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Análisis de la obra poética de Elizabeth Siddal (II)

La obra poética de Elizabeth Siddal es tan prolífica y refinada como terrorífica y desoladora.

La obra poética de Elizabeth Siddal es tan prolífica y refinada como terrorífica y desoladora. La poeta compuso un repertorio de tan solo quince poemas, los cuales en su breve erudición abarcan desde una afilada y ácida perspectiva crítica, una miscelánea de temas, escenarios y discordias sociales. Su naturaleza intimista y de rebeldía es el eco de la voz fragmentada de la artista en unos versos, que como pedazos de un mismo espejo, reflejan la identidad alterada y resquebrajada de múltiples Elizabeth Siddals. No obstante, y puede que por esta razón, escribiera su poesía sin pretensión alguna de verla publicada. En sus piezas poéticas hallamos a la verdadera Lizzie; no a la aclamada musa y fascinante modelo Prerrafaelita de la época que mantuvo a los círculos de arte expectantes, no la joven que trabajara a media jornada en una sombrerería antes de ser descubierta por Walter Deverell, sino a la mujer detrás del mito.

La artista Elizabeth Siddal

La diseminada y esparcida conciencia de la poeta es un latido constante a lo largo de su trayectoria de creación, puesto que se dedicó a subvertir los estereotipos masculinos de sus contemporáneos artistas con la intención de transitar y explorar la voluntad y mentalidad femeninas. De modo que se estableciera como dicotomía a la restrictiva ideología victoriana. Elizabeth Siddal se adentra en la psique de las mujeres para contemplar el imaginario que poseían de sí mismas, es decir, para explorar las idealizadas y ponzoñosas construcciones de la feminidad del siglo XIX.

La artista pretende reconciliarse a través de la escritura con las diversas partes que constituyen su identidad quebrada, sin embargo, el hecho de que nos refiramos a su esencia como una totalidad que ha sido despedazada, desligada o manipulada, no significa que por ello sea menos verídica o real. Al contrario, cada fragmento de la voz y conciencia de Siddal es tan corpóreo, genuino y auténtico como el anterior, ya que es precisamente mediante el espacio del arte que la artista se revela, y despojada de miedos y prejuicios, se confiesa.

“Oh silencioso bosque, te atravieso
Con el corazón tan lleno de miseria
Por todas las voces que caen de los árboles,
Y las hierbas que rasgan mis piernas.
Deja que me siente en tu sombra más oscura,
Mientras los grises búhos vuelan sobre ti;
Allí he de rogar tu bendición:
No desvanecerme en un lento letargo.
Escrutando a través de las penumbras,
Como alguien vacío de vida y esperanzas,
Congelada como una escultura de piedra,
Me siento en tu sombra, pero no sola.
¿Podrá Dios traer de vuelta aquel día,
En el que como dos figuras sombrías
Nos agitamos bajo las hojas tibias
En este silencioso bosque?”

Un bosque silencioso (1829-1862) por Elizabeth Siddal.

En este fragmento de la pieza poética de Siddal se distingue el tono melancólico que la individualiza en los ámbitos literario y pictórico. Su fantasía confecciona alusiones sobre “todas esas voces que caen de los árboles” y que podrían ser la suya, además de “las hierbas que rasgan mis piernas”. Dos meditadas imágenes con toda la intención de ser proyectadas en la imaginación, debido a que las voces de las que nos habla son en su conjunto partículas de las que ella estuvo hecha, más representan el organismo que cae en desorden como las hojas de las copas de los árboles. En cuanto al segundo verso, éste implica una deseada y necesitada impresión de dolor físico provocado por el prolongado y exhaustivo silencio de la voz propia. Una afonía de la conciencia que evolucionará a la limitación del cuerpo femenino y a la sensación de encarcelamiento dentro y fuera del texto.

