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Bolivia I – Carnaval de Oruro

El caos a veces termina por convertirse en un regalo imborrable.

Cuaderno de bitácora – Página 14

Mi última noche antes de dejar el Perú, dormí como un rey. Aproveché el último día en Cuzco para volver a comer en la calle -era más que obligatorio- y organizar mi viaje a Bolivia, más concretamente Oruro, que me llevaría unas 18 horas de autobús; parando previamente en una frontera desorganizada, sucia, y para mi impresión, llena de incertidumbre; nada más cruzar al país vecino tuve la sensación de que aquello sería muy diferente a lo que nunca antes habría visto, y lo surrealista se convertiría probablemente en lo más común… así fue. 

Lo reconozco, siempre quise estar en este país; es uno de esos lugares donde la vida acontece a otro ritmo, quizás encallada en otra era, donde siempre hay algo de misterio que rodea a sus costumbres, y por esa razón tenía la sensación de que no estaría pisando tierra boliviana con las manos vacías.

El caos a veces termina por convertirse en un regalo imborrable.

—¡Vamos David, vamos! ¡El último bus para Oruro sale en 20 minutos y casi no quedan plazas!— Eran las primeras palabras que me decía mi amigo Gary (justo con quien estuve cruzando en autostop toda la Patagonia y Chile), nada más verme, después de haber estado tres semanas viajando por rumbos diferentes, y llevaba esperándome hacia tres horas.

Acababa de llegar a la estación de autobuses de la Paz, y aquello era un caos tremendo; gritos que retumbaban, vendedores a grito ‘pelao’ nombrando cada uno de los destinos de sus flotas, suelos arenoso, señoras con enormes polleras corriendo con sacos de verduras a la espalda, niños subidos a coches de juguete, ¡una señora con unas gallinas bajo el hombro!… Te lo juro, viendo todo ese caos me paré por un segundo y me empecé a reír:

-¡ja,ja,ja… Sí que es surrealista este lugar!-.

Casi todo el país estaba en carnavales y lo celebran a lo grande. Todo el mundo se desplaza de una ciudad a otra y una estación de autobuses es lo más parecido a un mercado en hora punta, pero como soy un poco bicho raro para estas cosas… ¡me molaba!

Me había dado prisa en Cuzco para llegar a Bolivia porque me habían comentado que el Carnaval de Oruro era una de las mayores fiestas del país y ¡leches!… ¡no me lo podía perder!

En fin… después de esas 18 horas en bus desde Cuzco y otras cuatro desde La Paz a Oruro, llegamos el sábado por la noche a la ciudad, que estaba a reventar, y nada más tocar suelo lo primero que hicimos fue acercarnos al primer puesto de comida callejera, a unos cinco metros de la puerta de aquel autobús:

—¿Qué es?—, pregunté; —Tripas—, me contestó la señora. Gary y yo nos miramos, nos reímos y dijimos:

—Ponga dos platos—.

Estábamos muertos de hambre. En Bolivia es muy típica la comida callejera, comes desde carne de llama, choclo —una especie de mazorca— con queso, morro de cerdo, empanadas tucumanas… y mi favorita; la salteña —una empanada de carne rellena de jugo que cuando te la comes, eso sí, te pringas entero—, pero te lo juro, resucitan a un muerto porque las palabras mágicas, nada más levantarte, son: «Calentitas y recién sacadas del horno».

No perdimos el tiempo. Nada más llegar dejamos los bártulos y nos fuimos directos al carnaval. Cuando llegamos vimos un montón de gente vestida con disfraces de arlequín a cada cual más extravagante , con decenas de cascabeles colgando de la ropa, caretas de mil colores y cientos de puestos callejeros donde te maquillaban creando enormes colas.

—¿Qué hacemos, nos sentamos a mirar o…?. —nahhhh… ¡Nosotros nos metemos en medio de todos los grupos a bailar y grabar que para eso hemos venido!-.

Bolivia I - Carnaval de Oruro

Dicho y hecho. Nos hicimos pasar por periodistas españoles, y tras dos intentos fallidos por parte de los policías que regentaban cada acceso, conseguimos entrar. La gente se sentaba a ambos lados del desfile, pero lo divertido era justamente lo que nosotros hacíamos, entrar entre la charangas, bailar con la gente, esquivar que no te llenaran de espuma…

Nos quedamos bailando y grabando hasta las 3 de la madrugada, que aunque el carnaval seguía, nosotros estábamos rotos; y al día siguiente más de lo mismo (fiesta, música, bailes, y salteñas recién hechas; por cierto, en más de una ocasión la policía nos daba el alto para sacarnos del espectáculo —ahí entendimos porqué había tanta gente sentada—, pero sacábamos las cámaras y soltábamos otra vez el rollo diciendo que éramos de la prensa…, y aunque en alguna ocasión no coló, no tardamos mucho en hacer ‘la del lagarto’ y volver a meter la cabeza por algún hueco para volver a colarnos.

La gente de Oruro no cancelaba aquél festival ni siquiera cuando llovía a cántaros, cosa que ocurrió un par de veces durante aquella noche. El festival se paró, la fiesta seguía hasta el día siguiente, y nosotros nos preguntábamos porqué nadie desalojaba sus puestos.

Nos explicaron que en Bolivia tenían problemas con el agua, y el hecho de que lloviese era recibido como la mejor de las bendiciones porque había municipios en Oruro que se encontraban desde hacía tiempo en sequía.

Tras haber cruzado varias fronteras, haber conocido otras formas de vida, un sinfín de paisajes y amigos que ojalá algún día vuelva a encontrarme; sigo creyendo que viajar de esta manera te permite darte cuenta de que todas las formas de vida merecen ser vividas, siendo un consuelo que a veces, aquello que tu no eres capaz de vivir, otra persona pueda hacerlo por ti.

David Flecha

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