YO, ABO. Capítulo 21: El factor sorpresa.
Mi euforia vital se fue transformando en calma vital según iba respirando lenta y profundamente el aire marino, caminando por el paseo marítimo. En un momento dado me pregunté, ¿Qué hay más relajante que pasear descalzo sobre la arena de la playa? Además de ser un placer saludable es todo un tratamiento para los sentidos. Pues vayamos allá —me dije.
Caminé de esta forma durante aproximadamente una hora. Sabía que esto era muy bueno para mí por tratarse de un excelente ejercicio que te permite tonificar y fortalecer la musculatura de la pierna y activar el flujo sanguíneo de los miembros inferiores. A cada momento iba percibiendo en todo mi ser un estado de liberación física, emocional y mental. Sabía que el simple hecho de caminar descalzo por la arena de la playa aumenta la secreción de endorfinas, unas sustancias que nos procuran placer y nos reportan un efecto relajante y anti-estrés.
Había llegado el momento de volver a casa, encender mi ordenador y reemprender mi disciplina de estudiante universitario. ¡Tengo que volver a la normalidad, tras estas últimas horas de confusión! —me ordené.
Era muy consciente de que había atravesado por lo que se llama una “crisis personal”. ¡Qué error y qué locura hubiera sido lo que pretendía hacer: largarme al buen tuntún a California! Pero, afortunadamente, las conversaciones con mi madre y “el factor” Paula habían conseguido redirigir mis aguas turbulentas por cauces acuáticos normalizados. Ahora sí que comprendo lo que me dijo un día Gerard sobre los cambios radicales en nuestras vidas.
—Tío, en tiempos de crisis —como escribió Santa Teresa— no hacer mudanzas.
Sí, efectivamente, recordando lo de las mudanzas de Santa Teresa —pensé-, ahora estoy cayendo en la cuenta de que pretendía hacer una mudanza a lo grande, tan grande que el “ostión” iba a ser gordo, gordo, gordo. Al final voy a tener que empezar a creer en que tengo un ángel de la guarda, de los buenos, claro.
Al salir de la playa me senté en un banco situado en el paseo marítimo. Me apetecía descansar un poco antes de reemprender el regreso hacia casa, tras la larga caminata junto al mar, pisando grácilmente la arena. Mientras observaba el ir y venir de la gente, me inundaban pensamientos de diversa índole, la mayoría inconexos. De repente, una voz desconocida para mí me sacó de mi deambular mental.
—¡Abo! ¡Abo! Porque tú eres Abo, ¿verdad? ¡Por Dios, qué sorpresa más agradable! ¿Te acuerdas de mí?

Al oír “Abo”, me quedé paralizado, tan paralizado como cuando lo vi escrito en mi ordenador, durante la misteriosa noche del viernes al sábado en mi habitación del piso compartido de Barcelona y aquí, en Málaga, hacía un rato. De nuevo, “Abo”, el diminutivo familiar que solía utilizar mi abuela materna Julia para referirse a mi persona de forma cariñosa. Digámoslo pronto y claramente: me sobrevino un “yuyu” monumental, parecido al de los porteadores que iban en busca de Tarzán (el hombre-mono) y que, al escuchar su tan temido grito salían despavoridos, vociferando lo de «ancagüa, yuyu, pachi, pachi”. En fin, creo que si me hubieran medido en ese momento el nivel de corticoides circulando por mi torrente sanguíneo no hubiera tenido más remedio que ser trasladado en ambulancia de urgencias al hospital más cercano, en evitación de un colapso fatal.
—¿Pero ¿cómo es posible? ¿Mi abuela Julia materializada? ¿Mi abuela Julia que se me acaba de manifestar en cuerpo presente? Yo, a este paso y con estos sustos tan tremendos no creo que vaya a llegar a viejo nunca –pensé en décimas de segundo, hasta que me fui haciendo cargo de la situación-. Es que, como en las guerras de guerrillas, no podía determinar cómo y desde dónde me había asaltado aquella particular señora que, a bote pronto, pensé que sería mi abuela Julia.
