Amor por leer

Los escritores tienen su corazoncito, señor editor

libros-sin-leerCuando un escritor novel somete su novela al juicio de la editorial para su posible publicación se siente como el adolescente que declara su amor por primera vez a una dama deseada.

Es cierto que a veces el idilio o flechazo entre autor y editor es instantáneo pero no es lo normal. Suele tropezarse, en el mejor de los casos, con una mirada de desdén y en el peor con un rechazo a bocajarro.

Pero al igual que en las cuitas de amor, el escritor no debe jamás desesperarse ni arrojar los bártulos de escritura al trastero, ni sentir quebrarse su autoestima. Más bien, debe seguir el consejo de Zaratustra: “lo que no nos mata, nos hace mas fuertes”. O el de Cela: “El que resiste, gana”. Si a Bob Dylan le dieron el Nobel de Literatura, quizá poniéndole música a nuestro texto, obtengamos el Grammy.

Lo comento porque la novela primeriza enviada a la esfinge que es la gran editorial puede ser objeto de diverso trato o fortuna, que generalmente no depende de la calidad objetiva de la obra.

  • El amontonamiento con los restantes manuscritos esperando como Lázaro un “levántate y anda”, situación debida a la austeridad presupuestaria editorial de manera que “muchos son los llamados y pocos los elegidos”.
  • El juicio precipitado por la portada y encuadernación que supone juzgar un Ferrari por el color de la carrocería.
  • La lectura de las primeras veinte líneas que no enganchan, hacen reír o reflexionar, pues difícil es acertar a acompasar ese arranque de genialidad con el concreto estado de ánimo del crítico lector.
  • El examen de tinte economicista, teniendo en cuenta el peso, la fuerza comercial del título y el aroma del texto por hojeo, si se ajusta al gusto de masas (ya sea la casquería, morbo o ligerezas similares), pues no hay que olvidar que sexo, chismes y frivolidad son buenos anzuelos actuales para el éxito.
  • La lectura cansina por un consultor de la editorial que cobra a destajo por línea trabajada, quien siempre quiso ser escritor y que se aferra a la primera errata gramatical o tropiezo de sintaxis para fulminar al criminal.

Junto a ese campo de minas, es cierto que la buena literatura puede abrirse paso si tropieza con los ojos adecuados y con la atención respetuosa. Pero lo importante es tener claro que en toda apuesta editorial “ni son todos los que están, ni son todos los que son”.

Lo que desde luego es meritorio, se mire como se mire, es el acto de creación de una novela. Un universo salido de la mente y pluma. Solo eso, ya justifica la sonrisa de su autor, el reposo satisfecho y como no, el mínimo respeto de los críticos que tanto creen saber pero tan poca empatía demuestran.

libros sin.jpgDe ahí que siempre es deseable que las editoriales respeten el trabajo del escritor y olviden las rituarias frases (“Pese al interés de su obra, no encaja en nuestra línea editorial” o similares, que más bien parece un aburrido microcuento de terror), pues poco cuesta dedicar alguna línea aunque sea feroz pero que demuestre que se han leído un puñado de páginas de la obra. Al menos que sea una frase imaginativa y personalizada, que los rechazos envueltos en el celofán de suaves palabras son menos rechazo.

No puedo menos de citar a Enrique Vila-Matas que hace unos días mostraba en un artículo en el diario El País la llamativa respuesta que un joven escritor canadiense recibió de una revista científica de Shanghái:

Estimado señor, hemos leído con indescriptible entusiasmo su manuscrito. Si lo editamos, será imposible para nosotros publicar cualquier trabajo de menor nivel. Y como es impensable que en los próximos mil años veamos algo que supere al suyo, nos vemos obligados, para nuestra desgracia, a devolverle su divina composición, y a rogarle mil veces que pase por alto nuestra miopía y timidez.

En fin, que ni tanto ni tan calvo. Todos tenemos nuestro corazoncito. Y para consolarnos recordemos los sonados errores de críticos y editoriales que no olfatearon auténticos bestseller.

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