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¿Por qué es necesario un Museo Cajal? (XIII), por Javier Navarro

Un hombre de la brillantez de Ramón y Cajal es, sin la menor duda, acreedor de un museo que reúna sus logros, los exponga, les de valor y los coloque a disposición de los españoles que tan necesitados estamos de conocer y saber valorar nuestro acervo.

Escribir sobre un científico español que vivió y trabajó en España es algo así como poner una pica en Flandes.

En primer lugar porque de eso, de científicos, tenemos pocos o casi ninguno y en segundo lugar porque ser científico en España es de las profesiones que causan menos admiración, si es que causan alguna.

Pero, aún con tan pobre decoración, España ha contado con algunos personajes brillantes y de reconocido prestigio en el terreno de las ciencias aplicadas y, de entre esos pocos, no nos equivocaríamos si eligiéramos a uno de nuestros cinco premios Nobel, dos si excluimos a los Nobel de Literatura, el primero en obtenerlo en la disciplina de Medicina por sus extraordinarios avances y descubrimientos en el terreno de la estructura del sistema nerviosos gracias a su “doctrina de la neurona”.

La vida de un científico es la de caminar hacia lo desconocido en el vehículo de la imaginación, la confianza y la perseverancia. La suya, que comenzó en Petilla de Aragón (Navarra) en 1852, cumplió a rajatabla con esa premisa.

Realizó el bachillerato en Huesca al tiempo que se iba aficionando a la montaña y desarrollaba su capacidad para la deducción y no para la memorización, práctica esa que le ayudó a desarrollar su actividad posterior.

En 1870 su familia se trasladó a Zaragoza y él comenzó su carrera en medicina terminándola en 1873, lo que da una idea del interés con el que acometió su primer reto profesional. Comienza su actividad como médico en el Cuerpo de Sanidad Militar donde, tras un breve tiempo en el conflicto carlista es destinado a Cuba. Allí llegó con la ilusión de la vida en el caribe, ilusión que la realidad se encargó pronto de poner en su sitio, incluida la caída en la enfermedad fruto de la cual 1875 fue embarcado en Cuba y enviado de regreso a España como “inútil para el servicio militar”.

Esa coyuntura fue el origen de su dedicación posterior, la investigación científica, ya que, gracias a los ahorros en su vida militar, pudo hacerse con su primer instrumento, un microscopio.

Desde su doctorado en 1877 y durante los siguientes diez años fue primero Director del Museo de Anatómico de Zaragoza y, más tarde, la cátedra de Anatomía Descriptiva de la Facultad de Valencia donde ya realizó estudios de mérito sobre el cólera para llegar, por fin a Barcelona en 1888 donde se hace con la cátedra de Histología para, poco después, conseguir su primer gran descubrimiento sobre el comportamiento del sistema nervioso cerebroespinal.

Es entonces cuando explota su actividad en el terreno de la investigación científica que llegará a desarrollar de forma decisiva, consiguiendo, por ello, fama y reconocimiento mundial, naturalmente mayor fuera de nuestras fronteras que dentro. Sus triunfos en la investigación le hicieron acreedor, ex aequo con un italiano, del premio Nobel en medicina.

Fue un científico con mucho más en contra que a favor. Coetáneo de Unamuno tuvo que sufrir el mayor desacierto del escritor que, si era magnífico en su actividad como escritor lo fue lamentable en su visión del que inventen ellos que nos abocó a generar entre los españoles una vagancia, incluso una indiferencia hacia la invención y la investigación en la ingenua idea de que era más práctico utilizar lo inventado por otros y así “no desperdiciar” el tiempo en eso. Se ve que no cayó en la cuenta de lo que cuesta, en el auténtico sentido de la palabra, adquirir y utilizar lo que inventan otros.

Y tuvo que sufrir, además, la frialdad y lejanía con la que el español, en general, contempla dedicaciones que no aportan un resultado inmediato y que es todavía mayor si lo que inventan “no es tangible”. Claro, cómo se va a comparar la realidad de, por ejemplo un reloj, que tiene maquinaria, que anda, y que da un servicio inmediato, la hora, con un estudio sobre órganos que vaya usted a saber si es aplicable para la vida cotidiana.

El resultado hoy es la escasa memoria que el pueblo llano tiene sobre el hombre y la ridículamente inexistente difusión de sus logros fuera del entorno de las personas que se dedican específicamente a ese medio.

Si es indispensable el conocimiento detallado de nuestra historia, de nuestras grandes mujeres y nuestros grandes hombres y tener así una foto real de nuestros valores, lo que indudablemente claro que es indispensable, lo es así mismo la conservación de cuanto los hace reconocibles y aportadores de aquello que los hizo especiales y para ello nada más adecuado que la creación de museos que reúnan esos valores. Un hombre de la brillantez de Ramón y Cajal es, sin la menor duda, acreedor de un museo que reúna sus logros, los exponga, les de valor y los coloque a disposición de los españoles que tan necesitados estamos de conocer y saber valorar nuestro acervo.

Javier Navarro
Escritor y músico

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