Todos hemos escuchado hasta la saciedad aquello de que ‘no te acostarás sin saber algo nuevo’. De ahí el insomnio que tanto aqueja al hombre moderno.

Y es que dormir, dormir bien, dormir como dicen que Dios manda, se ha convertido hoy día en una actividad de riesgo, casi un arte, tanto como acertar con un modelo de pijama que no resulte ridículo. Porque pocas personas son conscientes de que una desgracia puede hacernos salir de la cama y tener que vernos en la calle en pijama o camisón de puntillitas, situación límite que solo un espíritu ponderado es capaz de prever evitando traumas sociales futuros, entre otras cosas.

Quedarse dormido no es fácil y con razón, resulta complicado conciliar el sueño cuando se piensa, como hacía Mafalda, en quién puede dormir sabiendo que mil millones de chinos despiertos a esa misma hora están tramando algo, se nos ponen los ojos como platos sin rebañar y no hay pierna suelta que nos salve del desasosiego. A pesar de todo dormir une mucho porque, al igual que ocurre con la música, el ronquido es esa suerte de lenguaje universal que podemos encontrar allá donde quiera que viajemos. Roncar, una de las palabras más desafortunadas por horrísonas de nuestro diccionario, resulta tan humano como patear al que lo hace, una expresión de nuestra esencia que iguala a las personas como lo hace la muerte o el doblarnos un tobillo, roncan los ricos y los pobres, hombres y mujeres, zurdos y diestros, la gente normal y a la que le gusta el fútbol.

Escenas de cama

Pero no todo es hermoso en el roncar y lo prueba el hecho de que cualquiera es capaz de estar despierto mientras sueña, pero no mientras ronca. Ello puede deberse a que el dormir, tal y como se ha dicho, sea prueba irrefutable de la evolución natural. Ni siquiera el oso con su fama de dormilón es capaz de elegir sábanas con florecitas para hibernar como lo hacemos nosotros, ni la marmota se molesta en tener juegos de cama distintos para verano, cuando la canícula aprieta y ahoga, que para invierno. Ningún animal duerme como lo hace el hombre ni se espera que a pesar de la evolución de las especias alguno vaya a hacerlo, ni tan siquiera ese chimpancé al que algunos llaman primo lejano, que en las intimidades y parentescos de ciertas familias lo mejor es no entrar.

Poco y mal se ha escrito sobre el hecho de dormir. Parece fácil pero no lo es, el mito de echarse sobre una superficie mullida y acogedora para cerrar los ojos y entregarse plácidamente al sueño ha hecho muño daño en nuestros contemporáneos que por alguna extraña razón son muy de dormirse en los laureles con las rozaduras y entumecimientos que ello provoca. Pues bien, la verdad es que no es tan fácil hacerlo a partir de cierta edad, dicen algunos que por culpa de los malos hábitos de la vida de hoy, pero lo cierto es que quedarse dormido a las primeras de cambio es un lujo al alcance de la almohada de muy pocos, una epidemia que ni la actual tecnología que ha sustituido el contar ovejas por contar bits logra remediar.

Dicen que las mejores novelas surgen ahí, de cuando no podemos dormir, como si el no dormir fuese culpa de las musas, lo que parece mucho decir. Es cierto que la propia Agatha Christie escribía en la bañera, o eso contaba ella, que a simple vista se nos presenta más incómoda se mire como se mire que una cama, pero también es cierto que siempre hay reglas para cualquier excepción que se precie. Dormir, tal vez roncar, no tiene nada de glamuroso y las musas cuando llegan a esas horas no suelen hacerlo para fastidiar sino por despiste. De ahí que no haya novela de acción, digámoslo así, que consista en narrar como duerme alguien, desde que se acuesta hasta que se levanta, y cuyas páginas nos narren cómo transcurren esas horas de sueño. Si alguien fuera capaz de completar un libro cuya tema sea ver a alguien dormir habría conseguido dos cosas, primero, ser un pionero, y segundo que lo encierren de por vida en un loquero. Leer página tras página las evoluciones de alguien durmiendo, cuando ya sabemos el trágico final que le espera, despertarse, es un reto que tal vez por estar al alcance de cualquiera no hay quien lo asuma. Por eso rechazamos la historia de la Bella Durmiente y el gafe que la acompañó en su vida, porque sabemos demasiadas cosas del príncipe policromado y de cómo acabó la cosa pero nada conocemos de todo ese tiempo en el que la muchacha estuvo durmiendo salvo por comentarios indiscretos y no contrastados de los enanitos que velaban su descanso. No sabemos cómo dormía, si lo hacía de lado, bocarriba o encogida, ignoramos si la Bella roncaba o se abrazaba a la almohada, si babeaba o, en fin, nada de nada, todo se nos hacen elucubraciones. Solo imaginar sus ojeras al despertar o aspirar su aliento nos dice, y mucho, de cuánto tuvo que gustarle al Príncipe, pero ni siquiera eso es seguro porque el autor prefirió prescindir de tales detalles.

Y luego está el gracioso ese que dijo aquello de que La Vida Es Sueño. Claro.

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