Pero no, no era mi abuela Julia. Se trataba de una señora octogenaria, de mediana altura, de pelo crespo encanecido y mente aguda. Vestía con pantalón rojo chillón, camiseta blanca xerografiada con una figura geométrica y zapatillas deportivas de marca. Lucía un extraño collar en forma circular, conteniendo en su interior dos tetraedros, uno mirando hacia arriba y el otro hacia abajo. También por una serie de círculos del mismo tamaño, junto a unas líneas que se extendían desde el centro de cada círculo hasta el medio de los demás. Observé, asimismo, que llevaba un anillo de plata con la misma figura que la del collar y la camiseta. Me llamó la atención el detalle del anillo colocado en el dedo anular de la mano izquierda —contrario a la costumbre generalizada de llevarlo en el anular de la mano derecha— por lo que deduje que era una persona muy creativa y con bastante ingenio a la hora de afrontar desafíos y poner solución a los problemas.
La primera idea que me vino a la cabeza, una vez descartada la encarnación de mi abuela Julia, era la de que respondía al principio natural de que “la edad es un estado del alma”. Después, según iba volviendo en sí, concluí que se trataba del arquetipo de mujer vital, soltera o viuda que cuestiona permanentemente el mundo en el que le ha tocado vivir con ironía, colocando la ancianidad en el centro del relato de la vida y, por supuesto, reivindicando la sabiduría ancestral mediante un determinado discurso, en consonancia con los tiempos modernos del segundo milenio. La camiseta xerografiada, el collar y el anillo con la misma figura geométrica le daba un halo de misterio que a uno le hacía ponerse en guardia.
Como si de una jovenzuela se tratara, llevaba su móvil de última generación colgado al cuello en una funda. Yo no sabría decir si era por estar “en la onda”, o por precaución, esto es, por aquello de que no sea que aquel hombre que está tomando el sol en la toalla de al lado sea un ladrón de guante blanco. En su mano derecha llevaba un libro, con un separador de páginas.
A mí, la verdad, se me antojaba que esta señora que me había sacado de mis pensamientos improductivos era la mismísima Mafalda, habiendo abandonado la edad de los 6 años, pero no su impronta de persona desenfadada, incisiva y, al mismo tiempo, entrañable. Di por hecho que se movía por los mundos de internet como pez en el agua; que se había recorrido ya más de medio mundo; que lideraba diversos grupos de amigas, tanto de forma presencial como por Facebook; que tomaba el té o el café de las cinco; que frecuentaba salas de bailes para mayores; y que realizaba seminarios esotéricos. No estaba seguro, sin embargo, si mantenía en su caso al pájaro Paco o a la perrita pequinesa.

Me levanté del banco donde me encontraba, casi de un brinco, para responder a esta desconocida y misteriosa señora; eso sí, lo hice cruzando mis brazos en señal de autoprotección y con un visible tembleque en las piernas que ni te digo.
—Hola, buenos días, señora, ¿Nos conocemos? —pregunté bastante aturdido tras el impacto, pero tratando de conservar el tipo.
—¿Es que no te acuerdas de mí, Abo? Yo era una buena amiga de tu abuela Julia. Te tuve entre mis brazos muchas veces cuando eras un bebé. Y hasta te ayudé a dar tus primeros pasos. ¿Es que no te acuerdas, precioso?
—Pues… discúlpeme, la verdad es que no —respondí algo dubitativo.
—Pero, claro, ¿Cómo te vas a acordar de mí si eras tan pequeñín? ¿Pero qué cosas tengo?
—Y, oiga, ¿pero usted cómo se acuerda de mí, habiéndome conocido tan de pequeño?
—Es que, sabes, Abo, yo tengo una memoria fotográfica prodigiosa. Rostro que veo, rostro que no se me olvida jamás. Y menos el tuyo. Si es que eres igualito que el de tu abuela Julia.
— ¿A sí? ¿Usted cree que me parezco tanto a ella?
—Sí, eres inconfundible. Y seguro que has heredado todos sus talentos.
—¿Entonces usted conoció a mi abuela Julia?
—Sí, claro. Fuimos muy buenas amigas.
—Tanto como una tal Alicia, de la que me ha hablado mi madre.
—Bueno, no sé si tanto, pero casi casi. Yo soy Mari-Luz y ahora vivo aquí, en Málaga. Creo que será ya por poco tiempo.
