Agenda Cultural

Sorolla “interpretado” por el Ballet Nacional de España

El Ballet Nacional de España ha presentado en el Teatro Real de Madrid, del 9 al 13 de noviembre, una maravillosa gala, combinando el baile y la pintura. La luz, la frescura y el movimiento del pincel de Sorolla están reflejados en la puesta en escena de Franco Dragone , así como a través del diseño y la adaptación de vestuario de Nicolas Vaudelet y de la partitura del valenciano Juan José Colomer.

Los bailarines se movían al son de piezas musicales que ensanchaban el alma y llevaban vestuario basado en los cuadros “Visión de España” que el pintor Sorolla realizó, de 1913 a 1916 para la Sociedad Hispánica de América, museo gratuito y biblioteca de investigación para el estudio de las artes y cultura de España, Hispanoamérica y Portugal, situado en la ciudad de Nueva York (Hispanic Society).

Ninguna mezcla podía ser más pasional. Joaquín Sorolla, el pintor valenciano de la luz, perfecto retratista y paisajista, encontró en el color la expresión del carácter de sus modelos. Retrató con maestría impecable el alma y las costumbres españolas, esencialmente rurales, de principios del siglo XX en todos sus cuadros, y especialmente en esos 14 murales que le encargó la Sociedad Hispánica.

Sorolla-Teatro-RealA través de ellos advertimos la pobreza, el cansancio del trabajo, los duros oficios manuales, el baño de los niños en la playa o los puntos de reunión de los vecinos de cada lugar. Sorolla pinta al pueblo cuando está al aire libre, en el mercado, escuchando a las bandas de música en la fiesta, trabajando en la lonja del puerto pesquero, vistiendo impolutos trajes de domingo, jugando a la petanca, paseando por la feria, disfrutando del pasacalles, marcando el camino a los bueyes, etc.

El Ballet Nacional de España en esta especialísima gala da movimiento a las figuras pintadas e insufla ritmo a los colores: rojo, verde, amarillo, azul. Además, en ella, al ritmo de la música los bailarines seducen al público entre pases, vueltas y revueltas, con sus miradas, sus chales, sus chaquetillas, sus flores en el pelo y sus tacones.

Sorolla vivió entre los siglos XIX y XX, contemplando grandes inventos: la red de luz eléctrica en fábricas, calles y hogares, la llegada de agua a las mismas, los viajes en tren, los primeros en avión, la bicicleta, el automóvil, la radio, el cine…imposible decidirnos por el mejor. También vivió las noticias terribles sobre la primera guerra mundial, entre 1914 y 1917 y la Revolución Rusa en este mismo año. Experiencias todas comparables al inicio de nuestro siglo XXI donde los robots, Internet, o los avances en medicina han transformado la vida de la gente.

Sorolla supo bucear en el alma de las personas que encontraba en pueblos y ciudades. Pudo retratar la luz de las playas de Valencia, la de las plazas del mercado en León o la de las fiestas en Segovia. Esa sensación colorista e íntima es la que este ballet nos transmite cuando evoluciona sobre las tablas, pues su puesta en escena es extraordinaria y fiel a los cuadros a los que alude.

El espectáculo de la danza se proyecta desde el artista hasta el espectador de manera sensual, desde el cuadro de baile hasta el público del auditorio, haciendo vibrar todos los corazones y almas a la vez, lo que resulta único y grandioso. No menos bella es la impresión que recibe el espectador cuando admira un cuadro de este maestro, pues el mensaje artístico en este caso va de persona a persona, algo maravilloso también, pero íntimo, privado.

El escritor, de manera semejante, brinda su alma al lector en cada frase de su obra, ansiando que éste imagine el mundo que ha descrito para él, que ha soñado para que este lector se recree y dibuje los paisajes, las escenas, o los diálogos que él creó en su cabeza.

Sorolla fue muy amigo, entre otros, de escritores como Blasco Ibáñez, Pérez Galdós y Pardo Bazán, insignes novelistas que contaron inolvidables historias sobre la vida cotidiana española de la época: la pesca en La Albufera, la vida castiza madrileña o las costumbres gallegas. Historias que siguen vivas en nuestra memoria y nos hacen revivir el mundo en el que vivieron nuestros bisabuelos, pobladas de intrigas amorosas, de tramas políticas y religiosas, de argumentos donde se retrataba una sociedad que, como la nuestra, daba vueltas a las relaciones familiares, a la ambición profesional y al ansia de poder, entre tantos otros temas.

De libros, cuadros, música y bailes se alimenta el espíritu. Los primeros obedecen a un mensaje mental, los otros a un espectáculo sensorial, que el Dragone, Vaudelet y Colomer han tenido la feliz idea de ensamblar, para deleite del público.

Esperemos otras escenografías semejantes con tantas obras maestras como tenemos en nuestra pintura y con tan buenos coreógrafos y músicos.

Por Teresa Álvarez Olías

Fotografías cortesía del Ballet Nacional y Teatro Real de Madrid

 

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