De azul plasmado en el techo de Barcelona

En este estado de incertidumbre en el que no podemos dar nada por asentado,
parece que la lección que debemos retener es el deleite, pausado y presente, de las pequeñas cosas que nos procuran agrado.

“Y duermo, a mi manera, sin sueño ni reposo,
esta vida vegetativa de suposición, y bajo mis párpados sin sosiego se cierne,
como la espuma quieta de un mar sucio, el reflejo lejano de las farolas mudas de la calle”.


F. Pessoa, Libro del desasosiego

Amanece tranquila la mañana en este domingo en Barcelona.
Ciudad vacía, medio habitada por ciudadanos
que ya volvieron de su descanso estival, o por aquellos
que no se movieron, que no pudieron ir a ningún lugar.

El turismo dio por cerrada la temporada,
se dice que se vuelve a una cadencia similar
previa a la que los Juegos marcaron un antes y un después.
Entonces era el año 92.

Ahora, treinta veranos más tarde, asistimos a un septiembre incierto,
que no sabe decir cómo los niños y estudiantes
retomarán el ritmo del aprendizaje en las aulas,
tras un relajo de medio año.

Un septiembre en que nadie sabe cómo será el regreso a las oficinas.
Si el confinamiento repetirá escenario, o si forma parte del pasado.
Un septiembre que no sabe cómo evolucionarán los contagios
frente a una pandemia que nos enseña a vivir más que nunca el día a día.

Pues no podemos planificar a largo, pues no existe la palabra “seguro”.

En este estado de incertidumbre en el que no podemos
dar nada por asentado,
parece que la lección que debemos retener
es el deleite, pausado y presente,
de las pequeñas cosas que nos procuran agrado.

Sentarse en una terraza
y contemplar cómo la ciudad se despereza con el sonido de las sillas,
y las cucharas removiendo el café.

Subir hasta la colina de las Tres Cruces,
y observar desde lo alto, el color y la morfología,
de una ciudad con aromas modernistas,
y un mirada que se renueva persistente.

Sobrevolar el cielo como una gaviota ligera,
emitiendo sonidos que resuenan a mar,
recorriendo las azoteas del Eixemple.
Algunas ahora, reconvertidas en salas para practicar deporte,
o una dosis para meditar.

Recorrer la ciudad en bicicleta,
contemplando las fachadas de mansiones
que sirvieron de inspiración a Zafón con la Sombra del Viento.

En Barcelona, se respira un paréntesis de calma,
que se debate desvaída,
imperfecta frente el diálogo de políticos y ciudadanos,
pero fiel a su belleza y amor por el arte.

Como recién sacado de un lienzo,
el cielo amanece de un color azul vehemente, mediterráneo, imperturbable.
Que anima el comienzo del día,
a pesar del desasosiego que se respira de forma latente,
en esta “nueva normalidad” que premedita con gestos, nuevos rituales.

En un presente que se debate entre la consternación y la audacia,
acojamos la llegada del otoño con los reflejos de las acacias,
que nos evocan el primer día que fuimos al colegio.

Miremos el mañana con valentía,
a pesar de la añoranza que envuelve el recuerdo de la vida que conocíamos,
antes de la llegada de la mayor pandemia vivida en este siglo.

Paloma Castro

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