Acalanda - Don Santiago Ramón y Cajal - Día de la Ciencia
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17 de octubre, fiesta nacional: día de Cajal, por Jesús Alfaro Águila-Real

No basta con abrir el Museo Cajal. Hay que establecer una fiesta nacional que lleve su nombre y que sea, también, el día de la Ciencia.

He terminado de leer la espléndida y emocionante biografía de Santiago Ramón y Cajal que ha publicado – en inglés – Benjamin Ehrlich. (The Brain in Search of Itself. Santiago Ramón y Cajal and the Story of the Neuron, New York, 2022). No hay duda de que a Ehrlich el personaje le cae bien. Lo sitúa a la par con lumbreras como Pasteur, Darwin o Einstein. Y para un español, es emocionante leer tal cosa. Porque, a diferencia de cualquier otra gloria española (Cervantes y Velázquez son los dos únicos personajes históricos a su altura en sus respectivos campos aunque la nómina se ampliaría si incluimos militares –Cortés, Juan de Austria– marinos –Elcano– o reformadores sociales –Ignacio de Loyola– o teólogos juristas -Escuela de Salamanca-), Ramón y Cajal es el padre de la Ciencia en español. El científico que nos explicó la anatomía del cerebro (y que las neuronas son células físicamente separadas unas de otras) nació, vivió e investigó en un país con un 75 % de analfabetismo y sin ayudas públicas durante buena parte de su carrera.

Sin embargo, y por una vez en la historia de España, Cajal fue ‘profeta en su tierra’. La biografía de Ehrlich da exhaustivas pruebas de que Cajal fue considerado un héroe nacional ya antes de que se le concediera el premio Nobel –injustamente compartido con Golgi, a decir del autor– cuando se le dio, unos años antes de 1906, la medalla de Moscú. Me viene a la memoria la biografía de Humboldt y cómo la autora se maravilla por la popularidad del geógrafo alemán en todo el mundo. Cajal fue apreciado, admirado y agasajado por todos los españoles. Desde el rey Alfonso XIII hasta los vecinos del pequeño pueblo navarro incrustado en el Alto Aragón donde nació (Petilla de Aragón) pasando por políticos de todo signo (el dictador Primo de Rivera tragó carros y carretas con tal de no enemistarse con Cajal; Castelar trató mucho a Cajal; le hicieron senador vitalicio; quisieron hacerle ministro de educación en uno de los gobiernos liberales de la Restauración) y se creó un instituto excelentemente dotado para que pudiera desarrollar sus investigaciones y ‘crear escuela’. Se le hizo presidente de la Junta de Ampliación de Estudios que incluía la Residencia de Estudiantes. Los estudiantes de Medicina lo adoraban y dieron frecuentes muestras de su admiración (a pesar de que no era la alegría de la huerta dando clases, al parecer). El pueblo llano también participaba de esa admiración por el primer ‘sabio español’, incluida la guardia de fronteras entre España y Portugal. A su muerte, en 1934, en medio del caos y desórdenes que caracterizaron la corta vida de la II República, el pueblo de Madrid se lanzó a la calle para seguir su féretro. Con su oposición, se le erigió una estatua en el Retiro de Madrid ¡en vida! Hoy, no hay ciudad española que no tenga una calle dedicada a Cajal. Hay hospitales, centros de investigación, colegios e institutos de bachillerato que llevan su nombre.

Falta el Museo Cajal. Duque, el ministro astronauta, prometió que se abriría en esta legislatura. Pero no se ha abierto. Ehrlich se queja de las dificultades para acceder a su legado. Cajal no paraba de escribir y dibujar. No paró de hacerlo hasta el día de su muerte y empezó a hacerlo cuando contaba pocos años de edad. Y se ha conservado buena parte de lo que escribió y dibujó. Cuando tenemos Museos dedicados a cualquier nadería, que no haya un Museo Cajal es una desgracia fácilmente remediable (Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia tienen títulos para ser la sede. Yo abriría una subasta para tomar tal decisión y adjudicaría el Museo a la ciudad que más fondos privados recaudara para la fundación titular del mismo).

