Acalanda - El Favorito - Vicente Forcadell
Ediciones Universidad de Salamanca El favorito Libros Literatura Opinión Recomendación Relatos Breves Reseñas

El favorito. Relato sobrenatural. Tercera entrega.

Se podría decir que todo lo que hacemos, bueno o malo, son intentos de penetrar en otros y quedarnos ahí…

Vicente Forcadell

3

… Yo era el mono de Walter. No, mejor continuar por otro lado. Entre las cosas grandes. Al llegar a cierta edad, todo el mundo ha dejado atrás a seres queridos. No, será más didáctico referirse a los simplemente apreciados, incluso a los pasajeramente apreciados, incluso a gente por la que alguna vez sentiste cierta curiosidad. Alguien con quien tu camino se ha cruzado hace mucho y de quien no has vuelto a saber nada. Sin embargo, una tarde, sentado en el banco de un parque, su recuerdo te ha venido a la memoria. ¿No es, de hecho, como si llamara a tu puerta? Entonces, te interesas por él, le preguntas cómo está. Te preguntas a ti mismo: ‘¿Qué habrá sido de Montse?’. Y te interesa de verdad saberlo. Sientes una añoranza que puede llegar a ser intensa. Recuerdo, por ejemplo, a una niña con la que me cruzaba a menudo por la plaza. Demasiado a menudo, a partir de cierto momento: empezábamos a gustarnos. Debíamos de tener unos doce años. Ni siquiera éramos adolescentes. No recuerdo bien su carita. Era morena. Pero recuerdo perfectamente la última vez que la vi. Yo estaba al borde de la acera, iba a cruzar la calzada para llegar a la plaza, y de repente ella estaba a mi lado. Llevaba una camisa o una blusa blanca. Me preguntó dónde iba y le contesté que a clase. Creo recordar que señaló con tristeza lo distintos que éramos. ‘Tú eres un estudiante y yo tengo que trabajar.’ Un ramillete de flores brota entre sus manos. Trabaja en una floristería. En realidad, no lo dijo con pena, ni con rabia, ni con envidia… No volví a verla y me he preguntado alguna vez qué habrá sido de ella. Nunca supe su nombre. O mi tía Lesley, casada con un tío mío alcohólico, del que se divorció para casarse con un granjero y desaparecer para siempre (también se perdió mi tío, pero de él no me acuerdo casi nunca). Tenía los ojos grises y yo había vivido tres meses en su casa. Le había dicho que me convertiría en filósofo para que se interesase por mí… Recuerdo a Montse (de Montse no voy a decir más que su nombre) y a Lesley como a muchos otros, de vez en cuando, pensando que tal vez también estén pensando en mí en ese mismo momento o en otro cualquiera, porque lo que importa es estar dentro de otros: el amor, después de todo, es tener siempre presente a alguien dentro de nosotros. Lo curioso es que el odio también es eso, y la pena, y la rabia, y la envidia… Se podría decir que todo lo que hacemos, bueno o malo, son intentos de penetrar en otros y quedarnos ahí… (¿Mi tía Lesley estaría orgullosa de mi filosofía?)

Emma también es especial por esto: siempre ha estado ahí fuera y dentro de mí, y yo en ella. Nunca he tenido que recordarla sin verla poco después a lo largo de estos quince años.

Pues bien, la pequeña florista (sí, tan dulcemente chaplinesco), una vez en que rodamos en nuestra pequeña ciudad natal, vino a verme a mi casa, que he conservado, y se dio a conocer. No importa qué nos dijimos, qué pasó. Y mi tía Lesley me escribió a la cadena de televisión cuando la serie se estrenó en Inglaterra. Tampoco importa lo que me decía en su carta ni lo que yo le contesté en la mía. (En realidad, deseo escribirlo, pero no parece el momento adecuado: unidad de acción.) Fui a verla, conocí su granja, era viuda. Lo único que importa es que no volveré a preguntarme qué ha sido de Montse, de Lesley, de tantas y tantas mujeres y algunos hombres. Eso es lo que he perdido y creo (atenta, Lesley, allá voy filosofante de nuevo) que esa pérdida es superior, más grave, tan sugestiva, tan rica en imaginación era su ausencia, que la ganancia de su renovada presencia. Porque el tiempo ha pasado y ahora, al recuperarlas, las he perdido. No es que ahora no signifiquen nada para mí. Lo que he perdido es lo que significaban cuando no sabía nada de ellos. Por supuesto, también he perdido mi manera de estar en ellos hasta el momento de su reaparición. Y ellos han sufrido las mismas pérdidas, o incluso más graves, puesto que la iniciativa siempre, en todos los casos, ha sido suya.

Durante mucho tiempo he atribuido esta pequeña maldición a mi fama (otra manera de meterse en el interior de otros) sin reparar en que ya antes me sucedía en un grado superior a lo que se consideraría normal: he hablado de esto con Emma y con otros lo bastante como para medirlo. Por pudor, no les conté estos casos sino otros más insignificantes para mí.

Acalanda - El Favorito - Vicente Forcadell - Ladybug

(Continuará)

El favorito. Relato sobrenatural. Tercera entrega. Vicente Forcadell

0 comments on “El favorito. Relato sobrenatural. Tercera entrega.

Gracias por comentar con el fin de mejorar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: