Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel
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Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Arte con Historia: 11 de diciembre

#TalDíaComoHoy 11 de diciembre de 1582 falleció Ferdinandus Toletanus Dux Albanus.

Recordar la figura de Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, también conocido con el sobrenombre de “El Duque de Hierro”, es hablar del hombre de mayor confianza del Emperador Carlos I de España y V de Alemania, así como de su sucesor, Felipe II. Fue Gran Duque de Alba, Gobernador de los Países Bajos, Virrey de Nápoles, Virrey y Condestable de Portugal, Grande de España y Caballero de la Orden del Toisón de Oro, entre otros grandes títulos.

“El Duque de Hierro” murió en Tomar, localidad próxima a Lisboa, el 11 de diciembre de 1582, auxiliado por el famoso Fray Luis de Granada, a la edad de setenta y cuatro años. Conservó hasta último momento toda su bravura y aspecto valeroso, mostrando incluso a los monarcas su grandeza de espíritu e inteligencia. Sus restos mortales fueron trasladados primeramente al Convento de San Leonardo, en la localidad salmantina de Alba de Tormes; luego, con carácter definitivo al Convento de San Esteban de Salamanca, donde reposan desde 1993, en un sepulcro creado por Chueca Goitia.

“El Duque de Hierro” o, si se prefiere, “El Gran Duque de Alba”, está considerado por los historiadores como el mejor general de su época y uno de los mejores de la historia. Se distinguió en la Jornada de Túnez (1535), participando en la victoria del emperador Carlos V sobre el pirata otomano Barbarroja, devolviendo el predominio de la Monarquía Hispánica en los dominios occidentales del mar Mediterráneo. También en batallas como Mühlberg (1547), en la que el ejército del emperador Carlos V venció a los príncipes protestantes alemanes.

Eternizó su memoria reprimiendo la rebelión de los Países Bajos, donde actuó con gran rigor castigando a los rebeldes, instituyendo el Tribunal de los Tumultos y derrotando totalmente a las tropas de Luis de Nassau en la Batalla de Jemmingen y a Guillermo de Orange en la Batalla de Jodoigne en los primeros momentos de la Guerra de los Ochenta Años.

Fue camarada de armas, amigo y protector del poeta y soldado Garcilaso de la Vega, que dedicó parte de su Égloga II a ensalzar a la casa de Alba y su duque. Su divisa en latín era “Deo patrum nostrorum” (Al Dios de nuestros padres).

A pesar de sus innumerables logros políticos y militares, la leyenda negra española lo describe como un auténtico señor de la guerra, famoso e intrépido, pero, al mismo tiempo, brutal, implacable y de extrema severidad. ​La leyenda blanca, sin embargo, considera al “Gran Duque de Alba” como uno de los grandes héroes españoles y figura clave de su época; también un líder indiscutible, duro, recio y respetuoso con sus hombres.

Alberto Romero y José Antonio Hernández de la Moya

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