Isamar Cabeza Opinión Redactores

La moralidad y lo relativo a ella

La moralidad, cuatro sílabas que conforman una palabra nada mal sonante, incluso bella en su forma, pero que encierra toda la fuerza de los vientos que se contenían dentro de la caja de Pandora.

La moralidad, cuatro sílabas que conforman una palabra nada mal sonante, incluso bella en su forma, pero que encierra toda la fuerza de los vientos que se contenían dentro de la caja de Pandora.

El concepto de moralidad puede quedar definido como el grupo de normas que deben seguirse en toda sociedad y que de no cumplirlas, el individuo queda tachado de inmoral ante el resto de sus congéneres.

Pero, ¿quién establece lo que es moral y lo que no?

¿Quién se supone que tiene la verdad absoluta para decretar esas reglas que diferencian a los individuos, según su comportamiento?

Existen situaciones en las que todos coincidimos a la hora de juzgar la conducta de alguien, ese sería el caso de los asesinos. No hace falta imponer ninguna regla para que nosotros mismos, desde nuestro propio entendimiento y sentir, rechacemos a quien quita la vida a otra persona.

Pero, ¿y si el tema a tratar es el sexo y todo lo que ello conlleva? ¿Dónde está la frontera entre nuestra opinión y nuestros gustos y la imposición cultural que nos influye irremediablemente?

Según la RAE, el término poliandria alude al estado de la mujer que está casada simultáneamente con dos o más hombres. A este vocablo le correspondería su homólogo, poliginia, referente a los casos en el que es el hombre quién se casa con varias mujeres.

Por supuesto, que es mucho más frecuente el segundo caso que el primero, sin necesidad de acudir al Atlas Etnográfico, para cerciorarnos de lo que se ve a simple vista.

De nuevo, surgen preguntas. ¿Qué precede a estas culturas en las que se permite la poliandria? ¿Responde su comportamiento a razones de peso o es que simplemente son “amorales” por genética?

El que, en algunas culturas, la poliandria o la poliginia esté bien visto y se practique y en otros lugares sea un acto de aberración, da que pensar o al menos despierta la curiosidad por indagar un poco en el tema. A priori, se aprecia que la moralidad es muy subjetiva dependiendo de la localización geográfica.

Deberíamos de ser conscientes de la facilidad con la que aceptamos cualquier creencia o dicho y hasta opiniones ajenas, sin cuestionárnoslas ni por un momento. Por poner un ejemplo, retrocederemos dos siglos atrás y echaremos una mirada al papel de la mujer en la sociedad. Para concretar, nos centraremos en la imagen de frivolidad con la que se calificaba a la mujer respecto a la posesión de joyas. Resulta de lo más fácil juzgar de frívola o ambiciosa a la mujer que solo quiere que le regalen joyas ostentosas y cuánto más caras mejor, pero de hacerlo sería un juicio injusto, valga la redundancia, además de muy superficial. El caso es que por aquellos años, la población femenina no era independiente de ninguna manera, ni siquiera estaba capacitada para decidir sobre ella misma. Con ese panorama, la mujer era incapaz de producir dinero para su sustento y dependía totalmente de la voluntad del padre, del marido o de cualquier familiar varón.

¿Cuál era entonces el verdadero significado de las joyas para la mujer? Evidentemente, nadie niega que les gustara, pues se realizan con la intención de encandilar, pero la importancia real de las joyas para la mujer era el valor monetario, la posibilidad de conseguir dinero de su venta y por tanto, la consecuente disponibilidad de efectivo con lo que alcanzaba algo de libertad económica y de movimiento.

Lo dicho es un mero ejemplo en un universo de equívocos y malas apreciaciones, que solo provocan pésimas conclusiones.

¿Qué es lo primero que se nos viene a la cabeza cuando sabemos de un hombre que convive con varias esposas a la vez? Evidentemente, no recibe buenas críticas, pero parece que se le tolera y por otro lado hasta se le da la palmadita en la espalda por tener tanta “potencia” a la hora de cumplir con todas ellas. Nada que ver con la imagen que la mujer refleja si es ella la que mantiene relaciones con varios hombres y es que los insultos le lloverán, como una tormenta tropical iracunda y destructiva. Y resulta, que tras todos estos prejuicios que nos inculcan desde que tenemos uso de razón, existen motivos muy poderosos y lógicos para estos comportamientos que a unos les parecen intolerables y repulsivos y otros lo ven de lo más normal.

Quizás si indagamos en esos motivos reales, valoraremos la lógica de esos comportamientos y dejaremos de criticar todo lo que nos parezca raro. En muchas ocasiones detrás de tanta conducta prejuiciosa e inquisitiva, no hay más que un interés mercantilista con fines lucrativos para esos que manejan el percal y saben bien tirar las redes para recoger el máximo beneficio.

Quizás estas costumbres o hábitos, solo encierren un objetivo muy práctico, quizás son la única opción para que el patrimonio familiar no se reparta, de ahí que una mujer se case con dos o tres hermanos y los hijos sean todos herederos a las tierras sin tener que compartirlas con nadie extraño. Un acto de extrema fraternidad y una manera segura de proteger su patrimonio.

La moralidad, a veces tan solo el instrumento usado a conveniencia para hacer que nuestros movimientos sean limitados, para encauzar el rebaño al objetivo de los dirigentes de las potencias, de los poderosos para los que no somos más que números sin mayor valor.

Por fortuna, nuestra conciencia desenmascara el juego manipulador y deja de seguir el sendero marcado para marcar el suyo propio, consiguiendo así crear su propia realidad en base a sus propios deseos y metas.

Isamar Cabeza

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