A la segunda van los vencidos

Definitivamente la Humanidad está mal planteada, si usted se fija bien. Porque veamos, del mismo modo que existe cierta conformidad en la comunidad científica a la hora de datar, milenio arriba milenio abajo, tanto la fecha como el lugar en el que pudo originarse la escritura, no tenemos ningún estudio que nos permita hacernos una idea acerca de cuándo aprendió a leer el ser humano. Y esta realidad, que puede parecernos intrascendente, guarda en su interior la clave de lo que somos si sabemos leer entrelíneas.  Sigue leyendo A la segunda van los vencidos

Ese niño de todas las fotos

Es el niño que siempre ha estado ahí, a nuestro lado, acompañándonos en los instantes más importantes de nuestra vida, esos que caben en la cuadratura del círculo que conocemos con el nombre de fotografías. Porque sí, hay quien piensa que las fotografías son los recibos de los momentos vividos, el resguardo de haberlos protagonizado. Esas fotografías que retratan nuestra vida en negro y blanco o a color son el pasaporte sellado de toda una existencia. Tal vez por eso ya no es estilan, como los jazmines o los ojales, y ahora las fotos se hacen con teléfono y siempre parecen la misma foto: gente mirando un teléfono. Da igual el momento, sea un bautizo o un duelo de tercera, ahora la gente es toda la misma en todas las fotos, la mitad con la cabeza agachada mirando el cacharro, la otra mitad con el teléfono fotografiando a esos otros, y luego se turnan. Antes no, antes todo era tan épico que se necesitaba una familia entera para poder posar delante de la cámara. Eran los días en que había tan poco que celebrar que la cosa siempre acababa en foto. Tal vez porque nunca como antes, por no tener, ni teníamos nada que perder.

Ese nño de la foto

Un día, sin embargo, repasando aquellas fotos mecidas por el tiempo vemos que con casi todas ellas ocurre algo. La vista, distraída por momentos, se nos posa como sin querer aquí y allá, revisamos las fotos de nuevo y vuelve a suceder, cada vez con más frecuencia, cada vez con mayor intensidad. Desde las más antiguas hasta las actuales. Entonces volvemos a las primeras y prestamos más atención. No, no nos equivocamos. Ahí está ese niño. Seguimos y de nuevo nos lo encontramos en retratos alternos o seguidos. Es un niño que no conocemos pero que se nos cuela en cada foto. Alarmados nos levantamos y preguntamos a cualquiera que tengamos cerca:

– ¿Quién es este niño?

– No sé, el sobrino de alguien posiblemente.

Sabemos que no, los sobrinos de alguien siempre son de otra manera, y este parece distinto. Decidimos que lo mejor será seguir preguntando, pero la respuesta es siempre la misma.

– ¿Ese niño? Pues no sé. Tal vez sea….

Unas veces puede ser el amigo de un primo, o incluso ese mismo primo cuya existencia solo conocemos de oídas. O el hijo del señor de la taberna, que ese día no tenía colegio. O el sobrino del señor cura, ese que celebró la comunión de nuestra vecina y al que todos llaman padre menos, precisamente, su sobrino. O puede que sea un niño perdido, sin más. Pero ninguna de las respuestas nos convence. Porque si repasamos una vez más la colección de fotos comprobamos con cierto repelús que ese niño, el que nadie sabe quién es pero que está en todas las fotos, es siempre el mismo. A pesar del tiempo que separa unas imágenes de otras advertimos sorprendidos que no cambia, siempre aparece con la misma expresión de ojos cansados de tanto posar y una media sonrisa muy fotogénica, con su leve inclinación de torso para dar mejor perfil, comportándose como todo un profesional de los del método.

Y nos mira. Sí, nos mira desde el fondo de aquella foto antigua y combada por los años con la expresión de quien sabe que algún día nos fijaríamos en él como nadie lo ha hecho antes. Lo notamos al verlo y el desasosiego que nos provoca nos lleva a la serenidad que rodea lo inexplicable. El niño que nadie sabe quién es pero que aparece en todas las foto nunca cambia, a veces es alto y otras menudo, rubio o moreno según el día, y en algunas hasta es una niña. Pero al cabo siempre el mismo, de eso estamos seguros.

