Carlos de Tomás

La sombra de las sabinas. Palabra desnuda

Novela de difícil encuadramiento, toma prestado la pérdida del tabú de las novelas chick lit, sin llegar a ser una novela erótica, y se configura como una obra con distintos niveles de lectura; desde el relato romántico que recae en algunos personajes, la denuncia de prácticas sociales reprobables, la moral y las perversiones humanas, todo ello en un marco atemporal y de una ubicación dudosa y ambigua. Y sin dudarlo, definir La sombra de las sabinas como una novela polémica del tipo Lolita de Nabocov pero con mayor carga existencial y descriptiva. Al enfrentarnos a una novela de este escritor murciano que nadie piense en encontrar un reflejo de la sociedad española actual, Micol transciende en ofrecernos la mirada que fotografía con elegancia la universal sociedad occidental; un arquetipo de decadencia y angustia que nos hace creer sin salida, y con un componente audaz para intentar escandalizarnos ―a buen seguro que lo conseguirá en bastantes lectores―.

la-sombra-de-las-sabinas-600Los mismos acontecimientos narrados podrían ocurrir en Estados Unidos, en Alemania o incluso en Argentina, y para ello favorece el lenguaje más algunas parcelas de vocabulario que sestean en la narrativa hispanoamericana. Pero, esto último como mera pirueta que le viene bien al autor para deslocalizar la acción, pues el planteamiento en fondo y forma de la obra nos traslada más de cerca a la narrativa alemana, acaso Hermann Hesse o a escritores que investigando la verdadera esencia del hombre lo sitúan en entornos sociales y paisajísticos sin carga de identificación real o típica.

Montemayor, la ciudad por antonomasia es su propio universo, con sus barrios, su moneda, su entorno geográfico, en un país sin nombre al que sus relaciones con un extranjero inventado y limítrofe denomina Sterna. Pura anécdota para que todos acabemos pensando que estamos en España, que es nuestra sociedad hipócrita y ñoña donde priman con demasiado exceso los negocios turbios y donde muchos individuos tienen un pasado oscuro y tal vez deseen huir… de ellos mismos.

Lo que flota en el ambiente es el drama como expresión inexorable del entorno (en este sentido la definición está representada en un pasaje con un niño moribundo en la consulta del médico-boticario, su madre y el alcalde de la pequeña aldea). En ese ambiente a veces onírico y atemporal, cercano al último cuarto del siglo pasado, la palabra clave es pesimismo pero sin que ese estado aplaste la novela, es el pesimismo en el que se sumergieron Schopenhauer o Nietzsche, que dignificaron para la literatura Tolstoi, Borges o Pío Baroja entre otros muchos.

En ese fondo tocamos directamente lo existencial, y al igual que en las obras de Dostoievski, los personajes dan rienda suelta a sus pasiones sin contemplar las consecuencias, acaso intentándose justificar poniendo el acento en el carpe diem. No hay arrepentimiento, ni autocrítica, simplemente intentos de explicar su existencia.

Micol, se despega del posmodernismo y se presta a disparar al lector con un discurso ideológico en la estética, que es apuntar a donde más duele lo cual es siempre de agradecer. Recordemos que antes de la novela experimentalista que nació a principios de los sesenta del pasado siglo se había impuesto una novela social de la que todos hemos mamado en España hasta los años noventa; pero esa novela era realista y crítica con el entorno, muy discursiva y mordaz en algunos casos. La posmodernidad lamió el contenido y la forma. Micol critica pero no desde dentro, lo hace con el componente artístico, utiliza más descripciones, la narrativa como vela al viento para dejarnos llevar por el entorno, parte importantísima donde los personajes toman sentido; todo realizado de forma magistral.

Mucho se puede decir de esta gran novela, pero para que la exposición deje de ser en cierto modo críptica para el que no la haya leído, ahí va la sinopsis:

La familia Dólera escapa de la ciudad para emprender sus vacaciones estivales. Atrás quedan los ánimos, las inquietudes calladas, ilusiones carentes de fundamento y muchas esperanzas que se verán aplazadas durante cuatro largos meses. Se imponen la misión de adquirir una segunda vivienda como símbolo de bienestar y para el descanso en temporadas. Emprenden un viaje interminable que les lleva hasta un poblacho casi irreal. El alcalde les ofrece una vivienda en venta, y así comienza una extraña aventura veraniega como prólogo al conocimiento que tendrá el lector del universo de los Dólera, mientras interactúan con la población autóctona representada por unos seres que apenas sobreviven tal vez sin saberlo. La confluencia de ambos mundos, el que los Dólera simbolizan y el hallado en un contexto primitivo, se inicia con las primeras amistades que viran en torno a la hacienda recién adquirida. Así transcurre un tiempo que no miden los relojes.

