Amor por leer

Robar un libro. O así

Mentiría si dijera que nunca he leído un libro sacado de la librería de otra persona. Pero tampoco diría la verdad si negara que siempre lo hice sin que su legítimo dueño supiera que se lo había tomado prestado. O robado, o hurtado según los más puristas, debería decir. Lo cierto es que sólo quien ha vivido esta experiencia sabe bien de lo que hablo, es una pulsión atávica, lo ves, alargas el brazo hasta la estantería cuando no mira nadie, y vuelves a retocarla para cubrir el hueco moviendo los demás libros para que no se note la falta. Y de ahí al bolsillo interior de la americana, luego se disimula sonriendo y todo habrá pasado antes de que el infeliz despojado se dé cuenta. Cualquiera que haya pasado por semejante trance sabe que jamás volverá a (h)ojear el libro robado, pues eso le llevaría a preguntarse por qué lo ha hecho y enloquecería antes de tiempo tratando de encontrar una pregunta adecuada a su respuesta. No, estas cosas se hacen porque sí, igual que todo aquello que jamás podremos olvidar por mucho que no lo intentemos.

Más tarde, cuando regresamos a casa, colocamos el libro arrebatado, ¡cómo olvidarlo!, horizontalmente en el zulo que hemos de hacer deprisa y casi corriendo, como las tumbas de esas personas que atropellamos sin querer por las noches en las carreteras comarcales, ahí donde le echaremos un postrer vistazo sabedores de que será el último. Siempre sabremos que está ahí, en ese pudridero de libros robados, pero no lo miraremos más a los ojos de las tapas porque la vergüenza nos puede. Ni lo leeremos, ¡por supuesto que no!, hacerlo sería igual que utilizar el mismo plato que acababa de utilizar otra persona para comer sin limpiarlo antes.

librosLos libros no se roban para ser leídos, sino para excitarnos robándolos. En efecto, aguardamos pacientes mientras leemos plácidamente una novela en nuestro sillón preferido, a que venga de visita a nuestra casa su dueño más o menos legítimo. Le hacemos pasar y le agasajamos con lujos asiáticos, le abriremos nuestro corazón y nuestra nevera, nuestra alma y nuestro baño, pero callaremos acerca de que uno de los libros de la estantería que tiene a sus espaldas de cornúpeta literario es en realidad suyo. Le miraremos frente a frente mientras, tras él, vemos el ominoso ejemplar. Miras al hombre, luego al libro, y sonríes como si fuera la primera vez. Es en ese momento cuando las manos empiezan a sudar y la boca se nos seca mientras cavilamos acerca de cuán sabia es la naturaleza porque por la boca no se suda.

-¿Me estás escuchando?

Es la voz del invitado que nos interpela cuando la conciencia del crimen despierta al subconsciente y nos hace conscientes de la inconsciencia cometida. Es entonces cuando el cuerpo se nos agarrota y ya no responde como antes, los ojos comienzan a rebelarse mientras una y otra vez se posan a pesar de nuestra resistencia en el ejemplar proscrito que asoma detrás de nuestro amigo.

-Sí, te escucho, es que (es que: expresión que nos delata) me estaba acordando de otra cosa.

Lo cual es cierto y falso al mismo tiempo, pues a tal grado de degradación intelectual somos capaces de llegar en semejantes situaciones.

Es en este punto cuando comprendemos la verdad última de lo primero que hicimos antes, cuando se cae la persona que cabalgaba encima de nuestro lomo equino, cuando nos entra esa otra cosa, ese nervio ansioso que nos lleva a refregarnos las manos en los muslos por pura angustia, cuando el cielo del paladar se nos nubla y la sonrisa pueril de antes se torna ahora en gótica temprana. El invitado nos mira como sabe que no queremos que nos mire diciéndonos sin palabras que lo sabe, pero ni siquiera entonces nos atrevemos a preguntar qué es lo que sabe porque ya lo sabemos: lo sabe todo….

De nada servirán nuestras tretas de siempre para abortar la visita y desembarazarnos del invitado, tan eficaces cuando no deben serlo:

-¡Bueno! ¡Qué bien lo estamos pasando!,- le decimos ladinos-. Pero no quiero robarte más tiempo, seguro que tienes cosas que hacer.

-No.

Estaba cantado, ya no hay marcha adelante.

Y al echarse hacia atrás en el sillón cruzando doloso las piernas, nuestro amigo provoca que el libro, el suyo, el robado, parezca levitar sobre su tupé. A su lado, en otra mesita, se encuentra el libro que estábamos leyendo cuando vino a vernos. De alguna manera parecen estar comunicándose ambos volúmenes, pero nunca debemos fiarnos de las apariencias cuando todo es lo que parece. Acorralado por la sonrisa de nuestro amigo, tan dulce como implacable, recordamos a Poe y a su cadáver emparedado, y la luz se licua hasta desaparecer. El libro parece latir, palpitar, podemos escucharlo como si fuera el mismo Poe, siempre Poe. Y nos creemos preparados para soportar aquel martirio, creemos que ninguna narración extraordinario podrá acabar con nosotros y que sabemos cómo vencer aquel acoso. Pero nunca contamos con la pregunta que entonces lanza mi amigo:

-No te lo vas a creer. ¿Sabes qué me ha ocurrido hoy?

Y con crispante meticulosidad me cuenta una historia absurda y delirante, la misma que con algo más de detalle se narra en el libro, su libro que ahora es mío, el que yace arrebatado sobre su cabeza. No cabe la más mínima duda en aquella pequeña habitación, mi amigo sabía que le he robado su libro y me aprieta el alma tratando de exprimir mi confesión. Debía mantenerme fuerte, agarrado a una roca en aquel mal tempestuoso de crímenes en zapatillas de estar por casa. Decido cerrar los ojos y aguantar el resto de su historia.

Cuando vuelvo a abrirlos descubro que todo sigue como antes. La desazón ha terminado y mi invitado, en pie, anuncia su marcha. Fue un rival duro, lo reconozco, un enemigo digno pero creo que al cabo, en general, logré ganarle a los puntos suspensivos.

En la puerta nos damos la mano y hablamos de las cosas habituales y estúpidas pensadas durante siglos para este tipo de despedidas, hasta que al fin se marcha.

Al entrar en casa grité dos veces. La primera fue de rabia por todo lo ocurrido, satisfecho y pletórico.

La segunda, al descubrir que me había birlado la novela que estaba leyendo cuando llegó.

Iván Robledo

 

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