por esta vida sin trascendencia alguna, como tiene que ser. Despedirte con ellas es algo maravilloso, la dulce caricatura de una certeza, la otra mejilla que se coloca de nuevo en la fila. Acostumbrarte a ellas es fácil. Sólo tienes que tener fe en que las cosas nunca van a cambiar.

Hasta luego…

José Antonio Gargallo Gascón

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