Está comprobado que si todos ponemos nuestro granito de arena para contribuir a una noble causa, al final lo único que tendremos serán muchísimos granitos de arena.

Esto, con parecer poco, está muy bien, pero solo si lo que queremos es tener una playa en la que poder brindar tumbados al sol la mayoría de las veces. Porque lo pequeño es hermoso, naturalmente, cómodo de llevar y sobre todo de ocultar cuando nadie mira. Y es que de la misma manera que lo pequeño es hermoso, como decía, no siempre lo hermoso es pequeño, como ocurre con esa patria chica de la que todos hacemos gala olvidando, con demasiada frecuencia, que ninguna patria grande se ha forjado gracias a la suma de las muchas patrias chicas en las que es fiesta nacional todos los días.

Si miramos a nuestro alrededor contemplaremos un mundo dividido en muchas patrias, y lo mejor que podemos hacer es encontrarle alguna utilidad práctica a semejante realidad. Por ejemplo, a la hora de hacer literatura o crear cine. Que haya países tan diferentes es lo que ha permitido la existencia de grandes títulos y películas notables, cosa que es de agradecer cuando la división por naciones se hace siguiendo criterios lógicos y no de pública subasta. Dicho de otra manera, Ingmar Bergman solo podía ser sueco, y El Séptimo Sello solo puede ser una película sueca. Ahí no hay patrioterismo que valga porque lo que está en juego es la historia misma del cine en general y del arte en particular. ¿Alguien en su sano juicio hubiera consentido que su aciago protagonista, el oscuro Antonius Block, hubiera retado a la Muerte, ¡a la Muerte nada menos!, a una partida de algo tan españolísimo como es el parchís? ¿O al tute? No, da escalofríos siquiera  imaginarlo.

El Séptimo Sello

Otro tanto ocurre con la literatura, donde son las fronteras levantadas por muros de libros sin leer las que dividen el planeta. Solo un personaje universal como el Quijote podría ser tan español aprovechando que en aquella época no había demasiados escritores anglosajones, o no tantos como hoy, naturalmente. Y es que gracias a la proliferación de países tras las últimas recalificaciones bélicas, unos de nuevo cuño y otros de vieja coña, no hay autor que se precie que no trufe sus renglones con menciones, referencias y parafraseo de escritores foráneos, ayer en francés y alemán, hoy en inglés o japonés traducido automáticamente. Sabemos que si un texto no alberga un puñado de citas de literatos extranjeros, no impresiona a nadie por mucho que estemos seguros de que la mayoría de los autores anglosajones que se citan en cualquier artículo periodístico no existen realmente. ¿Cómo renunciar a ellos? Nadie se va a molestar en comprobar quiénes son, ni mucho menos en si es cierto que dijeron lo que dicen que dijeron, pues a fin de cuentas lo de citar autores anglosajones no es más que una versión actual y cool de citar castizos refranes, pero para gente bien peinada.

Al margen de unos y otros, el hecho de que existan tantas definiciones de patria como convocatorias electorales nos provoca la sensación de ser algo que se vende al peso. Sin embargo, poca gente hemos conocido tan patriota como aquellos que no saben que pertenecen a una patria o, en el éxtasis de las sublimaciones, a aquellos que creen pertenecer a todas. Como decía Eugenio:

-¿Está usted empadronado?

-No, es mi carácter.

Y así. Son gentes que al preguntarles por su patria abren mucho los ojos primero, y las manos después, abarcando hasta donde alcanza la vista, como si la patria oficial, la otra, la de bisutería, fuese únicamente una etiqueta. Son este tipo de personas singulares las que en la soledad tumultuosa de las ciudades, cuando cesa la lluvia, dejan por un instante de respirar todo aquello que estén haciendo y saben recordar cuál es su verdadera patria. La reconocen como un aroma antiguo llegado de la niñez que les devuelve a ella. Esa es su patria, es ese olor que encierra todas las verdades que han vivido. Así lo cuentan sabedores de que su sitio es aquel, y que no pertenece a nadie más. Una cocina, un armario, una loción para el afeitado hurtado a un hermano mayor, un mar, un cielo, un lápiz que ha sobrevivido a los años en el último de los refugios inexpugnables, el alma.

Tal vez por ese motivo los libros, que también son patrias para quienes los aman, siempre huelen distinto los unos a los otros, incluso entre personas diferentes su cálido aroma es diverso. Sus páginas, donde dormitan aplastados en renglones como gusanos sus protagonistas y sus aventuras, guardan también el olor de lo que un día fueron para quienes los leyeron, la parte de una patria que recibimos y que habremos de entregar algún día en forma de triste herencia. Si podemos reconocer un libro antiguo por el olor que nos dejó a pólvora, a ron y a salitre mezclado con carmín, habremos recuperado esa patria que un mal día nos quisieron robar trocándola por la histeria.

La patria es ese olor de las cosas que nos hace únicos en ellas, y por eso no se puede explicar. Solo cabe fijarse en cómo lo último que hace una persona justo antes de morir es aspirar, una vez más, la última vez, para reencontrarse con ella. Después, bueno, ¿qué importa ya el después?

Iván Robledo

Gracias por comentar

A %d blogueros les gusta esto: