Si algo hemos aprendido a lo ancho de los años es que nuestros excesos son la principal causa de nuestros defectos. Y de entre esas demasías, el exceso de nosotros mismos se lleva la palma por deméritos propios.

Esto es algo que ocurre cuando olvidamos que todos tenemos, en sentido espacial, una vida finita que no da mucho de sí por más que apretemos, y ante cualquier dislate el cuerpo se nos rebela como pesadilla panza arriba, igual que cuando pretendemos alcanzar más allá de donde los abrazos nos llevan porque, como es sabido, quién mucho abarca nos pone en un aprieto. Así, cuando miramos a nuestro alrededor comprendemos por qué el mundo se divide en dos, ‘yo’ y ‘todos los demás’, una asimetría de los afectos que nos impide apreciar cómo lo importante en la vida no depende de lo que somos o de lo que algún día soñaremos ser, sino de cómo haya pasado la noche el triste funcionario de turno que va a atendernos.

Y es que no por conocida la escena nos resulta menos fascinante. A buen seguro todos hemos vivido en alguna ocasión ese momento en una concurrida sala de alguna dependencia pública en la que esperamos con resignación bovina nuestro turno cuando, de repente, ese minúsculo señor que vive dentro de los altavoces pronuncia un nombre de la interminable lista que va leyendo con insufrible lentitud:

– Señor Eme, señor Eme, acuda a…

Sobre el piélago de cabezas en el que chapoteamos mientras aguardamos ser llamados se alza entonces un cuerpo serrano, sonriente hasta la indecencia, que se estira la ropa y se gira mirando al respetable, y en su sonrisa leemos sin necesidad de hablar:

– Ese soy yo.

O sea, el señor Eme.

Morgue

Tras décadas de lucha denodada en pos del estado del bienestar descubrimos con sonrojo que este consiste en figurar en una base de datos, en una lista, caber en un bit. El fin del mundo en nuestros días debe ser lo más parecido a presentarnos en una oficina pública de cualquier ámbito y que al prestar nuestros datos nos digan que no constamos en sus ordenadores, que no aparecemos, que no existimos ni saben de nosotros. Entonces, y contra todo pronóstico, lejos de saltar de alegría al sabernos libres, protestamos, y la protesta con tintes de rebelión se resume en exigir una hoja de reclamación al uso, la misma que vale para quejarnos de los vasitos de plásticos del café que para denunciar que estamos en coma civil inducido.

Hemos renunciado a protagonizar parte de la historia, con mayúsculas, con tal de formar parte de la base de datos de una administración pública, en cursiva y negrita. Esta realidad conformista no es sino reflejo de cuanto acontece en otros ámbitos menos manoseados de nuestra existencia, como la literatura. Ya no queremos ser protagonistas de épicos episodios, de bizarras aventuras o increíbles historias sino ser solo nombres, con sus apellidos, de grisísimos expedientes administrativos tramitados por personajes, el diablo los lleve, aún más grises que se amontonan en oficinas y habilitados. Hemos trocado a Verne por un formulario descargable, y a Dumas por subdirectores provinciales que nos devoran con sus dietas.

Hasta aquí, podríamos decir, todo anormal. Pero por alguna extraña razón, tras visitar con desigual mala suerte algún organismo público hay quien tiene la costumbre de acurrucarse delante del escaparate de una librería para curarse de sus heridas perdiendo el tiempo, que es lo único que mantenemos intacto. No hay razón para ello, es cierto, pero así las cosas de palacio parecen ir más deprisa, y solo entonces comprendemos que nos hemos dejado robar lo que ni sabíamos que somos. Del mismo modo que recordamos aquella sala atestadas de infelices contribuyentes que solo esperan el momento de levantarse al escuchar su nombre, como si para los demás significase algo, al vernos delante del escaparate literario observamos con desidia esos libros, uno, tres, cinco, cien que avanzan en perfecto orden de batalla hacia ningún lado, pequeñas muestras en tinta fresca que apenas dejan ver unas palabras tristes y tan grises como el funcionario que delante de los ojos de mil conciudadanos nos ha clavado una daga etrusca en la carótida. Vemos los libros y comprendemos que no merecemos vivir en el mundo que nos ha tocado. Y nos preguntamos qué ha cambiado para que todo nos siga pareciendo que siga igual de distinto. ¿Cuándo comenzó a figurar el nombre del autor en letras más grandes que el título de la obra?

Al momento lo comprendemos. Los libros que al otro lado del cristal nos observan con sus estériles ojos vidriosos y muertos no nos invitan a leer, sino a saludar a su creador. Se asemejan a fichas de dominó superpuestas en un difícil equilibrio de serpentín en el que sobresalen orgullosas y solemnes los nombres de los autores de esos volúmenes. No nos convidan a zambullirnos en una historia, sino a yacer para un autor que se nos ofrece brillante como refulgen las luces de neón de un local en una carretera secundaria. Nombres, nombres, nosotros, nosotros.

Cuando el rugir de las tripas hambrientas nos trae de vuelta a la realidad aún tenemos tiempo para reflexionar sobre lo bebido. Pensamos y recordamos, que es el último pecado al que nos podemos aferrar quienes creemos en el pecado, y en nuestro agnosticismo del carbonero pensamos para nuestras afueras:

– Ahí está la última obra de Fulanito. Veo su nombre, pero el título, si es que lo tiene, es pequeño, tanto que en realidad ni importa.

Y en nuestra intimidad deseamos que, en efecto, sea su última obra.

Iván Robledo

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1 thought on “Ese soy yo

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