Infancia en la calle

Nuestra generación y las anteriores han trabajado toda la vida para que sus hijos, los suyos y los nuestros, nunca tuvieran que vivir un solo día encerrados en casa, para que nunca más pasaran hambre, pero ninguno de estos dos propósitos está asegurado por siempre.

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Por supuesto que nuestra generación y las anteriores han trabajado toda la vida para que sus hijos, los suyos y los nuestros, nunca tuvieran que vivir un solo día encerrados en casa, para que nunca más pasaran  hambre, pero ninguno de estos dos propósitos está asegurado por siempre.

Incluso en situaciones bélicas los niños y las niñas han jugado en la calle a las chapas, los coches, la comba y el truque. Hasta en cualquier país  extranjero ellos y ellas han sabido encontrar colegas de su edad con quienes relacionarse y hablar, aunque fuera por señas, comunicarse e interactuar.

Toda la vida hemos visto a nuestros niños en la playa, en los parques, en el recreo, afanados en construir  embalses y castillos, en pasear a sus muñecas, en correr a pillarse o en perseguir una pelota, y con su visión nos hemos retrotraído a nuestra infancia.

Es por la tarde  y llegan los dibujos animados a la televisión,  y los contemplo como si me fuera la vida en ello, lamentando de veras lo poco que duran.

Se anuncia una tormenta a esa hora en que salimos del colegio, y muchas madres nos reciben con paraguas en la entrada, mientras el cielo tiene cara de agua sucia y es gris oscuro como la tristeza.

Es abril, un abril no perdido como el de 2.020, donde la primavera ha pasado de largo por delante de nuestros ojos, y macizos de rosas emergen de los jardines. Los voy oliendo hechizada, hasta llegar a los patios con lilas y a la pradera inmensa, cuajada de amapolas.

Debe ser agosto y el calor derrite las paredes de las casas, mientras el mundo duerme la siesta y las moscas se adueñan del silencio, lo que yo aprovecho para leer a la sombra libros de cuentos, tebeos y toda clase de párrafos escritos que caigan en mis manos.

Si es temprano, es que es día laborable y vamos recogiendo amigas hasta llegar al colegio.

Estamos en clase y todo el mundo  se ríe de cualquier cosa: de quien entra y de quien sale, de lo que se dice y se calla, de cada teorema y cada pensamiento. Al punto, la profesora castiga a alguien, o puede que a la clase entera, por las carcajadas fuera de lugar.

Al fin llueve y el suelo es un lodazal donde las suelas se llenan de barro, pero es fabuloso meterse en cada charco y lavarlas allí hasta calar los zapatos.

Cumplo nueve años y hay una tarta en la mesa del salón en donde están mis padres, mis tíos y mis abuelos. Es tan emocionante tener un nuevo aniversario, que el día se alarga en una loca ilusión, donde me siento la dueña absoluta de mi pequeño reino.

Es de noche y la calle se ha llenado de canto de cigarras y de aire suave, el que ha faltado durante todo el día, sumergiendo la tierra en un caldo caliente. Resulta maravilloso  caminar con mi madre, mis hermanas y mis amigas después de la cena, oliendo a hierba regada y a madreselva.

Es una fiesta popular y los fuegos artificiales atruenan los oídos, mientras una escala de palmeras verdes, rojas y amarillas, también blancas, rasga el cielo en toda su extensión.

Nuestra infancia vuelve cada vez que imaginamos la vida de los niños, que han estado confinados dos meses en sus casas, obligados a no jugar con sus amigos, a no ir al colegio, a no respirar el aire de la calle. Ahora, al menos, los vemos salir de casa una hora al día, y eso nos alivia.

Sentimos que no puedan socializarse aún por completo. Lo lamentamos  también por nosotros, que hemos luchado para que ellos fueran felices en nuestra tierra y mejoraran las expectativas de las generaciones anteriores.

Los estoy empezando a ver correr, y los recuerdos me asaltan como estrellas fugaces. Sé que los niños se adaptan a todas las situaciones y que guardan en potencia la fuerza incontenible que nos ha llevado al siglo XXI, pero quisiera comentarles que, aunque salgan al  aire libre con sus  juguetes: patines, bicicletas, balones, patinetes…el mejor de todos es también la medicina que a ellos y a los adultos nos convierte en habitantes de este mundo: la contemplación de la naturaleza en todas sus vertientes.

La contemplación de las playas y los acantilados, de las puestas y salidas del sol, de los valles y montañas, de la lluvia y las nubes traviesas sobre el campo, y por supuesto de las flores, los bosques y los pájaros.

La contemplación, también, de nuestras calles y plazas, nuestras ciudades y aldeas, pobladas por otros niños y niñas con padres, madres y abuelos, casi tan sedientos como ellos de pasear a la intemperie, de perder el tiempo estirando las piernas, disfrutando del sol y del viento, de la conversación con los vecinos, de la parada obligada ante los escaparates de ropa, pasteles o muebles.

Después de este tiempo de enclaustramiento, plagado de dudas y dolor, a niños y padres nos hace tanta falta como respirar callejear sin prisa, alternar, sentarnos con amigos y familiares en las terrazas, frecuentar bibliotecas, visitar mercadillos, ver a los nuestros, a los conocidos, a los vecinos, a los compañeros…perder las horas, en fin, fuera de casa, para ganar el presente en el punto en que lo dejamos, cuando el mundo  era inmenso y las expectativas infinitas, cuando estábamos seguros de que siempre marcharíamos hacia delante.

Niños y adultos, en breve, vamos a ganar el futuro dando pequeños saltos. Vamos primero, con calma, a disfrutar de la vista de la naturaleza  desbocada y de la ciudad sin ruidos, placeres ambos que se nos ofrecen de nuevo y nos conmueven como si hoy fuera el primer día de la creación. Es, en realidad, el primer día de nuestra nueva primavera.

Cuídate mucho. Quédate en casa.

Teresa Álvarez Olías

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