Anorexia, locura, suicidio y otras cosas de las que no te has dado cuenta en ‘Cumbres Borrascosas’

En este artículo exploraremos la denuncia social que hace la escritora victoriana Emily Brontë de temas como la anorexia, el suicidio y la locura que sufren sus personajes principales, Catherine Earnshaw y Heathcliff.

De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son una sola.

‘Cumbre Borrascosas’ (1847) de Emily Brontë se ha convertido en la obra de culto para los grandes amantes del movimiento del romanticismo. Dicha novela fue también uno de los pilares del que se nutrieron los futuros autores de la narrativa gótica y del género del horror, pues tanto sus enigmáticos y atormentados personajes como la trágica trama y su brillante y poética pluma lograron cautivar el interés y la pasión de los lectores y lectoras a través de los siglos. Me gustaría que explorásemos delicados temas como la anorexia que sufren ambos personajes principales, Catherine Earnshaw y Heathcliff, el suicidio pactado y la locura que termina por convertirlos en los protagonistas más miserables jamás creados de la historia de la literatura, mas por esa precisa condición son de la misma manera idolatrados, amados y estudiados por la academia.

Antes de embarcarnos en el metafórico contenido, un poco de contexto.

En el capítulo I del II volumen, Catherine Linton hace su última aparición embarazada de su hija a la que llamará también Catherine, alegorizando su reencarnación o el paso de una alma pecadora y atormentada a una inocente y pura. Horas después de dar a luz, la Catherine original morirá, puesto que así ella lo ha querido. Permitidme que me explique. Uno de los grandes peligros contra los que se enfrentaban las mujeres casadas del siglo XIX era el embarazo y los partos, ya que no únicamente tenemos que tener en cuenta la siempre presente muerte en el momento del nacimiento, sino también las complicaciones que pudieran ocurrir durante la gestación. Por otro lado, tampoco se nos puede olvidar que no todas las mujeres querían ser madres en un mundo en el que se les había inculcado y asegurado que aquella sería su única preocupación. Y que de no poder “completarla”, ellas tampoco serían mujeres “completas”. Catherine era un espíritu salvaje e indomable, tanto así que en alguna ocasión los personajes adultos de la novela la reprenden por “comportarse como un chico”. Sin embargo, crece y descubre los lujos, el privilegio, las comodidades y lo que era considerado como la buena compañía de la época. La frivolidad y la superioridad económica insuflan en el ego y orgullo de la joven un deseo por pertenecer a semejante clase social. Ella anhela tan solo la posición, pero no las obligaciones a las que se vería sujeta una vez fuera la señora Linton. Es en este preciso momento en el que se enfatiza la anorexia, la locura y el suicido. ¿Pero dónde nace este trauma, miedo, rencor?, ¿qué sucede para que prefiera la muerte a la vida?, ¿qué episodio experimentado la lanza a querer dejar de existir de un modo tan crudo y cruel? y ¿cuál es el papel que representa el personaje byroniano y prototípico romántico, Heathcliff?

No he sido yo quien ha roto tu corazón, te lo has roto tú misma, y al hacerlo has destrozado, de paso, el mío. Y la peor parte me toca a mí, porque aún tengo fortaleza. ¿Crees que me apetece vivir? ¿Qué clase de vida podrá ser la mía cuando tú…? ¡Oh, Dios mío! ¿Acaso te gustaría a ti vivir si te encerraran el alma en una tumba?

Las razones por las que enloquece Catherine Linton son múltiples. En primera instancia tendríamos la relación romántica, obsesiva y tóxica que la liga desde la infancia a Heathcliff. En segundo lugar, el no aspirar a ser esposa de nadie ni madre de criatura alguna. Y en tercera y detonante posición, la deforme y “repugnante” visión que le devuelve el enorme espejo en el que encuentra reflejada su “grotesca” imagen de embarazada. Uso las palabras repugnante y grotesca, puesto que la reacción que tiene al observarse es de aprensión y disgusto. Catherine, que por aquel entonces debía de ser una muchacha de no más de dieciocho años todavía se entendía y veía a sí misma como una niña, por lo que notar el desarrollo del creciente vientre debió de ser un acontecimiento para el que psicológicamente no estaba preparada. Además de la estridente falta de madurez, pues es conocido que aunque maestral, Catherine es un personaje que sobresale por su egoísmo, despotismo y celos.

