Iván Robledo

El libro de los charcos

Que la sociedad está cambiando es un hecho, y cuando antes todos se apuntaban a unCharco 1 bombardeo, ahora nos apuntamos a bombardear. Es una manera de decir que todo nos parece mal hoy en día. Todo lo que hacen los demás, se entiende, una actitud que se traslada a ámbitos antaño impensables, como el clima y su lluvia. Sabido es que nunca escampa a gusto de todos, pero somos de la opinión de que la lluvia, sea o no una maravilla, arte o incordio, no tiene la culpa de nada. Cae cuando le toca caer y es difícil pensar que por muy mal que le caigamos a las nubes, estas dejen de cumplir su cometido solo por fastidiar. Y aun así, hasta la lluvia antes inocua se ha convertido en cosa inicua como si llover o dejar de hacerlo también fuera culpa de alguien (que seguro que sí). Por suerte los españoles sabemos criticar tanto la sequía como las inundaciones, y aunque eso nos hace fuertes en el mundo, también nos enfrenta a la ciencia porque, ¿quién puede admitir que la vida surgió del agua después de haber estado en una piscina pública? Sea como fuere, algo nos dice que el hombre está más preparado para la falta de lluvia que para su exceso. Para la una hay sangría y fanta de naranja, pero hay que tener muchas agallas cuando la lluvia se prolonga cuatro meses con sus días lluviosos, sus noches lluviosas y sus goteras impertinentes. Si padecer de los bronquios ya está mal, imagínese de las branquias.

Consumada con moderación, no hay lluvia mala, y sus efectos salutíferos van más allá de lo imaginable. Es el caso de los charcos, ese entretenimiento que la naturaleza, en su jocosa sabiduría, nos regala para deleite de quienes contemplamos la torpeza de los viandantes. Los charcos están pensados para los niños, da igual la edad, y el placer de saltar sobre ellos solo es comparable a los enfados que sus salpicaduras que provocan. Con ellos recordamos que una vez fuimos felices y solo al hacernos adultos, da igual la edad, estropeamos su magia. Por eso decimos de tal o cual persona, para afear su conducta, que se ha metido en un charco, y así lo que tratándose de un infante es un halago, para un adulto es una amenaza. Será por eso que andamos por la calle evitándolos ignorando que son pequeñas joyas que nos regala la naturaleza para nuestro goce, diversión y asombro. Los charcos, para un espíritu puro como el de un niño, son naumaquias en los que cabe todo un Trafalgar o un Lepanto o, si nos ponemos cursis, la flota de barquitos de papel de Serrat. Porque un charco es la medida de la imaginación del hombre que no ha renunciado a serlo. Solo así comprendemos a aquel hombre, al que titularon de loco, que recorría las calles de la ciudad las noches más frías catando los charcos para, en el momento justo de congelarse quedando convertidos en hielos, tomarlos primoroso con la imagen que en ese momento reflejaban, ya fuera una luna, una fachada o una amante.

Si alguien quiere de verdad a las ciudades, reservará en cada calle un lugar para los charcos donde poder mirarnos. Y saltarlos,

Charco 2También estos charcos salpican los libros igual que como zafiros engarzados lo hacen nuestras calles. Son los menos, es cierto, pero los hay, como también hay quienes desconfían de esos libros que, aseguran sus mentores, enganchan desde la primera página. Son los que piensan que los buenos libros, como los grandes platos, deben cocerse lentamente, en nuestro jugo, para que una buena primera página, como un buen besugo, no acabe en trucha, o trucho, por falta de cocción y condimento. Porque buenos libros, para qué negarlo, son aquellos en los que el fin justifica lo de en medio, como la lluvia de la que hablábamos. Libros que conviene leer bajo amenaza de tormento y que al descargar queden sus páginas salpicadas de charcos en los que chapotear una y otra vez. El cerrarse con un trueno y dejar de llover sus letras, quedarán los charcos que dejan su lectura, a veces una frase, puede que una palabra, o párrafos enteros o una página que acabaremos recordando siempre. Incluso para quienes creemos que releer un libro es mal vicio, esos charcos que quedan en la memoria lectora nunca desaparecerán.

Debe ser cierto que no hay lectura mala, sino momentos mal escogidos para hacerlo. De ahí que la indeleble impronta que deja un libro en alguien sea apenas un soplo que ya no es para otra persona distinta, como la lluvia, como las miradas. Cuando el libro leído vuelve a su lugar, la naturaleza sigue su curso y las lluvias nos dejan ese recuerdo a tierra mojada que son los buenos momentos vividos poniendo blanco sobre negro sus palabras. Si de verdad queremos saber si un libro nos va a gustar, hemos de leerlo frente a una ventana viendo llover. Si después de derribar esa primera página somos capaces de continuar su lectura en vez de salir a la calle a mojarnos, podemos estar seguro: lo mejor es regalarle ese libro a alguien que nos caiga mal.

Categories: Iván Robledo, Opinión

Tagged as:

Gracias por comentar