Iván Robledo

Ventura

Ventura 1Nos hemos criado escuchando que antes de hablar a destiempo debemos contar hasta diez, cuando lo que en realidad nos deberían haber enseñado es a contar treinta y tres, que más falta nos hará cuando lo único que nos quede sea quejarnos. Y es que de cuantas especies pueblan la superficie del planeta, el ser humano es la única que ha desarrollado la habilidad de quejarse. De quejarse porque sí, se entiende, que no de dolerse, que dolerse es cosa común para cualquier ser vivo ante determinadas circunstancias lesivas. Atrás quedaron los tiempos en que nos enseñaban a no quejarnos sin motivo o por capricho bajo amenaza de algún que otro castigo divino, con lo que eso traumatiza, pero andando los años el quejarnos como si estuviéramos representando Hamlet es algo que incluso está bien visto en ciertos círculos incluso mucho antes de llegar a pensionistas. El secreto está en encontrar a la persona adecuada sobre la que descargar la queja, esa que se ha apropiado de nuestra suerte, ese señor que puebla nuestras pesadillas arrebatándonos lo que debería ser nuestro. Y el mundo debe saberlo desenmascarando la usurpación de nuestros sueños, nadie debe quedar ajeno a nuestra queja empezando por el conductor que tenemos delante en el atasco. Todos sabemos quejarnos de nuestra mala suerte, es cierto, pero debemos hacerlo con tintes épicos, casi líricos, que se note que nuestra cara es un poema.

Sin embargo, este don de la queja tiene en ocasiones una lectura diferente, la de quienes creen que cuanto de malo nos ocurre no es por culpa de ese señor al que siempre le pasan cosas buenas, las suyas y las que deberían ser las nuestras, sino a que no confiamos en la ventura. O dejamos que sea la ventura la que sople nuestras velas, nos dicen, o acabaremos remando en círculo, refiriéndonos a esa ventura a sabiendas de que no debe confundirse con el destino o el azar, sino con el sino, el nuestro, ¡qué si no! Porque donde hay ventura hay razón, y belleza, mucha, y serenidad. Ventura no es acomodarse a verlas venir, sino a verte llegar, no es fatalismo o resignación, sino la valentía de quienes somos cobardes como ratas pero embestimos al futuro corriendo y gritando con la espada en alto, lista al mandoble pero con los ojos cerrados. No es el heroísmo de quien descarga fuego y azufre sobre sus enemigos sino el de quien tira un jarrón, que es lo que se suele tener más a mano, para espantar una sombra que nos asusta dentro de nuestra propia casa. La ventura es, en fin, la goma de borrar del destino escrito a lápiz.

GaleónVentura es saber que vamos a equivocarnos con ella de su mano, tanto que si acertáramos sería por equivocación. Por ventura llegamos a la inabarcable América y descubrimos el bichito de la penicilina, una galaxia gigante y el átomo más pequeño porque contar con el error nos más hace fuertes que la seguridad del acierto. Por ese motivo acudimos a ver los atardeceres, no porque sepamos que van a llegar sino porque creemos que nos está esperando y, si no vamos, no habrá atardecer ese día. No, no lo habrá para nosotros, y ni siquiera tendremos la oportunidad de comprobarlo. Ventura no es la suerte final del que acierta sin pretenderlo, ni la actitud del que se mueve a tontas y a locas. Ventura es saber ver la hermosura de cada momento cada tarde domingo.

A estas alturas y si estamos advertidos veremos que ventura también es escribir. De todas las definiciones más o menos tontas que hemos escuchado sobre la cosa de emborronar papeles, mi preferida es la que la califica como leer al revés. O hacia atrás, depende, lo importante en realidad es tratar de explicar cómo la ventura de escribir consiste en sorprenderse uno algún día con las manos en la musa, sonreír y dejarse traer. La ventura al escribir es dejarlo todo a esa calculadísima improvisación que tan lejos llevó a los marineros antiguos, a los de galeón y goleta que nunca sabían dónde iban a acabar sus huesos, marineros cargados de sortilegios y supersticiones que buscaban la ventura del padre océano. Así escribir es también jugar a convertir en barquitos de papel las hojas capitaneadas por sus textos y posarlas en las aguas donde algún día pueda encontrarlas alguien mientras el autor, sentado en su noray con las piernas balanceándose, las encomienda a la salada ventura. Por cierto, llamar proceloso a ese mar, es optativo.

De los autores hemos aprendidos que escribir es llorar, y de los marineros que se puede volver de Cuba cantando a pesar de haberlo perdido todo. Y entre unos y otros la ventura nos redime al regalarnos un alma nueva por estrenar cada mañana. No es resignación ni fatalismo, es cariño a lo que se quiere hacer antes de hacerlo. No es suerte ni casualidad. Ventura será no dejar para mañana lo que puedas hacerme hoy, cuando debemos jugarnos todo a una carta al vernos cara a cara con el destino que se nos presenta disfrazado de casualidad. Ventura es una partida en un juego de azahar.

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Categories: Iván Robledo, Opinión

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