David Flecha - De Cusco a Aguascalientes
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De Cusco a Aguascalientes, el imprevisto está asegurado

¡David, móntatelo cómo quieras… pero esta noche tienes que llegar a Aguascalientes!

Cuaderno de bitácora – Página 12

Tras haber llegado al Cuzco, pasado un día adaptándome al mal de altura a base de infusiones de coca, comer en el mercado de San Pedro un potaje exquisito llamado ‘Chuño’, lomo saltado, y un postre hecho a base de churros de camote rellenos de dulce de leche -te recomiendo la comida callejera porque en esta ciudad es exquisita-; compré mi entrada para el Machu Pichu, -para un día en específico porque no puedes ingresar otro día que no hayas reservado-, y decidí viajar al día siguiente hacia Aguas Calientes -el pueblo más cercano a una de las 7 maravillas del mundo-.

Para ir hacia dicho pueblo puedes hacerlo de tres formas -dos seguras y una bastante arriesgada, pero que encierra en sí un paisaje espectacular-.

La más común es a través del famoso ferrocarril -pero que cuesta un ojo de la cara y parte del otro tanto la ida como la vuelta si eres forastero-; otra segunda, en carretera desde Cuzco hasta un pueblo indígena llamado Ollantaytambo, y desde ahí hasta Santa María, Santa Teresa y por último Hidroeléctrica -todo esto en una duración de unas 8 horas-, incluyendo después un último tramo a pie de dos horas a través de un camino por donde unas antiguas vías de tren te guían hacia Aguascalientes en mitad de la selva; y una tercera -la más arriesgada- desde el ‘desconocido-famoso’ km 82 cercano al Ollantaytambo -por el que toca ir caminando durante casi 8 horas junto a las vías del carísimo tren del que os hablé anteriormente, traspasando tramos de selva y un paisaje increíble, -incluso con el riesgo de tener que pegarte lo máximo a la pared de los túneles quitándote la mochila de la espalda cuando el tren coincide en pasar al mismo tiempo que tú, porque apenas hay sitio para dos bultos-.

Yo decidí hacer la tercera, como es obvio y para ser fiel a mi, a veces, bendita inconsciencia; pero los guardias de la reserva me dieron el alto al descubrirme -es un tramo que muchos mochileros hacen a escondidas, pero si te descubren, como fue mi caso… te toca dar la vuelta-.

Tal fue así que me tocó hacer la segunda opción, por carretera, con el agravante de haber perdido dos horas y media, lo que me supuso llegar a Hidroeléctrica a las 9 de la noche, con todo a oscuras y mientras no paraba de llover. Así que me dije: -¡David, móntatelo cómo quieras… pero esta noche tienes que llegar a Aguascalientes!-.

A las 21:30 de la noche llegué a Hidroeléctrica, cansado, con el estómago revuelto de tantas curvas y lleno de incertidumbre.

Bajé de aquel coche particular que me llevó hasta el último tramo hasta donde llegaba la carretera, le pagué una propina, me ajusté la mochila, encendí mi linterna y me pasé todo el camino hasta Aguascalientes sin cruzarme con una sola persona, en mitad de toda esa selva que desconocía; parando a mitad de camino más de una vez por las diarreas que la altura, el frío y el estrés me ocasionaron; y empapado hasta las trancas caminando por caminos de tierra, vías de tren y traviesas de madera…

Tal fue así que nada más llegar a Aguascalientes, en el hostal en donde me alojé sin reserva previa, comencé a temblar de frío, y tuve que robar varias mantas del resto de habitaciones para entrar en calor -porque ni siquiera el agua de la ducha estaba caliente-, tenía toda la ropa húmeda para subir al día siguiente a Machu Pichu y no tenía nada caliente que tomar.

Así que tras aquella ducha de agua fría, me sequé congelado y me metí entre todas aquellas mantas intentando conciliar las pocas horas de sueño que podía aprovechar.

Maldormí como unas 4 horas, porque al día siguiente eran las 5 de la mañana y yo ya estaba en pie para subir a patita por el camino de piedra que lleva hasta la entrada de la montaña Machu Picchu.

David Flecha

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