Bolivia IV. Carretera de la Muerte
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Bolivia IV. Carretera de la Muerte

El Judo siempre fue en mi caso una herramienta valiosa y eficaz.

Cuaderno de bitácora – Página 17

Tras pasar varios días en Potosí viajé hacia La Paz. Casi muero por el frío y la falta de oxígeno, y es que la ciudad está a casi 4000 metros de altitud sobre el nivel del mar…

Es genial poder encontrar gente y amigos que te ofrecen donde quedarte en cada lugar al que vas, para eso el Judo siempre fue en mi caso una herramienta valiosa y eficaz. Durante algunos de los días que estuve en Bolivia, pude intercambiar algunas clases de judo por alojamiento, y eso incluye tener que comer fuera de casa casi todos los días, saturándote de platos andinos, un poco pesados, eso sí, pero compensa con creces.

La ciudad, una de las más altas de América, sorprende por estar construida entre enormes socavones, que a medida que pasa el tiempo se van desprendiendo con las lluvias y van dejando un paisaje poco estable, pero muy curioso.

En la misma ciudad puedes pasear por el Mercado de las Brujas, donde puedes ver todos esos fetos de animales y llamas secas y un sinfín de productos bolivianos, cada cual más colorido y autentico.

A las afueras de la ciudad se puede visitar el ‘Valle de la Luna’, es lo más parecido a la superficie lunar, y a tan solo una hora del centro, la zona de las Yungas, donde se encuentra la popular ‘Carretera de la Muerte’, en mitad de una jungla húmeda y llena de mosquitos.

Descender por ella en bicicleta durante casi cuatro horas es una auténtica dosis de adrenalina, entre precipicios y colas de cascadas que bajaban desde distancias de casi 200 metros. Al principio de la ruta estás congelado de frío, pero a medida que desciendes, vas notando el aumento del calor y la humedad, así que cuando terminas el tour, los mosquitos te atacan hasta dejarte la piel como el mismo sarampión.

Aún es una ruta peligrosa por la que pasan desde autobuses a camiones casi a diario, -el mismo día en que atravesé la ruta, estaban recuperando uno de ellos porque se había despeñado dos días atrás por un precipicio de casi 300 metros, dejando un elevado número de fallecidos cuyos cuerpos aún estaban por rescatar-.

Al día siguiente de terminar aquella ruta en bicicleta mis planes volvían a hacer marcha hacia otro país.

Tras casi cuatro semanas por Bolivia, empaqué las maletas de nuevo para irme rumbo al norte. Volví hacia Lima en un autobús durante casi 29 horas, cruzando de nuevo la surrealista frontera entre Bolivia y Perú junto al lago Titicaca, repleta de gente caminando de un lado para otro, cuatriciclos que funcionaban como taxis llevando a la gente y pequeños puestos de venta de comida callejera. 

Por el camino te asombras con ciudades tan peculiares como Puno o Arequipa, en las que esperas visitar en un futuro; y esperas llegar sin contratiempos a Lima, ya que casi todo el país estaba en alerta por los famosos ‘huaicos’ (las inundaciones que se dan mucho en la zona del Perú cuando hay lluvias torrenciales).

Por aquel entonces organicé mi viaje a Colombia desde la capital peruana. Ilusionado por la idea de volver al país donde mi vida cambió por completo tiempo atrás, puse sobre mi maleta el libro de Galeano que llevaba días leyendo.

Pensando en el viaje en Bolivia, me di cuenta de lo rápido que había pasado todo ese mes.

Lo cierto es que Bolivia me ha sorprendido, y siento que aún dejo muchas cosas por descubrir del país. Por una parte, me da cierta pena porque el altiplano me deja muy buenos recuerdos, pero como soy un soñador siempre tengo la idea de que volveré, y sé que lo haré en compañía, porque me gustaría transmitir a alguien más la ilusión de volver a pisar este país y conocer nuevos lugares, y porque a pesar de que la venas de todo este territorio latinoamericano sigan abiertas, quiero empeñarme en no solo conocer su historia, sino además aprender de ella para que de todo lo que esté en mi mano no vuelva a repetirse… que pesar el saber que uno no es más que un punto en el universo y el poder de cambiar las cosas llegue a tan poca magnitud…

Hay muchos pueblos y países que merecen que su historia sea escuchada, y este, sin duda, es uno de ellos.

David Flecha

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