Totalidad

Rama de enredadera. VELASCO, M.

Aquí, a la intemperie, como el verde que ya amarillea y las ramas que ceden, y el árbol que se desnuda al poco abrigo.

Veintidós de agosto de dos mil veinte. Me detengo en la contemplación; aprecio cómo han ido avanzando las ramas de la enredadera a lo largo del verano. No han dejado de crecer, en su búsqueda de la luz más tibia de la mañana. Se inclinan incisivas hacia la pared colindante. Debo mirarlas para intuir mi lugar en el mundo. Adentrarme en ellas. Verme en la naturaleza y desde ella mirarme me ayuda a saber qué siento.

El paisaje frente a la casa apenas ha cambiado desde marzo. Se mantiene en el verde. Algunas copas blancas han perdido sus flores, eso sí, y su color se acerca al ocre, al amarillo. Otras dejan entrever ya sus ramas huesudas, pero las hojas prendidas se resisten. Se balancean suaves en la brisa; su danza es como un mantra. Las miro y me contemplo, escribiendo, adentrándome en la búsqueda. Las ramas me sostienen como una hoja más. Lleva mi corazón prendido de ellas muchos meses. Mis ojos, sostenidos en su fe.

Echo de menos a los pájaros. Tamako y Llamada llevan días sin venir. Semanas. Tal vez anidaron lejos. Les sigo ofreciendo agua y pan con la misma confianza metódica con que en la escena de El sacrificio, de Tarkovsky, el padre enseña a su hijo la fe en los actos mientras planta junto a la orilla un árbol seco. Añoro su vida, sus cuerpos breves sorteando la mesa del jardín, sus huellas entre las huellas de mis hijos y los restos de su juego. Tal era el vínculo que habíamos creado. Los extraño. Por las mañanas solo encuentro algunas urracas merodeando el balaustre, haciendo acopio de comida. No son ellos.

Y este es mi sitio desde aquí. Contemplación ensimismada, muda. Muda de gesto, muda de pensamiento y voz, en mi jardín.

Solo el viento, como un hechizo lejano, me arrulla entre las copas. Me disuelve como nube que ya ha dejado de ser. En ese viento disperso la poca concreción de este momento, la incertidumbre. El lenguaje se resiste a perfilar apenas ninguna interrogación. Como mi centro tampoco exclama. Ni mi garganta.

Aquí, a la intemperie, como el verde que ya amarillea y las ramas que ceden, y el árbol que se desnuda al poco abrigo.

Mónica Velasco

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