En aquel momento me hubiera gustado hacerle muchas preguntas a Mari-Luz, pero la situación era tan abrumadora y confusa que preferí no meterme en camisas de once varas, por si acaso, que después uno puede salir trasquilado. Así que le lancé la siguiente pregunta de fácil respuesta, tratando de cambiar de tercio.
—¿Qué tal el libro que está leyendo?
—Es “El poder del Ahora”. ¿Lo conoces?
—Sí, aunque yo no lo he leído. Mis compañeros de piso me han hablado muy bien de él.
—Pues te animo a que lo leas, Abo. Este libro “El poder del Ahora” tiene un poder transformador. ¿Ha oído hablar de su autor, el alemán Eckhart Tolle?
—Sí, el nombre me suena. Como le he dicho, mis compañeros de piso, Gerard y Manel, son estudiantes de letras y grandes lectores de este tipo de literatura espiritual, y alguna vez me han hablado de este autor y de este libro.
—Eckart Tolle lo escribió tras una profunda crisis personal. Fíjate, Abo, fue tan profunda que le llevó hasta las mismas puertas del suicidio.
—Vaya, ya lo creo que debió de ser fuerte.
—Lo fue. Pero, bueno, pequeño, te aclaro que yo no estoy en su misma situación…afortunadamente, ja, ja, ja. Yo soy una joven octogenaria que está a punto de tomar una decisión muy importante para su vida.
—¿Sí? ¿Cuál? —pregunté muy intrigado.
—Dejar mi mundo conocido y viajar a otro totalmente inexplorado.
—¿Mundo inexplorado? —pregunté nuevamente, más intrigado aún.
—Ja, ja, ja. —rió la misteriosa mujer profusamente—. No creas, chiquitín, que me refiero al Más Allá. Creo que aún me queda bastante carrete. Me considero, como te he dicho, una joven octogenaria que desea seguir viviendo la vida a tope, como decís los jóvenes de hoy en día.
—¿Y se puede saber dónde desea usted viajar y con qué objetivo?
—Deseo seguir viajando por esos mundos de Dios a raíz de una visión que he tenido últimamente.
—¿Y se puede saber qué tipo de visión ha tenido últimamente que le ha llevado a tomar la drástica decisión de viajar a mundo inexplorados?
—La visión de una barca envejecida —fue su escueta respuesta.
—¿Cómo? ¿Una barca envejecida le ha empujado a viajar por esos mundos de Dios, como usted dice?
—Si, en efecto. ¿Estarías interesado en conocer mi historia?
—Claro, Mari-Luz. Me parece que tiene que ser muy interesante y, además, quizás, me ayude a mí también de algún modo, que yo, sabe usted, últimamente, estoy que no me aclaro.
—Pues allá voy. Pero, bueno, chiquitín, como esto nos llevará un tiempecillo te propongo que nos sentemos cómodamente en este banco.
—Ah, sí, claro. Estaremos mejor sentados —asentí.
—Y… suéltate un poco la melena, pequeñín, que te encuentro como atado de pies y manos. ¿No estarás estreñido? Anda, dame un beso, guapetón, ¿Quién me iba a decir a mí que algún día te volvería a ver hecho todo un caballerete?
Aquella mujer tan misteriosa me producía una extraña mezcla de temor y, al mismo tiempo, de familiaridad. Por momentos me parecía una tía mía de carácter mandón por lo de Abo, pequeño, chiquitín, precioso, hijo, chavalote, caballerete… y otros como un ser extraño, con extrañas intenciones. Así que, de perdidos al río —pensé— habrá que llegar hasta el final con este asunto. Y lo que sea sonará. ¿Y si fuera el “alter ego” de mi abuela Julia, la que se está divirtiendo conmigo a través del ordenador?
—Verás, pequeño Abo. Cada mañana suelo darme un largo paseo por la playa. Es que, hijo, mi irrenunciable caminata matutina es para mí como una profunda meditación; un medio para dejar marchar los pensamientos improductivos del pasado y del futuro y centrar todos mis sentidos en el “Aquí y Ahora”, algo que considero como un punto de unión con mi interior.
