Si admitimos, y no tenemos razones claras para no hacerlo, que la observación es la base de toda ciencia, llegaremos necesariamente a la conclusión de que si no fuera por las gafas el mundo actual sería muy distinto al que ahora conocemos, aunque sea de oídas.

Y es que pocas cosas han hecho tanto por el progreso humano como las gafas pues, en efecto, lo más sencillo, lo más cotidiano y hasta lo más vulgar si se quiere, se presenta ante nosotros como el gran artífice de lo que somos a día de hoy. Gracias a ellas los miopes y los hipermétropes pudieron estudiar todo aquello que por ley natural les estaba vedado, así como escribir genialidades inalcanzables de otro modo para un tarado ocular, o pudieron contemplar la realidad de tal manera gracias a las lentes que, allí donde nosotros solo vemos banalidades, un artista es capaz de descubrir una puesta de sol en clave de fa. Si no se hubiesen inventado las gafas nuestro mundo estaría gobernado por los arqueros con mejor puntería, y sobrecoge pensarlo.

Ahora bien, como toda creación forjada en la fragua de la necesidad, también las gafas han sucumbido al poder de una sociedad que las ha hecho suyas hasta despojarlas de su esencia y razón de ser. De forma truculenta las gafas se han convertido en un objeto de moda a seguir alejándose de su impronta original, y lo que antes era un ‘cuatro ojos’ hoy es un intelectual, y los ‘rompetechos’ de entonces pasan ahora por marcadores de tendencias. De algún modo su uso nos otorga un cierto aura de personalidad, tanto que con frecuencia no somos capaces de disociar a una persona de sus gafas, como si estas hubieran asumido su identidad al modo de lo que ocurre con Quevedo, por poner un ejemplo recurrente. Y así, merced a estos cambios, podemos decir que en este mundo traidor, que siempre es el mismo, las verdades ya no dependen del color del cristal con el que se miran, sino del de su montura.

 

A pesar de todo deberíamos acostumbrarnos a usar las gafas, el que las use, con responsabilidad. Sabemos que están llamadas a cubrir una necesidad de los sentidos, de manera que lo mejor es prescindir de ellas en caso de no necesitarlas, y razones no nos faltan para hacerlo porque, ¿acaso hay algo más seductor que una mujer miope? No, no lo hay, y hasta tal punto no lo hay que en el caso de que lo hubiese tampoco importaría.  No hay gafas capaces de superar el atractivo de ese arrugamiento de ojos hasta casi cerrarlos del cegato cuando lee cualquier cosa o trata de reconocer a fulanito por la calle o sortea un semáforo en el último momento. No existe artilugio que supere ese momento ni ortopedia que nos prive de sonreír cuando el hipermétrope estira los brazos para leer cualquier otra cosa hasta que le crujen las articulaciones, momentos divertidos que nos recuerdan de qué serrín estamos hechos.

 

Y es que además de las razones explicadas que nos llevan a esmerar su uso, existe una vertiente no siempre bien apreciada que hace que las gafas sean un artículo de lujo para las almas exquisitas. Si algo es capaz de derretir un corazón de pedernal es la coquetería de la persona que esconde sus gafas o las oculta disimuladamente para presumir. Estar con alguien a quien le asoman, lo mismo en un bolsillo que mal escondidas en una mesa tras un objeto como quien no quiere la cosa, resulta fascinante. Es el tipo de persona que ha comprendido la importancia de lo fútil, que las gafas son para ver mejor, para leer, escribir o admirar un acantilado, y no para que nos las vean puestas, que sería como si nos descubrieran el secreto de un truco de magia. Esas personas verán palabras, rostros  y paisajes de una forma única, personal e intransferible. Si nos colocamos unas gafas con la graduación correcta veremos un amanecer como debe ser, como todos lo ven, como lo pintaría un artista, o lo describiría un literato o lo amargaría un científico. Sin embargo, sin gafas veremos ese mismo amanecer como solo nosotros somos capaces de hacerlo pues nadie más lo verá ni lo sentirá como lo vemos y sentimos nosotros, pues nuestra tara a la hora de ver hará que cada minuto sean únicos nuestros segundos.

-¿Le gusta lo que ve, encantadora de abejas?

-Ya le diré. O no.

Con o sin ellas puestas, dos espíritus ven lo mismo de distinta forma y lo sienten distinto, y ambas sensaciones son verdaderas, pues son la misma y diferente a un tiempo. Tal vez porque a la hora de las verdades ocurre con las gafas como con los licores, que vemos el mundo dependiendo de su graduación.

Pero hasta las gafas en su plenitud poseen un lado secreto, una cara oculta como de planeta pudoroso ante la que se encuentra desnudo el que las usa: los espejos, ese envés de las lentes y el lugar donde quien ve es visto por él mismo, su depredador más encarnizado. Ocurre porque usamos gafas para ver mejor, no para ver la perfección que reside en los espejos, esos otros artilugios que nos muestran todo lo que de imperfecto tiene el mundo, a saber, nosotros mismos cuando nos escaqueamos de la vida. Ante un espejo no hay gafas que nos salven. Si queremos conocer bien a una persona hemos de fijarnos en cómo se pone y se quita las gafas.

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