Carlos de Tomás

Juan Meléndez Valdés. 200 aniversario

Hace 200 años moría exiliado en Francia, como su amigo Francisco de Goya y otros tantos intelectuales y artistas españoles a los que los azares de esta España siempre a cuestas con la trifulca y el sinsentido acostumbra a lapidar a los suyos, y en especial siempre a los más ilustres, que en vez de aprender de ellos y ponerles en pedestal los arroja unas veces a las fieras y otras al olvido. Esperemos que ahora no ocurra en Cataluña con Serrat, Eduardo Mendoza, y tantos otros que intentan poner cordura y lucidez en una sociedad que repite y repite y comete siempre los mismos errores.

Poeta, por encima de todo, que anticipó en sus últimas obras el romanticismo que llegaba con fuerza desde afuera, Meléndez Valdés es ese escritor para muchos pre-romántico, en un país donde nunca existieron de esos, como Schiller, Alfieri o el mismo Goethe.

Ilustrado y afrancesado, grandes pecados nacionales después de la Guerra de la Independencia. Ahora, cuando hace 200 años que falleció este ilustre extremeño, ligado profundamente a Salamanca y su universidad, pocos actos, reconocimientos y reseñas alumbran ni siquiera el mundo de las letras. Solo un par de palabra resumen lo referido: patetismo patrio. Pero, por otro lado y desde esta cabecera, que anhela estar siempre del lado de la cultura y especialmente de las letras: Homenaje y recuerdo al maestro.

Biografía

(fuente: Real Academia Española de la Lengua)
Ribera del Fresno (Badajoz), 1754-Montpellier (Francia), 1817
Juan Meléndez Valdés

Elegido académico de la R.A.E. honorario en 1810 y de número en 1812.

Juan Meléndez Valdés fue «el poeta más destacado dentro de las corrientes líricas del siglo XVIII», en palabras de Alonso Zamora Vicente en su Historia de la Real Academia Española (1999, 2015).

Catedrático, fiscal y magistrado, inició la carrera de Derecho en 1772 en la Universidad de Salamanca. En esa ciudad, participó en las academias poéticas, en las que se recitaban y comentaban los autores clásicos y renacentistas, al tiempo que los tertulianos leían sus propias creaciones líricas —Meléndez Valdés adoptó el apelativo poético de Batilo. Como indica Emilio Palacios Fernández —editor de varias obras de Meléndez Valdés— en el Diccionario biográfico español(2011), José Cadalso, «que vivía entonces momentos de esplendor creativo», acudió a la capital del Tormes, siendo su presencia determinante para marcar el rumbo que tomaría la obra de los jóvenes poetas de la llamada escuela poética salmantina.

CONCURSO POÉTICO 

En 1780 la Real Academia Española convocó su tercer concurso poético. Como recuerda Víctor García de la Concha en su obra La Real Academia Española. Vida e historia (2014), contendieron, entre muchos otros, un poeta de renombre, Tomás de Iriarte, y el joven Meléndez Valdés. Debían componer una égloga en «alabanza de la vida del campo» y Valdés escogió una vía neoclásica: «Recordó a Garcilaso e hizo que, en estancias llenas de armonía, dos aldeanos celebraran su tranquila existencia con sus pastoras y ganados, cantando y tocando el caramillo». Ganó Meléndez Valdés con Batilo —así se llamaba su égloga—.

Un año después, en 1781, obtuvo la Cátedra de Humanidades en Salamanca. En esta misma fecha visitó en Madrid a Gaspar Melchor de Jovellanos, quien, como señala Palacios Fernández, acabó siendo su mejor amigo y maestro, especialmente tras la muerte de Cadalso, en 1782. «Este encuentro orientó por nuevos derroteros las inquietudes poéticas de Meléndez Valdés hacia una lírica de tono clásico y después hacia la poesía ilustrada, preocupada por razonar sobre temas sociales, filosóficos y morales». Ese mismo año obtuvo el grado de doctor, como culminación a diez años de estudio.

Su carrera literaria recibió una nueva confirmación en 1784. El Ayuntamiento de Madrid convocó un premio que se otorgaría a dos dramas originales «ajustados a las reglas del arte». Como señala García de la Concha, el jurado, presidido por Jovellanos, eligió Los menestrales, de Cándido M.ª Trigueros, y Las bodas de Camacho el rico, compuesto por Meléndez Valdés.

UN ILUSTRADO

En 1785 publicó Poesías, que dedicó a Jovellanos. La segunda edición, en tres volúmenes, apareció en 1797. El libro, dedicado a Manuel Godoy, «estaba formado —apunta Palacios Fernández— por algunos de los viejos poemas y otros nuevos que reflejaban su compromiso con la sociedad y con sus ideas ilustradas […]. Por entonces, Francisco de Goya le inmortalizó en un retrato, en el que aparece serio y pensativo».

El nombramiento de fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte en Madrid, en 1797, supuso para Meléndez Valdés un período de intensa actividad. Aunque solo ejerció el cargo durante siete meses, sus dictámenes, discursos y contestaciones son la base de sus Discursos forenses, que se publicaron en 1821. En 1811 aparecieron sus Poesías escogidas.

En la época de la invasión napoleónica, en un primer momento el poeta animó al pueblo español a combatir al ejército francés. Sin embargo, según señala Palacios Fernández, su actitud cambió. «Permaneció en Madrid y juró lealtad al rey José Bonaparte. Llegó a ser miembro del Consejo de Estado. Se convirtió en un personaje importante del régimen, al que se dieron recompensas y condecoraciones. Fue nombrado caballero de la Real Orden de España, miembro del Instituto Nacional y recibido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y, sobre todo, en la Real Academia Española. […] La retirada de los franceses, en agosto de 1812, llevó consigo a una gran cantidad de tropas y personas comprometidas con su gobierno (afrancesados)».

DESTITUCIÓN DE LOS AFRANCESADOS

Su afrancesamiento le acarreó, como a otros compañeros de corporación, consecuencias en la Real Academia Española. Como anota Alonso Zamora Vicente, a mediados de octubre de 1814, «una orden personal de Fernando VII destituía a Ramón Cabrera de la dirección y le eliminaba de la lista académica, sin dar razones. Así, entre sobresaltos, se llegó al mes de noviembre. En junta del día 8 se leyó (siempre por oficio enviado por el ministro de Estado, duque de San Carlos) otro deseo de Fernando VII: la eliminación de la lista académica —y de otras corporaciones e instituciones— […] de los afrancesados y liberales […]. La Real Academia Española tuvo que prescindir de Vicente González Arnao, Juan Meléndez Valdés y José Antonio Conde. Igual suerte corrieron los supernumerarios Gómez Hermosilla y Juan Antonio Llorente».

Según cuenta Víctor García de la Concha, los académicos afrancesados —Iriarte, González Arnao, Meléndez Valdés, Conde y Llorente— «siguieron los difíciles avatares de la retirada de las tropas napoleónicas: Valencia, de nuevo Madrid, […] y evacuación definitiva, y muy penosa, a Francia». Allí, en Montpellier, «abatido y en la soledad del destierro», falleció Meléndez Valdés el 24 de mayo de 1817. Sus restos retornaron definitivamente a Madrid en 1866, por iniciativa de la Real Academia Española, para reposar en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Isidro, junto con sus amigos Goya y Moratín.

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