Francisco F. MicolAnte esta premisa, añadir la coralidad de la obra, con más de una quincena de protagonistas que toman preponderancia según en qué fase de la narración, todos importantes para ir despejando el camino que llevará a un final que es como un comienzo, la construcción de un bucle que nos afirma que la vida es la vida y nada ni nadie va a venir a cambiar nada, lo que no nos guste o nos incomode habrá que ocultarlo. Por eso, en varios capítulos Micol cambia al narrador, se desboca en primera persona, habla uno de sus personajes para emitir el verdadero juicio al que no se atreve el propio discurso, Somos hijos de la ira dice el hijo pequeño de los Dólera, y como el entorno veraniego no les satisface (a excepción de sus escarceos amatorios) se apoyan en la mentira como elemento para avanzar ¿qué es sino la hipocresía? Te quiero, pero no es verdad. La generación más joven, los hijos de Dólera, sus amigos y amigas, están instalados en la cobardía, exentos de ira, a la que se refiere precisamente el filósofo alemán  Peter Sloterdijk en su reciente obra Ira y tiempo, ensayo psicopolítico, en la que señala que sin ira Europa está abocada a la laxitud y autodestrucción.

Otros personajes importantes de La Sombra de las sabinas introducen elementos desestabilizadores, intentando favorecer las pasiones más deplorables del individuo. Caso de Brummel, personaje cuya bonhomía esconde al verdadero monstruo. Le pasaba a los grandes sátrapas como Stalin, Mussolini, etc. En las distancias cortas eran verdaderos corderitos. Brummel no construirá un Balneario sino que intentará levantar una casa de lenocinio. Y en casi todos los casos, los protagonistas acaban resignados a la tragedia, al dolor y a los hechos consumados, aceptar el drama como parte inexorable de la vida. Los numerosos personajes colaterales son deliciosos, por su ambigüedad, misterio y rareza, lo que otorga a la historia narrada un carácter de completa, la hacen redonda. Y en este universo acaso maldito ¿vencerá el amor o el desamor? Eso lo dejo a los futuros lectores. Lo mejor de esta novela es ―después de 450 páginas de abigarrada lectura― que no tienes ganas de que se acabe. Y para muestra de que escribir es un arte, que la mayoría de los escritores son junta letras, que novelas como esta hay pocas y que a D. Francisco F. Micol le tienen un asiento reservado en el Olimpo; sirva el arranque del capítulo XXI:

La lancha arrimó al embarcadero cerca del medio día. Tres veces por semana llegaba desde Torre Aguas hasta la dársena junto al fondeadero, como una tienda ambulante sobre el agua, esparciendo nubes grasientas de gasoil en su trayectoria, atrayendo a hombres y mujeres que se acercaban al río para comprar herramientas, víveres, ropa, jabón de baño, perfumes, calzados, medias, hilo y agujas, dedales y objetos que ellas adquirían más como capricho que por necesidad.

Agrupadas junto a las farolas que chirriaban con el viento, que no resistirían otro invierno más, sujetándose los vestidos, las capazas colgando de un brazo, con pañuelos sobre la cabeza, esperando el turno para comprar, ir escuchando la mercadería ofrecida, preguntar precios, revisar los billetes apelotonados junto a monedas para ver si alcanzaba, si les iba a ser posible comprar un frasco de colonia, un pañuelo, unos zapatos lindos.

