Iván Robledo Opinión

Cuentos de Cuarentena (XX): LA LÁMPARA DE ACEITE

La señora Pedreira fue muy hermosa de joven.

La señora Pedreira estaba borrosa. Borrosa desde que nació. No es un secreto que cuando uno nace hace lo que puede. Los que están alrededor también, todo depende de muchas cosas, pero el que nace es el que menos manda en todo ese embrollo, ni ve, ni sabe ni entiende, ni conoce a esos señores, ni a las señoras tampoco, no comprende lo del cordón, y qué decir de todo lo demás. Cuando se nace, en fin, demasiado se hace para lo que hay. Uno hace lo que puede, no se acuerda pero es así, los demás sí se acuerdan, y se hace lo que se puede porque no hay más remedio, al final se nace como se puede, es lo que hay. Por eso no está bien que se les eche la culpa a los que nacen sin saber que nacen como nacen, eso no está bien, no es humano, ni caritativo, no está bien, no. Lo digo por lo que le pasó a esta señora, a la señora Pedreira, que ya le pasaba de antes, de mucho antes, a su familia, pero que le siguió pasando a sus hermanas y nadie sabe si le seguirá pasando mucho más, más generaciones se quiere decir, porque hay cosas de las que no sabe nada, y esta es una de ellas.

La señora Pedreira estaba borrosa, o era borrosa, no sé bien cómo decirlo. Todos sabemos cuando vemos algo borroso que está borroso, y ella era así, borrosa. Lo llevaba bien, es cierto, era simpática pero estaba borrosa, de siempre. Cuando una no la conoce cree que le pasa algo en la vista, pero no, nuestra vista está bien, vemos bien, lo que ocurre es que ella es así, borrosa. La vemos bien, bien borrosa. Uno la conoció ya mayor, pero no sabe cuánto de mayor, es difícil saber porque su rostro no deja verlo, tampoco las manos, que nunca fallan para calcular la edad. Los vecinos la quieren, y ella es agradecida, hace pasteles, que le salen regular, y los reparte, y la gente se lo agradece de corazón.

La señora Pedreira fue muy hermosa de joven. Yo no lo sabía antes, claro, pero lo decían las vecinas. La primera vez que la vi me asusté, la segunda también, y la cuarta, pero ya no más. La primera vez que la vi me dio caramelos, y los tiré cuando se dio la vuelta, me daban miedo, qué le vamos a hacer. Luego la quise como se quieren a las vecinas mayores, como a una quinta madre, y una vez fui a su casa.

-Esta es del día de mi boda.

Yo no sabía qué decirle, claro, me había invitado a chocolate y me enseñó las fotos de su boda; su marido estaba muy elegante, era militar y lucía uniforme, luego lo mataron en la guerra, o desapareció, a veces se dice de una forma u otra, depende. La señora Pedreira estaba también muy elegante, de un borroso radiante. La señora Pedreira no tuvo hijos, y no se sabe si eso la entristece. Las vecinas dicen que sí, pero ello se empeña en que no, que no la entristece. Yo no lo sé, pero creo que se alegra, no le gusta ser borrosa, no me lo ha dicho pero creo que no le gusta.

La señora Pedreira murió de vegetaciones. Morir de vegetaciones es una forma triste de morir, pero alguien tiene que hacerlo por lo de las estadísticas, y lo hizo ella. De su memoria conservo un recuerdo, es la tercera mujer más hermosa que he visto nunca, lo sé porque conservo la única fotografía en la que no se le ve borrosa.

-Toma, esta salió movida.

Me dijo al dármela poco antes de morir.

O no.

Iván Robledo Ray

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