Por segundo año consecutivo, Salamanca ha homenajeado con el evento SALAMANCA, POR CAJAL Y LA CIENCIA, celebrado el pasado 25 de marzo, a Don Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia y uno de los grandes científicos de todos los tiempos. José Francisco Adserias Vistué, uno de los impulsores y organizadores de este transcendental acontecimiento científico, declaró en una entrevista radiofónica previa que:
«¡Es espectacular! Tengo 50 años y cuatro hijos ─los sabios griegos decían que hasta esta edad nadie tiene capacidad de juicio─ buscaba referentes para orientarme y tuve que irme hasta el siglo XIX para encontrar una estrella, una guía, un faro, un sabio: Don Santiago Ramón y Cajal».

Y es que, ciertamente, don Santiago Ramón y Cajal no solo fue uno de los grandes científicos de todos los tiempos, sino también un hombre de profunda humanidad. Su calidad humana se reflejaba en su humildad, su tenacidad y su pasión por el conocimiento. A pesar de alcanzar la cima de la neurociencia con el Premio Nobel, nunca perdió de vista sus orígenes modestos ni el valor del esfuerzo personal.

Hoy sabemos que don Santiago era un hombre con una enorme capacidad de trabajo, autodidacta en muchos aspectos y convencido de que el talento solo se desarrolla con disciplina y perseverancia. En sus escritos, insistía en que la inteligencia no es un don innato —«Todo hombre puede ser, si se lo propone, el escultor de su propio cerebro»─, sino el fruto del esfuerzo y la dedicación, una lección que transmitió con generosidad a sus alumnos y seguidores. Y, ahora, para todos nosotros, supone, como ha afirmado certeramente, José Adserias, una estrella, una guía, un faro, un sabio.
Don Santiago también tenía un gran sentido del deber y del patriotismo, lo que lo llevó a trabajar sin descanso por el desarrollo de la ciencia y la modernización de España, bajo la guía del respeto por la verdad científica, la creatividad y el pensamiento independiente. Además, poseía una vena artística y literaria que le permitía expresar sus ideas con claridad y belleza, algo, por cierto, poco común en el ámbito científico.
Se puede decir alto y claro: Don Santiago Ramón y Cajal fue un hombre íntegro, con una visión que trascendía su tiempo, un excelente ejemplo de cómo la grandeza científica puede ir acompañada de una profunda calidad humana.

Durante un receso de este intenso evento en el que participaron unos 30 ponentes de diferentes especialidades, tuve el privilegio de saludar e intercambiar brevemente algunas palabras con doña María Urioste Ramón y Cajal, biznieta de nuestro gran sabio universal. Al comentarle que yo había participado el año pasado con la ponencia “Cajal y Cervantes” y que era un apasionado por el estudio de la sabiduría y erudición que con tiene El Quijote, la obra cumbre de la literatura española y, quizás también, del pensamiento humano, me dijo con orgullo: «¡Es que mi bisabuelo era un Quijote!»
Sí, yo lo creo también: ¡Don Santiago fue un Quijote! Por su carácter y su manera de enfrentar la vida y la ciencia. Por su idealismo y su capacidad para luchar contra viento y marea. Por su rebeldía contra las ideas dominantes de su época. Por su tenacidad y sacrificio personal. Por su creencia en la autodisciplina y el esfuerzo. Por su imaginación y pasión por lo artístico. Evidentemente, en lugar de lanza y escudo, empuñó el microscopio y la pluma, librando importantes batallas que terminaron por cambiar el rumbo de la ciencia.
Les confieso que siempre he sentido una enorme admiración por este gran hombre y científico irrepetible. Fue un adelantado a su tiempo que concibió la medicina de un modo multidisciplinar, sirviéndose de herramientas analíticas de la genética y la genómica, la biología molecular y celular, la anatomía y la fisiología de los aparatos y sistemas, la filosofía, la biología conductual y la psicología.

En nuestro actual tiempo convulso y de enormes incertidumbres, Don Santiago Ramón y Cajal ocupa un lugar fundamental en la historia de la sabiduría humana, comparable al de los grandes pensadores y científicos que han transformado nuestra comprensión del mundo. Su legado va más allá de la neurociencia. Don Santiago encarna la figura del sabio en el sentido renacentista: fue un científico autodidacta, un artista del microscopio, un pensador que exploró los límites del conocimiento y un escritor que supo comunicar su saber con claridad y pasión. Su obra Reglas y consejos sobre investigación científica sigue siendo una guía para cualquier investigador, pues no solo ofrece métodos, sino una filosofía del esfuerzo, la curiosidad y la perseverancia.
Además, su gigantesco legado resuena en campos como la inteligencia artificial y la cibernética. Y es que, su visión de las neuronas como unidades independientes con conexiones específicas anticipó el funcionamiento de las redes neuronales artificiales modernas. Una base sobre la que su discípulo, Rafael Lorente de Nó, pudo establecer puentes entre la neurociencia y la computación.
Ana Caro Muñoz ─Directora de Coordinación de Proyectos, Patrimonio, Prevención y Salud Laborales de la Universidad Autónoma de Madrid─ en su ponencia “Cajal y el Spain Neurotech”, resaltó una frase de don Santiago de un valor incalculable para los tiempos de hoy y de mañana:
«En la máquina social hay que ser motor, no rueda, personalidad, no persona».

Con esta frase, don Santiago Ramón y Cajal quiso expresar su visión sobre el papel activo que cada individuo debe asumir en la sociedad.
Al referirse a “máquina social», quiso decirnos que la sociedad funciona como un engranaje donde cada elemento cumple una función específica, en la que el individuo debe representar un papel protagonista y dinámico.
Ser «motor» en lugar de «rueda» implica tomar la iniciativa, impulsar cambios y no limitarse a seguir el movimiento de otros. La «personalidad», en contraste con la «persona», representa una identidad marcada por la originalidad, la determinación y el pensamiento propio.
Se trata, pues, de una idea que resuena con su propia trayectoria, en la que no se conformó con seguir caminos preestablecidos, sino que desafió dogmas científicos y abrió nuevas sendas en la neurociencia.
Su ejemplo de vida es una invitación a la libertad, la creatividad, la autonomía, el espíritu crítico y la transformación positiva del mundo.

En definitiva, don Santiago Ramón y Cajal no solo descifró la estructura del cerebro humano, sino que también sentó las bases de una nueva manera de comprender la vida, convirtiéndose en un faro del conocimiento y la sabiduría.
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¡Espectacular!
Enhorabuena, Jose. Y muy bien dicho lo que has escrito. Si se logra lo que queda (¡ya se ha logrado mucho!) tienes una gran parte del mérito.
Un abrazo,
Rafael