– ¿Has averiguado ya quién es el niño ese?

Nos preguntan por detrás, a traición. Y respondemos negando desaliñados como si no nos importara saberlo, pero lo hacemos solo para disimular nuestra desazón. En realidad hay algo perversamente bello en ese niño de las fotos que queremos para nosotros solos, el misterio de no tener nada que ocultar, la intriga de esa cierta candidez infantil. Miramos al niño y él nos mira, y entonces comprendemos que siempre estuvo allí para que pudiéramos verlo hoy. Y nos sentimos felices al no comprender nada.

Cuando guardo de nuevo las fotos en las cajas de zapatos, todo parece distinto. Sé que en algún lugar hay un niño que sale en casi todas las fotos, pero que nadie sabe quién es. Quizá ni él mismo lo sepa, pero eso no es un impedimento ni falta que le hace. A partir de entonces, cuando miro las fotos familiares y lo veo en ellas bajo cualquiera de sus apariencias, entiendo que no está para que lo veamos, sino para que él nos vea a nosotros, como un guardián del momento que ilumina el flash de la cámara, para cuidar de esos retratos que en su día tanto supusieron para quienes aparecen en ellos. Y este pensamiento se hace reconfortante en su simpleza.

Todo esto se lo conté cierto día a un amigo, no a cualquiera sino a ese amigo que sabemos que no nos presta atención, por si acaso. Hacerlo, abrirle esta rendija de intimidad, me supo bien, resultó relajante y casi terapéutico. Pero como no hay final feliz sin historia que lo merezca, mientras me llevaba la copa a los labios le pregunté:

– ¿Has escuchado lo que te he contado?

– No, lo siento. Estaba pensando en lo mucho que te pareces a un niño que sale en una foto que le hicieron a mi tía abuela el día que la operaron de la rodilla. Ya sé que no puedes ser, pero es igualito que tú.

Pecados muy originales

Del mismo modo que existe el pecado original, los hay también que son mediocres, tirando a vulgares, pecados poco o nada llamativos en realidad pero que existir, para qué negarlo, existen. Hay algo sin embargo que caracteriza a unos y a otros, algo que comparten todos esos pecados al tener en común que todos nacemos con ellos pero no tenemos conciencia de su existencia hasta que alcanzamos un uso de razón más o menos tangible. Dejando de lado el enojoso asunto del pecado de Eva y Adán, esa otra falta original de la que pretendemos hablar ahora la descubrimos con no poca sorpresa cuando aún somos demasiado tiernos para liarnos a colmillazos, cuando ni apenas nos tenemos de pie en equilibrio. Nos llega, como todo en esta vida, un día cualquiera sin importar siquiera la hora, sin avisar, cuando un señor que no conocemos y que está de visita en casa nos pregunta sonriendo sin motivo aparente:

– Niño, ¿y tú de qué equipo eres?

Ni siquiera sabemos lo que es un equipo, pero por suerte alguien de la familia nos sale al quite por chicuelinas:

– Primero es del Meloncillos (fútbol club, aunque esto último lo descubrimos años más tarde), y después del Barcelona (o del Madrid, que tanto da para lo que nos ocupa ahora).

futbol-1Aclarando por si hiciera falta que el Meloncillos es un equipo de ficción, se trata de esa hora aciaga en la que descubrimos cómo durante toda nuestra corta vida hemos sido, sin saberlo, furibundo seguidor de ese Meloncillos (fútbol club), que resulta ser el pueblo donde nació tu padre, o tu abuelo, y que además tenemos carné de socio que lo acredita, carné de socio número ocho de un total de diecinueve, carné de hincha con todas las de la ley incluida la ley de la botella (ya sabe, el que la tira va a por ella con toda su jurisprudencia), la norma implacable que impera en ese fútbol de barro y pelota descosida.