Pues resulta que, hace pocos días, mientras caminaba por el paseo marítimo, tratando de mantener una actitud bondadosa, amorosa y sin juicios hacia todo aquello que contemplaba, me impactó especialmente la observación de una embarcación envejecida e inclinada sobre uno de sus lados. No era la primera vez que veía aquella barca envejecida y derribada, pero te confieso, Abo, que hasta ese momento no le había prestado mucha atención. La había visto muchas veces, sí, pero nunca había reflexionado sobre su significado profundo, más allá de lo aparente. Así que dejé de caminar y, tras realizar varias respiraciones profundas, centré toda mi atención en aquella barca misteriosa y a reflexionar y hacerme preguntas sobre la misma.

—¿Cuáles? —pregunté muy intrigado, interrumpiendo su interesante relato.
—Comencé a reflexionar sobre que aquella barca envejecida e inclinada sobre uno de sus lados fue construida para que navegara, para que surcara las olas, llevando en sus entrañas la carga generosa para alimentar a mucha gente o para traer de tierras lejanas diversos productos necesarios para la vida. Y ahora, mira cómo se encuentra –me dije-, derrumbada, envejeciendo junto al mar, deteriorándose día tras día, al albur de los vientos marinos, el agua salada, el sol y los contrastes de las temperaturas. Si pudiera hablar: ¿Cuántas interesantes historias podría contar?; y, por cierto: ¿Cuánto tiempo llevará así sin salir del puerto?
—Sí, claro —asentí, metiéndome completamente en el meollo del relato.
—Estas reflexiones sobre aquella barca envejecida me iluminaron —me afirmó. Me ratificaron en mi convicción de que la edad no es un obstáculo para nada; porque—me decía— tengamos la edad que tengamos habrá siempre un puerto al que llegar y un mar por el cual dirigir nuestra embarcación. Una gran parte de la Humanidad se halla angustiada. Ha perdido la alegría de vivir. No podemos perder más el tiempo. Hay que ayudar a los que sufren. Creo que, en medio de los conflictos y la desesperación todos ellos anhelan la ayuda necesaria que no encuentran. En fin, yo no puedo seguir como esta barca envejecida, inclinada sobre uno de sus lados, dejando que pasen los días sin ningún propósito definido.
—¿Y qué pasó después? —pregunté como si yo fuera un niño escuchando un bello cuento o relato.
—Que tomé una decisión crucial. ¡Lo haré! me dije para mí misma con firme determinación, poniendo por testigos al cielo y a la tierra. Nada ni nadie harán que desista de mi propósito de seguir creciendo en consciencia, mediante el trabajo desinteresado hacia los demás. Sí, los últimos años de mi vida quiero dedicarlos a realizar labores altruistas en el Continente africano. Y mira si va todo rápido que ya me he puesto en contacto con un misionero amigo.
—Es usted muy valiente, Mari-Luz. Pues… Si este es su deseo y su sueño…
—Sí, ya sé lo que estás pensando, pequeño: que soy ya muy mayor para estas cosas. Sin embargo, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. La vida es un continuo comienzo. La vida es “Ahora”, como nos explica este maravilloso libro que tengo entre mis manos de Eckhart Tolle. ¿Quién sabe? Quizás nuestro curioso encuentro no haya sido fortuito y se haya presentado con alguna finalidad. ¿Cuál?, te estarás preguntando. Yo no sabría decirte en este momento; debes ser tú quién lo averigüe por tí mismo. Y, ahora, precioso, hablemos de ti, que yo ya he hablado mucho de mí. Pero hagámoslo en igualdad de condiciones, por lo que ya es hora de que me tutees, que no soy tan vieja, precioso.
Luego, colocando su pierna derecha sobre su izquierda y girando enérgicamente su cuerpo hacia mí, me comentó:
—Vaya, vaya. Así que ya eres todo un ingeniero informático, como mi buena amiga Julia.
—Sí. Me acabo de graduar en la Politécnica de Barcelona, y ahora le estoy dando vueltas a la cabeza a algunas ideas. No tengo muy claro aún qué hacer. Me parecía que lo tenía claro hasta ayer, pero algunos sucesos imprevistos y ciertas reflexiones me han empujado a desechar un viaje hasta la Universidad de Stanford para realizar un posgrado.
—¡Stanford, gran universidad, sí señor! —exclamó, tocando su barbilla con su mano derecha, de un modo algo impostado.
—¿Conoces esta universidad californiana, Mari-Luz?