The Quest of the Holy Grail (1855) de Elizabeth Siddal

Por otra parte, Elizabeth Siddal da por finalizado el poema con el verso “Me siento en tu sombra, pero no sola”, ya que en la fragmentación de la sustancia del autor y en el mutismo que conlleva, siempre está escoltada por la familiaridad de otras voces parecidas a la suya. En definitiva, por las de aquellas mujeres en una posición socio-económica similar a la de la artista.

Al igual que la invención poética sirve a la artista como un elaborado artefacto con el cual expresarse y denunciar las injusticias y vicisitudes de la experiencia, también percibimos la sensación y motivo literario del encarcelamiento. Y es que la mayoría de las poesías de Elizabeth Siddal carecen de introducción y conclusión. La ausencia de un principio y un final, así como las insistentes interrogaciones retóricas que avasallan el texto con violencia, acentúan la carencia de libertad de la poeta. En numerosas ocasiones, la versificación del contenido está ataviado por el ensordecedor empleo del silencio, una compleja estrategia que ejecuta gracias a la implicación de secretismo en las palabras, de dobles sentidos, de confidencias a medias, de escenas sin resolver… comprometiendo en todo momento el uso del lenguaje en un juego de apariencias y artilugio de luces y sombras. La joven poeta recurre a la ambigüedad y a la confusión del lector para profundizar en temas como la soledad, el amor y su desengaño, la desesperanza, la muerte y dicha retratada noción de confinamiento.

“Muchas millas sobre el campo y el mar
Hasta que mi amor pudo retornar,
De sus palabras no tengo recuerdos,
Solo el de los árboles y el gemido del viento.
Y arribó listo para tomar sin daño
La cruz que he cargado por años,
Pero las palabras llegaron lentas
De aquellos fríos y mudos labios.
¿Cómo sonaban mis palabras lentas y plenas,
En aquel gran corazón que me amó en la pena,
Venido a salvarme del odio y el dolor
Y a confortarme con su delicado amor?
Sentí al viento golpeando frío, gélido,
Y a la bruma roja acariciar la puerta;
Sentí que el hechizo que sostenía mi aliento
Se quebraba, viviendo siempre muerta.”

Fragmento de una balada (1829-1862) por Elizabeth Siddal.

Esto se debe a que en el periodo victoriano las mujeres artistas eran educadas e instruidas desde la infancia bajo el dogma de la discreción y el silencio, aptitudes que fuesen ya de manera consciente o inconscientemente, incorporaban a sus obras poéticas y pictóricas. En la sociedad de la época, las mujeres y los niños no debían dejarse ver ni tampoco tenían derecho a ser escuchados, puesto que su lugar en el mundo dictaba que pertenecían en la reclusión del hogar. Los niños varones una vez que su hubieran hecho hombres podían desligarse de la casa y perseguir sus aspiraciones y metas en la vida. En cambio, las niñas debían perpetuar su carácter subyugado y obediente contrayendo nupcias, abandonando el hogar de su infancia y trasladándose al siguiente, el de su marido. En resumen, las mujeres se hallaban a lo largo de todas las estaciones de la vida, prisioneras.

Clerk Saunders (1857) de Elizabeth Siddal

Como respuesta a la cotidianeidad de semejante realidad, Elizabeth Siddal se refugió en la creación literaria como símbolo y reacción para con las limitaciones e impedimentos de la carne. Los márgenes de sus poemas son la cárcel de la que no pudo escapar y el amplio campo semiótico y de significados es el canal por el cual logró evadirse, huir y sobrevivir. Una de las imágenes más evidentes a mi parecer reside en la cosificación de su identidad, espíritu y cuerpo como la Ophelia de John Everett Millais, puesto que encarna el eterno, indefenso y siempre joven arquetipo de la “Bella Durmiente”. Curiosamente, el personaje mártir que la volvió inmortal como musa e himno del arte Prerrafaelita resultó ser la prisión de la que deseaba liberarse.

Absolución que alcanzó por medio de la composición de su obra poética.

Laura Martínez Gimeno

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