Saliendo como de alguna nebulosa sideral comenzamos a comprender ciertas cosas a partir de ese día. Por ejemplo, el afán tribal por regalarnos pelotas y balones (que no son lo mismo, como pronto descubrimos), con motivo de cualquier celebración o día señalado porque por desgracia sólo al cabo de muchos años, demasiados como para poder remediarlo, entendemos de una vez por casi todas que esas pelotas y esos balones son solo el remedo celtíbero de las vainas de aquella película de invasores cósmicos que robaban cuerpos. Recuerden, esos que te colocaban cuando dormías una vaina debajo de la cama, en este caso una pelota de fútbol, y te despertabas perteneciendo a un equipo, a una hinchada, a una afición y, si el tiempo es propicio, acabas siendo socio de los de medio día del club y descuento en la verbena de las de recaudar fondos para arreglar los urinarios del ‘estadio’.

Objetiva y culturalmente, ser del Meloncillos (fútbol club) no está mal. Es algo que no tiene mayor importancia si lo pensamos con frialdad glacial, pero tampoco es cosa que convenga airear en demasía por atávicas razones. Tal vez por eso nuestros padres nos asignan otro equipo de mayor enjundia y logros bizarros, esos de los de levantar copas como el Barcelona, o el Madrid, incluso el Bilbao en casas de gran romanticismo. Ser de este otro gran equipo era el que nos permitía ir cada día al colegio y que no nos apedrearan cuando el tema del balón saltaba detrás de cada mata porque siempre había alguien que amaba esos colores como los ama nuestro padre, con devoción filial. Ellos saben que cuando somos todavía niños no lo podemos saber, como tampoco comprendemos eso de la Santísima Trinidad o la factura de la luz, pero sí que con el tiempo nos daremos cuenta de la importancia de ser de un equipo puntero. A nadie en su sano juicio se le ocurriría llegar un lunes a clase y hablar del Meloncillos (fútbol club), sería algo suicida entre infantes que saben rematar de cabeza y de tacón, y el jugarte una colleja por el equipo de un pueblo que ni siquiera sabemos dónde está en un mapa resulta desproporcionado a primera y ulteriores vistas. En cambio, siempre podremos comentar algo del Barcelona, o del Madrid, y hacer gala de la épica de ese gran gol que marcó Fulanito en esforzado escorzo (como dijo un señor en la radio), o la tremenda parada con la puntita de los dedos de Menganito al disparo envenenado (esto otro lo escuchamos en un área de servicio) del rival. Y, si tenemos suerte, incluso nos permitirán jugar el partido de ese día en el recreo aunque no seamos el dueño del balón, ese niño tan torpe que siempre juega a pesar de sus patentes limitaciones atléticas, pues para eso la pelota es suya y lo eligen o no hay partido.

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Descubrir a partir de cierto momento que has nacido siendo forofo de un equipo de fútbol por decisión de tu padre (Progenitor A, por lo general) debiera estar, cuanto menos, regulado por la autoridad. Es más fácil abandonar la casa paterna que el equipo que te endilgan cuando naces, y el horror de descubrir cuando ya estás en edad de merecer un puñado de fotografías tuyas vestido con el uniforme de ese equipo, con piernas de butifarras y pantalón remetido haciendo taleguilla agarrando un balón (¡siempre un balón!) en un costado como la violetera, debiera ser causa de prodigalidad afectiva.

Pero, ¡ay!, bien sabemos que contra la furia de la naturaleza no se puede luchar. Que tu madre te abrigue cuando ella tiene frío o que tu padre te enrole de por vida en su equipo son pecados originales porque ellos, Progenitores A y B siempre serán para nosotros nuestros primeros padres. Lo cual no quita que incluir una casilla, por pequeña que sea, en cada certificado de nacimiento para que el retoño pueda quitar o cambiar el equipo ‘con el que se ve nacido’, a veces se agradecería. O no.

Iván Robledo

Robar un libro. O así

Mentiría si dijera que nunca he leído un libro sacado de la librería de otra persona. Pero tampoco diría la verdad si negara que siempre lo hice sin que su legítimo dueño supiera que se lo había tomado prestado. O robado, o hurtado según los más puristas, debería decir. Lo cierto es que sólo quien ha vivido esta experiencia sabe bien de lo que hablo, es una pulsión atávica, lo ves, alargas el brazo hasta la estantería cuando no mira nadie, y vuelves a retocarla para cubrir el hueco moviendo los demás libros para que no se note la falta. Y de ahí al bolsillo interior de la americana, luego se disimula sonriendo y todo habrá pasado antes de que el infeliz despojado se dé cuenta. Cualquiera que haya pasado por semejante trance sabe que jamás volverá a (h)ojear el libro robado, pues eso le llevaría a preguntarse por qué lo ha hecho y enloquecería antes de tiempo tratando de encontrar una pregunta adecuada a su respuesta. No, estas cosas se hacen porque sí, igual que todo aquello que jamás podremos olvidar por mucho que no lo intentemos.