Como muchos otros personajes femeninos de la literatura escrita por mujeres, Catherine Linton resuelve dicho desfigurado retrato de su cuerpo dejando de comer. Desde que se descubre embarazada y comienza a crecer el futuro bebé en su interior y hasta su fallecimiento, la joven pierde peso considerablemente y así lo plasma Heathciff al verla después de tantísimos años describiéndola y refiriéndose a ella a partir de términos fantasmagóricos. En resumen, Catherine no quiere comer porque no quiere “engordar” más de lo que aumentaría a raíz de estar en cinta y esto causa que enferme de anorexia. Su propia repulsión la lleva a dejar de comer y a enfermar, el ponzoñoso romance la lleva a enloquecer y la combinación de ambos al suicidio “aprovechando” el momento del parto. Siendo por primera vez en espíritu libre. Libre de su nueva familia. Libre para regresar a su verdadero hogar en Cumbres Borrascosas. Libre para ser una Earnshaw. También me gustaría aclarar que la anorexia a la que me refiero era la sufrida en el siglo XIX, a principios del período y reinado de la reina Victoria de Inglaterra.

¡A cada momento necesito recordarme a mí mismo que he de respirar, que ha de seguir palpitándome el corazón…! ¡Creo verla en las más vulgares facciones de cada hombre y cada mujer, y hasta en mi propio rostro! El mundo es para mí una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y que la he perdido.

Por último, creo oportuno finalizar este artículo exponiendo la postura de Heathcliff, ya que no solo las mujeres de la época podían sufrir enfermedades mentales como la anorexia, la depresión, la “histeria”… los hombres también lo hacían, mas no se pronunciaban jamás.

Tras la muerte de Catherine Earnshaw, el joven se vuelve completa y radicalmente loco, pierde toda noción sobre la barrera que separa el mundo de lo real del mundo de la fantasía. Interactúa con el espíritu de la muchacha como si fuera una persona de carne y hueso, como si el espectro de la joven le hablara en noches de tormenta, y es que uno de los aspectos que han fascinado a los lectores y lectoras es el uso que hace Emily Brontë de lo sobrenatural. La comunión de almas que vinculan a Heathcliff y Catherine es irrompible, inquebrantable e inmortal, están hechos a partir de la misma esencia divina, de la misma partícula, naturaleza y ánima. El pacto que realizan para quitarse la vida es mutuo y mudo, pues si no pudieron estar juntos en vida lo estarán tras las barreras de la muerte. En los últimos meses de vida del protagonista masculino, este deja de comer tal y como lo hizo Catherine. Adelgaza, se vuelve arisco y de expresión cadavérica, a medida que avanzamos hacia el final le faltan más y más las fuerzas y la voluntad y coraje necesarios para continuar con su miserable existencia. Y recalco miserable porque en el instante en el que Catherine deja de respirar, también él cesa de sentir, convirtiéndose en un ser perverso e inhumano. Transformándose en la fiel encarnación de aquellos a los que juró destruir, y que al percatarse de semejante desgracia se quita la vida presionando el gatillo contra la sien.

El análisis realizado viene motivado por el hecho de que leí esta novela por primera vez siendo una adolescente, me apasionó la maestría literaria y el pasional exceso que impregna la historia y a cada una de sus personalidades. Concluí que era una historia como ninguna otra, era hermosa y tenebrosa, brillante y desoladora y sin embargo, no acababa de entender la motivación de Catherine y Heathcliff. Siendo ambos ilegítimos y repudiados por sus respectivas familias, ¿por qué no huir? Pues porque el alma de este libro va mucho más allá de una respuesta fácil y una solución banal que yo pudiera formular. Es mucho más profundo, intrincado y excepcional. Pasados unos años en los que me cultivé con otras lecturas sobre la teoría y crítica de la literatura, me di cuenta que siempre es necesario ir más allá, que la escritora me lo estaba diciendo, que estaba denunciando un conflicto y problema clave de la sociedad en la que se veía envuelta. Pero que no podía comunicármelo con libertad de expresión, puesto que no existía, era mi turno de aprender a leer entre líneas.

Laura Martínez Gimeno

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