Estar sobrevalorado está sobrevalorado, que es la manera de decir que no todo vale a la hora de decir que no todo vale en la vida.

Si algo hemos aprendido en nuestro devenir es que un gran hombre se reconoce porque no sabe que lo es, mientras que los demás nos rendimos al primer disparo admirando las virtudes en otros que se nos resisten o las habilidades que nunca tendremos, olvidando el valor de nuestras propias capacidades, lo que conlleva un riesgo serio de tropezar y caer de bruces en las frustraciones. Así, a lo largo de nuestra vida hemos escuchado como una cantinela incesante y cansina que el gran anhelo del ser humano en todos los tiempos es volar, hacerlo como lo hacen los pájaros, don de los cielos envuelto en un halo idealizado de libertad en un cielo donde no hay ataduras, donde sentirse soberano como las aves. Pues bien, es mentira. Lo sentimos, pero lo mejor que le ha podido pasar al hombre es no volar, y creer en la superioridad lírica de las aves solo porque surcan los cielos es cuanto menos necedad. Quien haya estado cerca de una gaviota sabrá de lo que hablo.

El hombre tiene prohibido por ley volar, resignémonos, es la conocida Ley de la Gravedad, la solución dada por el Creador para evitar que seamos tontos por encima de nuestras posibilidades. No fue un olvido sufrido al hacernos, sino un acierto en toda regla, una ley que, con toda su jurisprudencia, nos salva de nosotros mismos. Pensémoslo bien, en el cielo no hay nada y hace frío, y salvo para escapar de una cena familiar o de un acreedor, volar no nos sirve de mucho por bonito que parezca. Si todos volásemos se perdería la magia, sería algo ordinario, vulgar, y conociéndonos pronto nos aburriríamos y desearíamos no tener que hacerlo, los pájaros desde el suelo nos mirarían riendo como solo ellos saben hacerlos, con esa sorna esdrújula, porque no somos capaces de comprender el sentido de una rotonda y pretendemos organizarnos allí arriba donde no pueden plantarse señales de ceda el paso que desobedecer. No poder volar es un acierto supino y anhelar tener alas es muestra de nuestra sandez. Mientras volamos no podemos hacer otra cosa que no sea mover las alas, no podemos sostener en las manos una copa de aguardiente, ni ojear el periódico ni, Dios no lo quiera, jugar al fútbol si tras cada patada el balón cae sin remedio al suelo. Nuestra incapacidad para surcar los cielos estériles nos privaría de tanto romántico suicida, de paseos por las alamedas, de oler las flores o de verla a usted de cerca. Si todos pudiésemos volar, ya se sabe, lo más probable es que acabaríamos tapando el sol.

Hay a quien pretende volar como los pájaros, y hay quien logra hacerlo como los hombres, más alto, más lejos, con la tierra en los pies. Para ello sueñan, y sueñan que sueñan, son los que vuelan con un libro en las manos. Hasta donde sabemos, los pájaros no saben leer ni hay constancia de su interés por hacerlo. Si usted se fija nada se parece más a un ave en pleno vuelo que un libro abierto, sus formas reproducen la del animal pero sus páginas son capaces de llegar donde ninguno de ellos puede imaginar, con un libro aleteando entre los dedos podemos alcanzar la más lejana galaxia y estar de vuelta para la hora de la cena. Así lo dispusieron los siglos y así se cumple hoy. No, el hombre no tiene alas, pero su pluma es capaz de hacernos volar a lugares que nunca existieron hasta que los leemos, y llevarnos en sueños a paraísos que todavía no han sido creados.

Cuando lo hacen, las aves no saben que están volando, ignoran la belleza de sus cabriolas entre las nubes, desconocen la gracia de su canto, no comprenden la hermosura feroz del picado de una rapaz. Las aves son flores con alas, decía Quevedo, y a nosotros nos corresponde ser como Ícaro en su afán, volar, volar hasta perder las alas y precipitarnos hasta recobrar el ser. Cada vez que leemos iniciamos una emigración, compartimos páginas con seres que no conocemos en otras partes del mundo, leemos lo que ellos leen, las mismas palabras, los mismos suspiros, las mismas comas que nos hacen comprender lo que va a decirse. Compartimos una lectura como las garzas la meseta a vista de garza, como los estorninos bailan antes de ir dormir, abrir un libro es desplegar las alas dejándonos caer desde un campanario. Para las aves nuestra vida, lo que somos, es el reflejo en el cielo de cuanto sueñan, pero jamás comprenderán que cada palabra de nuestros libros, los que los hombres han escritos desde que tuvieron conciencia de ser hombres, es un batir de alas. Si lo supieran dejarían de volar y, a nuestro lado, se sentarían a compartir esas páginas.

Siempre he admirado a las personas que sueñan con volar. Por su honestidad, por sentir como sienten los niños, por su deseo de ser de algún modo inmortal. Pero debemos tener cuidado y no confundir el deseo de volar con el de ser un pájaro. Sobre estos mejor no decir ni pío.

Iván Robledo

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