Más tarde, cuando regresamos a casa, colocamos el libro arrebatado, ¡cómo olvidarlo!, horizontalmente en el zulo que hemos de hacer deprisa y casi corriendo, como las tumbas de esas personas que atropellamos sin querer por las noches en las carreteras comarcales, ahí donde le echaremos un postrer vistazo sabedores de que será el último. Siempre sabremos que está ahí, en ese pudridero de libros robados, pero no lo miraremos más a los ojos de las tapas porque la vergüenza nos puede. Ni lo leeremos, ¡por supuesto que no!, hacerlo sería igual que utilizar el mismo plato que acababa de utilizar otra persona para comer sin limpiarlo antes.

librosLos libros no se roban para ser leídos, sino para excitarnos robándolos. En efecto, aguardamos pacientes mientras leemos plácidamente una novela en nuestro sillón preferido, a que venga de visita a nuestra casa su dueño más o menos legítimo. Le hacemos pasar y le agasajamos con lujos asiáticos, le abriremos nuestro corazón y nuestra nevera, nuestra alma y nuestro baño, pero callaremos acerca de que uno de los libros de la estantería que tiene a sus espaldas de cornúpeta literario es en realidad suyo. Le miraremos frente a frente mientras, tras él, vemos el ominoso ejemplar. Miras al hombre, luego al libro, y sonríes como si fuera la primera vez. Es en ese momento cuando las manos empiezan a sudar y la boca se nos seca mientras cavilamos acerca de cuán sabia es la naturaleza porque por la boca no se suda.

-¿Me estás escuchando?

Es la voz del invitado que nos interpela cuando la conciencia del crimen despierta al subconsciente y nos hace conscientes de la inconsciencia cometida. Es entonces cuando el cuerpo se nos agarrota y ya no responde como antes, los ojos comienzan a rebelarse mientras una y otra vez se posan a pesar de nuestra resistencia en el ejemplar proscrito que asoma detrás de nuestro amigo.

-Sí, te escucho, es que (es que: expresión que nos delata) me estaba acordando de otra cosa.

Lo cual es cierto y falso al mismo tiempo, pues a tal grado de degradación intelectual somos capaces de llegar en semejantes situaciones.

Es en este punto cuando comprendemos la verdad última de lo primero que hicimos antes, cuando se cae la persona que cabalgaba encima de nuestro lomo equino, cuando nos entra esa otra cosa, ese nervio ansioso que nos lleva a refregarnos las manos en los muslos por pura angustia, cuando el cielo del paladar se nos nubla y la sonrisa pueril de antes se torna ahora en gótica temprana. El invitado nos mira como sabe que no queremos que nos mire diciéndonos sin palabras que lo sabe, pero ni siquiera entonces nos atrevemos a preguntar qué es lo que sabe porque ya lo sabemos: lo sabe todo….

De nada servirán nuestras tretas de siempre para abortar la visita y desembarazarnos del invitado, tan eficaces cuando no deben serlo:

-¡Bueno! ¡Qué bien lo estamos pasando!,- le decimos ladinos-. Pero no quiero robarte más tiempo, seguro que tienes cosas que hacer.

-No.

Estaba cantado, ya no hay marcha adelante.

Y al echarse hacia atrás en el sillón cruzando doloso las piernas, nuestro amigo provoca que el libro, el suyo, el robado, parezca levitar sobre su tupé. A su lado, en otra mesita, se encuentra el libro que estábamos leyendo cuando vino a vernos. De alguna manera parecen estar comunicándose ambos volúmenes, pero nunca debemos fiarnos de las apariencias cuando todo es lo que parece. Acorralado por la sonrisa de nuestro amigo, tan dulce como implacable, recordamos a Poe y a su cadáver emparedado, y la luz se licua hasta desaparecer. El libro parece latir, palpitar, podemos escucharlo como si fuera el mismo Poe, siempre Poe. Y nos creemos preparados para soportar aquel martirio, creemos que ninguna narración extraordinario podrá acabar con nosotros y que sabemos cómo vencer aquel acoso. Pero nunca contamos con la pregunta que entonces lanza mi amigo:

-No te lo vas a creer. ¿Sabes qué me ha ocurrido hoy?

