En el diván

Belén Blesa

Una se abandona en el diván, no para interpretarse en el teatro familiar, sino para que se libere la fantasía.

Culmino estos días la lectura de un magnífico libro de Élisabeth Roudinesco sobre Freud. Reencontrarme con su vida, obra y contexto histórico me ha impulsado a tumbarme en el diván para pensar acerca de lo novelesco que es vivir y escudriñar cómo puede ser la vida de una novela. Una se descubre a sí misma a través de otros personajes que existieron, se reconoce transitando sus mismas tramas, deseos, miedos; con otro nombre, en otro lugar y en otra época distinta… y se sorprende de lo repetitiva que es la historia, de lo próximas que son algunas existencias y lo misteriosamente que se comunican algún secreto de la vida, tal que así: entre las páginas de un libro. Me afana imaginarme en el diván de la Bergasse, en esa situación tan hostil que supone tomar la palabra e iniciar el relato. Ahí se siente una de las mayores confusiones posibles que sólo la unión entre emoción y palabra puede ir despejando. Una se abandona en el diván, no para interpretarse en el teatro familiar, sino para que se libere la fantasía. La realidad, que nunca es algo completo ni definitivo, se penetra y se construye fantaseando. Lejos de sacarnos de la realidad, fantasear nos ayuda a situarnos mejor en ella, porque en el ejercicio de imaginarnos e imaginarla en el futuro se va desarrollando nuestra autonomía. En este sentido es una herramienta favorable para trajinar con la incertidumbre, exacerbada en tiempos de pandemia. Y cuando una se percibe con la imaginación acicalando el momento, sabe que hay pocas cosas tan hermosas como encontrarse con esos acontecimientos (personas, obras…) que te la esparcen. De mi parte, sólo espero ser favorable a que en otras personas su fantasía se desboque durante un instante.

Belén Blesa Aledo

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