Pero lo del Museo Cajal es una cuestión menor. Lo importante es que Cajal representa una oportunidad inigualable para reconstruir la cooperación entre españoles tan dañada en las últimas décadas por el auge del nacionalismo periférico y la deriva populista y hacia la extrema izquierda del PSOE.

Respecto de lo primero porque Cajal era un modelo de patriota español. Y respecto de lo segundo porque uno de los rasgos más destacables de los populistas (y de los nacionalistas, naturalmente) es el desprecio por la Ciencia como guía de las políticas públicas, especialmente en materias como la organización de la asistencia sanitaria y, sobre todo, la educación y la investigación. Los populistas –como el PSOE– se niegan a seguir los dictados de la Ciencia cuando de promulgar leyes se trata. Practican lo que se ha llamado ‘sociología normativa’ que consiste en afirmar que las causas de los fenómenos que son objeto de regulación (pongamos por ejemplo, el fracaso escolar, o la violencia entre cónyuges pero también el aborto o el reducido número de mujeres en carreras técnicas) se explican por las causas que los populistas querrían que fuesen las causas (el fracaso escolar porque hay demasiados alumnos por clase, la violencia entre cónyuges por la cultura machista, el aborto porque no hay educación sexual suficiente en las escuelas, o la ausencia de mujeres en las ingenierías porque se les dice a las niñas que no valen para esas carreras).

Aquí es, especialmente, donde Cajal puede ayudarnos después de muerto. Si todos los españoles admiramos a Cajal, todos los españoles deberíamos acordar que las políticas sociales, educativas y económicas deben guiarse por la Ciencia (y el Derecho). Eso es lo que Cajal predicó y practicó toda su vida. Y lo hizo luchando contra sus propios prejuicios. Llegando a conclusiones sólo tras haber comprobado empíricamente si su ‘prejuicio’ se confirmaba en el experimento y si el experimento estaba bien diseñado y ejecutado (una de sus grandes aportaciones a la Ciencia lo fue a las técnicas para asegurar que lo que se veía al microscopio eran células reales y no ‘artefactos’ creados por el tinte o producto químico utilizado para preparar las muestras objeto de análisis).

Hay que resucitar a Cajal y resucitarlo de forma permanente. No basta con abrir el Museo Cajal. Hay que establecer una fiesta nacional que lleve su nombre. Murió el 17 de octubre y nació el 1 de mayo. Como la segunda es una fecha ya ‘cogida’, deberíamos convertir el 17 de octubre en fiesta nacional (puede suprimirse cualquier fiesta religiosa que no sea de primera relevancia). El día de Cajal. Que sea, también, el día de la Ciencia. Que sea el día en el que los españoles recordemos que, si no fuera por Cajal y por su inmensa labor en la creación de una ‘escuela española’ de Biología, España no tendría título alguno para presentarse en el mundo cuando se demanda por la aportación de cada país al avance del conocimiento. No hay ningún premio Nobel de Ciencias español. Tras la Segunda Escolástica (siglo XVI), España desapareció de la construcción de la Ciencia y la Tecnología hasta, prácticamente, el siglo XXI. Cajal representó la única interrupción en ese proceso de ‘salida’ de España de la Historia de Europa. Nunca un solo hombre hizo tanto. El Museo Cajal debería tener como objetivo, no tanto difundir la obra de este genio, como asegurar que los españoles no daremos nunca más la espalda a la Ciencia. Y eso ha de traducirse, en el ámbito educativo y universitario, en concentrar todos los esfuerzos en asegurar la centralidad del conocimiento científico y su transmisión en escuelas y universidades abandonando cualquier pretensión de moldear las emociones y valores de los educandos. No es que no sea deseable –yo no lo creo, pero reconozco que es discutible–, es que nadie que acepte que la Ciencia y el Derecho deben guiar las políticas ha presentado prueba alguna de que la escuela puede lograr tal objetivo.

Cajal, en definitiva, es la prueba de que todos los males –menos la muerte por ahora– tienen remedio. Y el mal que aqueja a los españoles es el de su incapacidad para cooperar a gran escala y su abandono de la Ciencia.

Jesús Alfaro Águila-Real
Catedrático de Derecho Mercantil desde 1995.
Miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid
Almacén de Derecho

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