Y con crispante meticulosidad me cuenta una historia absurda y delirante, la misma que con algo más de detalle se narra en el libro, su libro que ahora es mío, el que yace arrebatado sobre su cabeza. No cabe la más mínima duda en aquella pequeña habitación, mi amigo sabía que le he robado su libro y me aprieta el alma tratando de exprimir mi confesión. Debía mantenerme fuerte, agarrado a una roca en aquel mal tempestuoso de crímenes en zapatillas de estar por casa. Decido cerrar los ojos y aguantar el resto de su historia.

Cuando vuelvo a abrirlos descubro que todo sigue como antes. La desazón ha terminado y mi invitado, en pie, anuncia su marcha. Fue un rival duro, lo reconozco, un enemigo digno pero creo que al cabo, en general, logré ganarle a los puntos suspensivos.

En la puerta nos damos la mano y hablamos de las cosas habituales y estúpidas pensadas durante siglos para este tipo de despedidas, hasta que al fin se marcha.

Al entrar en casa grité dos veces. La primera fue de rabia por todo lo ocurrido, satisfecho y pletórico.

La segunda, al descubrir que me había birlado la novela que estaba leyendo cuando llegó.

Iván Robledo

 

Una de títulos

Por Iván Robledo

Para quienes nunca supimos a ciencia cierta si aquel dichoso cajón era ‘desastre’ o ‘de sastre’, y aun así sobrevivimos, nunca lo tuvimos fácil para lo que realmente no importaba. Pareciera como si los problemas fuesen más problemas que para el resto, y los entresijos del mundo una jungla por asfaltar. Pero entre tanto dislate también teníamos héroes, y de entre ellos nuestros preferidos eran los que trabajaban poniéndole títulos a los libros. Luego descubrimos que la cosa no era así, pero ya era tarde.

Ser “titulador” de libros era el sueño de nuestras mil y una mañanas. Preguntarse qué fue antes, si la gallina o la tortilla, el libro o el título, parecía la clave de todo entre tanto caos. Nos hacíamos cábalas tratando de averiguar si el autor soñaba el título y después tiraba de él hasta forjar una obra, o acaso no se atrevía a hacerlo hasta verla terminada. Y, para que usted comprenda, en esos pensamientos se nos consumían las horas.

Antes, para qué negarlo, todo parecía más fácil y sin embargo lo era. Tomaba usted un libro dejando mellada la estantería, sin disimulo leía “Las aventuras de…”, y ya se hacía una idea de casi todo lo demás. O, mejor aún, encontraba un “Tratado de…” para el que luego no cabía quejarse alegando indefensión. “Cinco semanas en globo”, por ejemplo, era un libro que narraba las cinco semanas que pasaron sus protagonistas en un globo, y nadie se preguntaba por qué el título callaba sobre qué hacían allí esos tipos. Tenías que leerlo para saber qué les llevó a emplear su tiempo en semejante alarde aerostático, y a día de hoy resulta sencillo imaginarnos a Verne cuando puso punto final y se sentó a pensar en un título. Y eso le honra, porque ayuda al lector a elegir lo que ha de desechar.