-Sí, claro. He estado allí en varias ocasiones, invitada por tu abuela Julia. Es que, como bien sabrás, tu abuela Julia trabajó para esta prestigiosa universidad en calidad de investigadora, auspiciada -nada menos- que por el Gobierno de los Estados Unidos de América.
—Sí, esto lo he sabido recientemente.
—Como te he comentado estuve allí en varias ocasiones. Conocí a otros investigadores amigos de tu abuela Julia. Con alguno de ellos sigo manteniendo muy buenas relaciones. Por supuesto, ya están jubilados, como yo, aunque siguen relacionados de un modo u otro con este centro universitario. Así que, si finalmente te decides a ir, yo podría ponerte en contacto con ellos. Creo que podrían facilitarte mucho las cosas.
—Se lo agradezco mucho, Mari-Luz, pero como te acabo de comentar lo he desechado.
—¿Por qué?
—Porque me he dado cuenta de que era una completa locura. Una idea basada en intuiciones, sueños, señales y serendipias y demás mandangas; vamos, fantasías sin ningún fundamento real.
—Bueno, en realidad la vida está hecha de sueños. ¿Has escuchado alguna vez la frase de Walt Disney: “¿Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”?
—Sí. Esto es verdad. Precisamente ayer mismo la escuché a mi madre.
-Pues entonces tu madre debe ser muy sabia.
-Lo es. Ha estudiado filosofía.
En esto sonó inopinadamente una llamada en mi móvil. Era el de Paula.
—Disculpa, Mari-Luz, es que debo atender esta llamada.
Mari-Luz me hizo un gesto de asentimiento para que atendiera con toda libertad la llamada.
—¡Hola, Paula! ¡Qué sorpresa! Llevo toda la mañana pensando en ti. Tenía la intención de llamarte en un ratito. Creo que hemos tenido una transmisión de pensamientos. ¿Qué tal estás tú?
—Muy bien. Creo que lo pasamos muy bien los dos ayer —me comentó con una voz dulce y serena.
—Sí. Fue genial. Oye, mira, es que en estos momentos estoy en el paseo marítimo charlando con una persona muy interesante. ¿Te parece que te llame en un ratito?
—¡Claro! Espero tu llamada. Yo estoy en la tienda, pero de momento la cosa está tranquila. Llámame cuando quieras.
Finalizada la conversación con mi amada Valeria, reanudé la que había interrumpido abruptamente con la misteriosa María-Luz.
—Disculpa, Mari-Luz, es que tenía que atender la llamada de una buena amiga. Te tengo que dejar, y mira que lo siento, porque nuestra conversación era de lo más interesante; además, hay tantas cosas que se nos han quedado en el tintero por desarrollar… Bueno, espero que nos volvamos a ver pronto.
—Dalo por hecho, Abo. Será para mí un placer seguir conversando de estos y de cualesquiera otros temas que desees que hablemos. Así que, venga, precioso, hazme una llamada perdida a mi teléfono.
—Sí, claro. Ahí va.
Cuando ambos guardamos nuestros respectivos números telefónicos en nuestras agendas, nos dispusimos para la despedida. Me sorprendió sobremanera cómo Mari-Luz se manejaba tan bien con las nuevas tecnologías. ¡Esta mujer es tremenda, toda una caja de sorpresas! Cuánto sentía que nuestra conversación se hubiera tenido que interrumpir en lo mejor, pero es que a estas alturas de la película de mi vida ya voy comprendiendo lo que tantas veces me ha venido diciendo mi querida mamá: que todo a su debido tiempo.
—De todos modos, yo suelo pasear todos los días por aquí. Es que, sabes, vivo muy cerca de estos lares, en un apartamento —me comentó Mari-Luz a modo de despedida.
—A mí también me gusta pasear por esta zona, así que ya nos veremos. Y, nada, que ha sido un gran placer para mí conocerte. Siento la interrupción, pero ya ves, Mari-Luz, lo urgente a veces se impone ante lo importante.
—No te preocupes, Abo. Seguro que nos volveremos a ver pronto. Que pases un buen día. Y ya sabes cómo localizarme.
—Sí, por supuesto. Gracias por todo. Hasta siempre, Mari-Luz.
—¡Eh, guapetón, que no puedes irte sin que te dé un besazo!
—Claro, Mari-Luz.
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