Anselmo el lanchero, un hombre rengo que había sido pescador, que se refugió entre aquellas chacras y muladares cuando el poblado aún era próspero y se podía vivir de los huertos y la pesca. Él traía recuerdos, renovaba los que yacían, siempre gastados, siempre ruinosos, entre sabinas y tilos, algunos galpones ya derrumbados, otros que fueron padeciendo el abandono, la fuga de sus dueños. Regalaba toallas, pañuelos, peines, frascos de colonia, a cambio de vender tres mantas, unos zapatos, sartenes, ollas, peroles, cazos, jabones y estropajos, todo lo que él traía y no podían comprar en aquello que moría cada semana, cada mes, cada año. Comparaba, después de cada viaje, luego de ajustar las cuentas sobre ventas y beneficios, lo que había conocido, el sendero de hembras yendo y viniendo a los campos, detrás de los maridos, tironeando de los hijos, camino de los huertos, de las tierras donde habían sembrado hortalizas, donde habían árboles para regar; podía evocar, también, a los sembradores de maíz, cebada, avena y trigo, los mismos que recolectaban el grano y lo aventaban, recordando aquella actividad rural y pesquera con la subsistencia que encontraba cinco o siete años después, la decrepitud de las mujeres, de los hombres, los chiquilines que huían de allí en busca de un sueldo, una casa, una familia. Sentía, como se siente la pérdida de un hijo, haber dejado aquel poblado, haberse ido para regresar lunes, miércoles y viernes durante no más de dos horas, ver las caras envejecer, oír las noticias inertes sobre novedades cotidianas, saber quién había muerto, quién iba a morir, calculando cuánto tiempo sobrevivirían en aquel terreno sin nombre, entre los juníperos y las sabinas, los tilos, los yuyos, la vegetación que iba reconquistando su tiempo y su terreno, adueñándose del poblado y ocupándolo día a día, mes a mes, año tras año.

Cuando él decidió hacerse con una lancha ―una chalupa vieja, calafateada, dispuesta con cuatro palos y una lona como toldo― y destinar su actividad al acarreo de mercancías diversas desde Puerto Llano, Mantellosa, más tarde desde Torre Aguas, ya no era posible echar las redes en el estuario, conseguir catorce, doce botas de arenques, llegar al amanecer y aguardar a los asentadores para el trato, la compra de la pesca, la misma que iban a vender dos horas después allí mismo, trayendo una tabla sobre dos banquillos, un peso embustero que robaba cien gramos, levantando los pescados de la cola para exhibirlos, asegurando la calidad que todas reconocían, que cualquiera de ellas sabía reconocer desde siempre. Nunca hubo un comercio en aquella región, en aquel pueblo, caserío o aldea, jamás fue posible comprar un vestido, unos zapatos, una camisa, ninguna otra cosa que no fueran carnes, de caprino, ovino, vacuno, pollos, cerdos, conejos, siempre criadas en las chacras, y las verduras, hortalizas, frutas diversas cultivadas en terrenos apropiados por cada familia, delimitados por estacas y alambres, y el pescado, entrando río arriba cada mañana antes del amanecer.

Encontró, éste hombre, un medio más afortunado de vivir, de ganarse la vida. Compraba mercancía en los pueblos que el río circundaba; no iba a renunciar a  transportar el género en una barca. Renegó de cualquier camión, de alguna furgoneta, temiendo que la lluvia pudiera impedir cualquier invierno, cualquier otoño, cruzar los caminos de fango, clavarse allí, arruinar su carga, perderla, no poderla vender. El río siempre era seguro, con su caudal variable, y aquella embarcación aguantaba tormentas y vientos, el calor de los estíos, las variaciones climatológicas de cada estación del año, viendo descender su clientela tras cada regreso, sabiendo que su oficio no duraría demasiado.

Formando un corro, doce mujeres con sus hijos aguardaban al lanchero; veían la estela en el agua, miraban la carga, conocían al hombre recio, ya sesentón, con el bigote pelirrojo, el recuerdo hirsuto de su pasado como pescador. Aguardaban el arribo de la lancha haciendo comentarios; muchas sólo allí se veían, allí, en la dársena se conocieron. Eran la clientela del nómada río arriba tres veces por semana, trayendo ropa y calzado, textiles de Mantellosa, herramientas, semillas, aperos, enseres de Puerto Llano. Velaban por él, algunas, en sus burdas oraciones. «Que no nos falte Anselmo, Madre de Dios, vela por él y por nosotras», podían confiar en los encargos, vestidos, faldas, zapatos, pañuelos, medias; no recelaban de aquella honestidad cumplida en los siete años. Algunas le conocieron como pescador, habían ido a su choza, tenían amistad con su mujer, hoy destinada a sus labores como ama de casa en Puerto Llano, conocían al hombre e incluso a la familia, preguntaban por sus dos hijos, ya casados, se interesaban, recordándolo, por él.

―Mujeres ―dijo Anselmo arrojando dos cuerdas a los pies de las hembras, de los chiquillos que se alborotaban con su presencia; era la bienvenida, el saludo, la alegría de volverlo a ver―. Amarrad eso por ahí. Vamos a ver. ¿Todo bien?

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