Cinco semanas en GloboNo todo, sin embargo, resultaba idílico en materia de títulos. Cervantes no llamó “El Quijote” a su obra cumbre e hizo bien, pues hubiera resultado un anacronismo fatal antes de publicarse, lo cual nos permite hacernos una idea de la importancia que tiene su elección para toda novela. Y es que hoy, para bien o para mal, las cosas están cambiando en ese sinsentido. El arte de titular merece a juicio de algunos la categoría de subgénero literario por su preciosismo desde el momento en el que su búsqueda lleva al autor a dedicar las horas más entregadas de su esfuerzo a tan titánica hazaña, lo cual ha de serle reconocido como mérito en su debe o su haber. No resulta exagerado decir que la lectura de títulos de novelas puede resultar en ocasiones más gratificante que la de sus contenidos, y basta acercarse al escaparate de una librería y dedicarle un tiempo maravilloso a escrutar la relación de publicaciones y disfrutar cuanto el tiempo nos lo permita para deleitarnos con ellos. Poco importa que de su lectura no podamos saber de qué trata el libro, y a veces mejor será así porque la satisfacción de tan originales composiciones merece tal recreo. Es entonces cuando imaginamos al autor en su lóbrega morada apostado frente a dos urnas, y en cada una de ellas unas papeletas con sustantivos abrumadores y adjetivos descalabrantes, lo imaginamos suspirando antes de sacar una primera referida, por decir algo, al tiempo, al cosmos o alguna virtualidad telúrica para, seguidamente y aprovechando el anterior suspiro, extraer la correspondiente de la segunda urna ornando la anterior con adjetivaciones imposibles que te arañan el alma, construcciones semánticas apiroladas o un juego de palabras en lo que importante es no participar. Por si acaso.

Y del escaparate dicho al suplemento cultural o la página de turno donde leer, y a ser posible en voz alta, la relación de títulos transformada en dicha pocas veces soñada. Atrás quedan las cinco semanas en globo o los tratados sobre los tratados. El título se ha convertido en parte de la obra por mucho que, al concluirla, nos preguntemos qué cuerno tendrá que ver aquello con aquisto. Pues bien, hemos hecho la prueba y, ¿cómo no licuarnos de gusto al obtener títulos como “Los sicómoros no andan de puntillas”, “Saturno y el jabón” o “El alma empanada”? Confiando en que esos libros no existan en realidad, ¿alguien da más? Pruebe a hacerlo y se sorprenderá.

Hay que confesar que siempre hemos sido amigos de títulos que no tienen nada que ver con la historia, pero solo cuando se hace por fastidiar, que es cosa distinta, y es que a la hora de buscar un título cada maestrillo tiene su enciclopedia y así debe ser porque que no hay arte menor. Los libros, en fin, no debieran ser como el nombre de esas medicinas pensadas para equivocarnos al querer recordarlas.

Primero son los Secundarios

Por Iván Robledo

Nos gustan las novelas que se miden por la grandeza que posee la pequeñez de sus personajes secundarios. Nos gustan porque son la piedra de toque de los protagonistas principales, ellos son los que los hacen grandes en sus ascensos a los infiernos convirtiéndolos en héroes o rufianes. Pero no es fácil ser un personaje secundario, se dicen entre ellos, aunque pagan bien. Nos gustan, en fin, las novelas en las que se puede distribuir a los protagonistas como en una alienación de fútbol femenino sabiendo que solo se recordará a la que meta el gol.

Los secundarios, esplendorosos, cuando llega el otoño de la novela y apenas nos acordamos de ella, caen como las hojas doradas al agitar el libro entre las estanterías, y al recordar qué le pasaba a la heroína, la evocación del secundario es solo una sombra que ni siquiera mancha. Cuando se saca a pasear el libro caen los secundarios de entre sus páginas igual que las piezas de un viejo trasto, esas que sobran cuando tratamos de volver a montar un motor que previamente habíamos desmontado no siempre con motivo. Esas piezas, los secundarios, ese manubrio de forma incomprensible que ahora no sabemos dónde iba pero que no impide que el motor vuelva a funcionar, es el secundario. Lo que poca gente sabe, y así debe seguir siendo, es que ellos se sienten muy orgullosos de lo que son porque saben que nunca faltará quienes los quieran por lo que fueron, a veces una sonrisa, a veces unas páginas de relleno henchidas de buenos momentos sintácticos. Porque el buen recuncho o recacha sintáctica es el caprichito de quien escribe con ellos cogidos del brazo, esa licencia no autorizada del autor con la que les da vida.

