Luis Alemañ autor de “Animales heridos”
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Unas líneas a los “Animales Heridos” de Luis Alemañ

Es demasiado sutil la voz del poeta como para hacerle gritar a estas alturas. Parece asumir que el verdadero acto reivindicativo consiste en ser lo mejor que pueda él mismo.

Hay una sombra irrevocable que viaja con nosotros. Enfatiza el obstáculo que nuestro cuerpo entraña para el libre paso de la luz. Invade, mimetiza: toma como referencia un gesto e imprime en la otredad un signo. Se estira y se contrae al antojo orbital de un coloso, al compulsivo temblor de un diablillo. Está hecha de memoria, servidumbre y promesa. Al arrastrarla, el surco que esta sombra va dejando por la vida forma una herida. Una herida que, comosequiera, permanece abierta, y desde la que acaso se puede existir, se puede pronunciar “humanamente” el mundo.

Los autores que escogemos como anfitriones importan porque a ellos fiamos la cortesía de nuestros libros. Luis Alemañ invoca in exergo a Lois Pereiro y Paulo Freire, en sendas citas de sombra y de mundo. La coincidencia radica en el verbo habitar. Ambos, sombra y mundo, son espacios de confluencia posible, de encuentro y de intimidad armonizadas; es decir, son espacios hábiles para el hogar.

Convendría detenerse en el concepto de hogar. Hay épocas en las que el hogar se construye, otras en que se abandona; la nuestra parece ser una época en la que el hogar se vende, o aún peor, se alquila. Luis se rebela contra la transacción inmobiliaria de las almas, que le duele honestamente como al héroe recluido que desde su ventana advierte el riesgo de desahucio de sus vecinos. Su compromiso está fundado en una rara clase de autenticidad: la del inquilino errante, que no renuncia a posar en unos ojos ajenos su casa ni consiente en cercar de alambradas los caminos. Intuye que esa opacidad que fluctúa somos nosotros; de ahí la sombra. Y la escena que tras el telón discurre es perfectible; he aquí el mundo. Su lucha es cierta porque es desprendida. Pero que nadie vaya a buscar su cencerro de las ideologías: no resalta en su poesía su agón de héroe, de activista, sino su foné de poeta, de niño. No quiere convencerte, sino comunicarse. No estrangula la canción al altavoz ni entierra la pluma en la consigna. No redacta octavillas, escribe poemas. Es demasiado sutil la voz del poeta como para hacerle gritar a estas alturas. Parece asumir que el verdadero acto reivindicativo consiste en ser lo mejor que pueda él mismo.

Animales heridos
Animales heridos

Y “él mismo” es un enigma, del que apenas se tienen claves. Una clave es la palabra, sombra, que se transparenta al hacerse mundo, poesía. El que mejor navega en el mundo es el que lo descubre con asombro, el que guarda una inocencia luminosa para consigo mismo.

Hemos mencionado al niño, que vuelve a estos versos de forma recurrente para iluminarlos. Hace falta una cierta madurez para invocar al niño. Niñez que, por supuesto, apunta también a la casa, que es algo mucho más grande y cierto que cualquier patria. En esa casa de su niñez, es preciso notarlo, no está solo. Sus nombres queridos le visitan, y lo hacen vagamente, como alejándose. Quizá por eso los llama, tan tiernamente, sin violencia. No quiere forzar su presencia aunque su ausencia duela, duela en la herida. La Fe es -todavía- un hospital y la voz de su madre conjuga el arrecife. No parece azaroso que su abuelo leyese a Proust en el sorbo amargo de un Kas limón. Lo lee todavía, en la sábana de hojas de los parques.

Es la poesía de Luis lúcida, limítrofe, relampagueante, grácil como un ademán en penumbra, audaz en sus expediciones y vibrante en sus repliegues, hechizada de su inspiración sin someterse a su arbitrio, libre en su música, emancipada en su atmósfera de intimidad conmovida, escrita casi en voz baja, como un epitalamio de dulce lira, desabotonada en susurros que una ráfaga de viento deja en el aire estremecido, enemiga de lo falso, deudora de sus amigos, abastecida, atenta, despacha lo superfluo en espirales de síntesis, articula la experiencia, se fija lo esencial, y desde ahí estalla.

Su libro Animales heridos compone un magnífico viaje de regreso -porque todo viaje, náufrago de Ítaca, es un regreso-, que no concluye nunca. Porque parar supondría izar el puente levadizo, cerrar la puerta de la casa, renunciar. Y el mundo sólo puede cerrarse, o completarse, que es cerrarlo salvándolo, en un cuerpo que, tendido junto a nosotros, duerme inocentemente, y nos cohabita.

Francisco Rubén Rosa

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