Es propio del ser humano recurrir a la ciencia para intentar comprender todo aquello que no desea saber. De este modo hemos conocido que el corazón es solo un músculo amorfo y viscoso que además se puede trasplantar, que los sueños no son más que pulsiones eléctricas, y que el olor a tierra mojada es en realidad una reacción química que recibe el pomposo nombre de petricor. El mundo, en definitiva, parece que ha dejado de funcionar a golpe de magia, pretenden decirnos, y ahora se mueve a convulsión de los dictados de la ciencia. Y eso, en parte, es un error. Que podamos comprobar empíricamente un fenómeno científico es solo una manera de cambiar el nombre a las cosas. Si se enciende la lámpara al pulsar el interruptor puede ser la consecuencia de ciertas estructuras y hallazgos físicos prolijos de relatar ahora, pero pagar la factura de esa luz cada mes solo puede considerarse magia. Y magia de la dura, además. O milagro.

Lo que sí parece claro es que cada vez somos menos los que aún creemos que todo el universo cabe en un pequeño transistor de esos que aún sintonizan onda media y funcionan con pilas de supermercado. Y menos aún los convencidos de que esas radios funcionan gracias a la magia de las hadas. Que esto último no haya podido demostrarse no prueba nada, pues la magia no admite prueba en contra, y conformarse con una explicación racional y científica es lo lógico para quienes no creen en los milagros, pues de otro modo sus cabezas estallarían. La naturaleza, que a veces es madrastra, también cuida de los incrédulos porque de otro modo no llegarían a nada en la vida, por eso les ofrece este tipo de explicaciones racionales que caben en un cuaderno de notas, y nunca en una novela. Los demás, los que resistimos, seguimos convencidos de la presencia de vida dentro de esos cacharros manoseados, y de que la antena que hay que sacar para sintonizar no es más que una suerte de caña de pescar con la que cazar al vuelo alguna voz con el cebo de nuestros deseos.

Radio

No es pues de extrañar que haya quien piense que la radio no es más que una evolución natural del libro. Si usted se fija bien, escucharla nos obliga a imaginar la escena que se nos relata, lo mismo una noticia que un comentario, una voz que una canción. La abstracción de su sonido, al igual que la lectura de un párrafo, provoca en el oyente y en el lector el efecto de recrear en la mente lo escuchado o lo leído, el paisaje, el rostro, las circunstancias, todo queda al albur del espectador y la riqueza de su imaginación. Hasta el color de lo oído y el olor de lo narrado es obra nuestra gracias a los datos que se nos proporciona. Nada que ver con la pasividad mórbida de la imagen televisada, que conjura otras potencialidades y otros sentidos, simplemente distintos pero prontos a la comodidad primero y al sonambulismo zombi después.

No se trata en cualquier caso de loar sin más esa cierta leyenda romántica que envuelve la escucha radiofónica, preñada de lirismo y hasta cierto punto cursilería idealizada, sino de poner algún punto en la ‘y’, la griega, de su coyunda con la cosa del leer. Porque, aparte de las salsas, pocas cosas hay más numerosas que las razones por las que uno lee. Y de entre todas ellas nuestra preferida es la que se refiere al hecho, no de leer en sí mismo, sino de leerle a alguien. Y es que si uno se fija los mejores libros son aquellos que, con independencia de su prosa, destacan por la prisa que nos urge a leerle a alguien una frase, un párrafo, unas páginas o todo él. Concebir un libro para poder serle leído a otra persona no es habilidad, sino un don que solo los dioses otorgan para demostrarnos que siguen existiendo.

-Quiero leerte esto…

Y, al hacerlo, ser uno los tres.

Porque sí, porque todos los libros pueden ser leídos en voz alta, hasta el más indigesto, pero son muy pocos los que fueron dolosamente escritos para serles leídos a otra persona, algo que hasta hace poco era muy mirado por los autores siempre pendientes de cosas muy distintas a las que hoy nos encandilan, tal vez porque se requiera un arte especial, tal vez porque no haya razones para hacerlo, tal vez porque quién sabe por qué. Y si escribir cualquier línea con la mente puesta en una lectura compartida resulta cosa de titanes, cuánto más importante hacerlo con el resto de los sentidos bien vestidos pensando en la persona que va a escucharlo. El cuidadoso esmero que hay poner en la letra se vuelve épico recreándonos al saber que va a ser leído en voz alta ante el auditorio más exigente, el de la persona a la que queremos. De ahí que, como decíamos, haya quien crea que la radio, ese transistor ergonómicamente creado para pegar al oído y que alberga todas las esquinas que hemos doblado sea la evolución de cierto tipo de, si no de libros, si al menos de lecturas, las que nos hacen un poco menos inhumanos. Escuchar la radio e imaginar lo escuchado como una gran representación teatral y leer con maneras de narrador un libro son, en definitiva, actos de magia dignos de hadas.

 Puede que también exista una explicación científica también para esto y así debe ser, pues nunca faltarán personas que en su tristeza no se rindan a la evidencia y necesiten una justificación que les permita dormir.

Iván Robledo

1 thought on “La relación causa-afecto

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