Los personajes secundarios se reconocen entre sí, esto es cosa sabida, pero callan por oficio y prurito. No les gusta presumir de que no les gusta presumir. Se saben fuertes en sus flaquezas pero lo llevan con la honradez de hortelano aciago. Saben que hoy morirán épicos por cualquier causa noble pero mañana, ¡ay, mañana!, tendrán que hablar como una nena con coletas, o un colegial o un bobalicón que hará sonreír, o no, a un lector que ignora cómo tras esos secundarios hay una vocación y un trabajo ímprobo. Solo ellos saben de la dureza de su responsabilidad. Los secundarios, entre líneas, se miran y sonríen sin que se note, asisten a la obra viendo cómo a los protagonistas les pasan cosas mientras que ellos son, aunque ufanos, simples cosas que pasan.

Los secundarios, que son personas duras, de carácter recio y orgulloso, aman su trabajo. Se saben herederos de sagas que nadie, salvo ellos, pueden sacar adelante. Llevan haciéndolo siglos, desde que el hombre comenzó a olvidar leer. Sin ellos, y esa es su fortaleza, las historias que se cuentan serían estúpidas. Nadie aplaudiría a un paladín que no matara al menos a quince secundarios, que para eso están, ni nadie lloraría con la estoica doncella de sabor a magdalena que ha de elegir entre su galán y otros esos cinco secundarios generalmente estúpidos. Pero que no lo son, reconozcámoslo, pues hay que reconocer el esfuerzo que supone intentar seducir a la prístina protagonista para, una vez frustrada sus esperanzas de secundario, regresar a su casa con su familia, sus hijos y la satisfacción de un trabajo tan bien hecho que nadie reconocerá.

– ¿Qué has hecho hoy, cariño?

– He intentado seducir a una mujer de armas tomar. Casi lo consigo, pero era pelirroja.

– Me gustas más cuando los detectives te matan en los callejones oscuros y malolientes.

– ¿Estás celosa?

– No, es que a la vuelta puedes traerme la compra.

Y ellos, los personajes secundarios, les sonríen a sus esposas principales que tanto los quieren.

Porque en las vidas de estos personajes de relleno, los protagonistas principales de las novelas son los secundarios. Así es la vida, se dicen mientras descansan entre capítulo y glosa esperando, los que no han muerto todavía, a volver a salir para hacer sus escenitas. Los secundarios disfrutan con su esfuerzo sabiendo que el autor los escoge con sinceridad de entre sus amigos reales, que comparte con ellos nombres y vicios auténticos y que los viste o desnuda como jamás se atrevería a hacer con un protagonista principal, que es gente de mucho mirar con eso del respeto literario. A ellos, a los secundarios, no les importan estas simplezas, son profesionales y no trabajan para un autor, al contrario que los protagonistas principales, sino para los lectores. Y reconocen que pocas cosas les gustan más que ver que cómo esos devoradores de libros disfrutan con la novela en la que ellos salen solo en una línea, de sus quinientas páginas.

– ¡Te mataré!

Pero no lo hace porque siempre lo matan a él antes. Luego, cuando se pasa la página,  se levanta, y si le pilla cerca hará la compra con andares de zar victorioso.

La sabiduría del oficio les otorga la dicha de saber que las grandes novelas, también las pequeñas y las enanas, pasan igual que pasan sus magnas estrellas de tinta, sus heroínas que hoy presumen de ser rebeldes obligadas por las circunstancias. Saben que vendrán nuevos titanes, nuevas guerreras de las de sangre y daga afilada, o de las de llanto y fino encaje, nuevos autores y nuevas modas. Lo saben, sí, pero sobre todo saben que, sin ellos, no habría novelas.

– Ayer tuvieron que matarme en el segundo capítulo. Estuve doce horas apuntando a la chica porque el detective no llegaba. Si tarda un poco más disparo y punto, tenía ya calambres en el brazo y me dolía la cara de tanto poner expresión de malo e insultarla ¡con lo maja que era!

 

Los escritores Iván Robledo y Carlos de Tomás en un encuentro en Galicia

Iván Robledo

Escritor. Colaborador en diversos medios de comunicación de Andalucía (Diario Sur, Diario Jaén) y Galicia; participa en la redacción de diversas publicaciones digitales en Santiago de Compostela, ciudad en la que reside.
Es autor entre otras obras de las novelas “Cinco días para matar al Papa“, “Se alquila piso para estudiantes” y “La guerra de Leda Aguiño“, y su última novela: “La señorita Arcade“.