El Mediterráneo es el mar que media entre las tierras de Europa, Asia y África, “pintando de azul sus largas noches de invierno” como canta Joan Manuel Serrat en uno de sus más grandes éxitos. Es el mar que ha contemplado de cerca civilizaciones tan importantes como Egipto, Grecia, Roma y el Imperio Otomano.

En su orilla norte baña las costas de los siguientes países: Italia, España, Francia, Mónaco, Eslovenia, Bosnia, Herzegovina, Croacia, Montenegro, Albania, Grecia y Turquía. En su orilla oriente dibuja las de Líbano, Siria, Israel y la Franja de Gaza. En su orilla sur bordea las de Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos.

En Europa, en el norte de esta extensión de agua salada, cuya longitud costera es de 46.000 km, de los cuales el 40% pertenece a islas, dominan los sistemas políticos democráticos y la religión católica. En el oriente, en Asia, es mayoritaria la religión judía y en el sur, en África, la religión musulmana. El norte es rico y el sur más pobre, con la particularidad de que muchos africanos, del norte y centro de su continente, se asoman y cruzan el Mediterráneo para llegar a Europa y encontrar allí trabajo, así como un mejor medio de vida del que tienen en sus países de origen.

Europa, a su vez, que mantiene una población envejecida, necesita mano de obra abundante, pero no quiere, en general, aunque es encomiable la política migratoria de Alemania y Escandinavia, abrir sus fronteras a los inmigrantes del sur, a quienes, desde hace siete años, se une la población que huye de la guerra civil de Siria, la cual no parece tener fin.

La semana pasada hemos celebrado el Día de Europa, el 9 de mayo, también el festival el festival de Eurovisión el sábado 14, y casualmente, el lunes 7 de mayo el juicio contra tres bomberos españoles, pertenecientes a la ONG Proem-Aid, acusados por la justicia griega, de tráfico de personas en el mar en enero de 2016, cuando en realidad estaban salvando de morir ahogadas a cientos de ellas, al volcar sus endebles lanchas neumáticas, con las que cruzaban, y cruzan, el Mediterráneo huyendo de la guerra y del hambre.

Ha sido una semana, por tanto, de euforia europeísta, ya que incluso en el festival de Eurovisión el repertorio de canciones ha tocado temas como el terrorismo, el rescate de refugiados en el mar y el feminismo. Porque queda mucho corazón y solidaridad en la población del viejo continente.

Por fortuna, la sentencia ha sido absolutoria para los tres bomberos, pero el juicio pone de relieve la sinrazón de que no sean los estados (La Unión Europea financia el Frontex, la policía de fronteras, que es incapaz de impedir todos los ahogamientos) quienes están rescatando a seres humanos en el Mediterráneo, sino entidades particulares de corte humanitario, con peligro de ser condenadas a prisión.

La locura nos envuelve en un egoísta marco legal. Las fronteras políticas se imponen como medio de salvaguardar la riqueza. Pero el mar desafía a unos y a otros y en sus olas revuelve a ricos, pobres, musulmanes y cristianos.

Es vergonzoso que, tras tantos siglos de convivencia, no hayamos progresado en nuestras posturas para acercarnos a conversar el norte y el sur del Mediterráneo, y haya tantas diferencias en la manera de afrontar la vida.

Es imposible de entender que la cuna de Molière, Descartes, Rousseau, Víctor Hugo, Balzac, Stendhal, la de Dante, Boccaccio, Manzoni, D,Annunzio, las ciudades natales de Homero, Sófocles, Eurípedes, o Cavafis no clamen por salvar las vidas de los refugiados, que huyen de las bombas y la muerte ni exijan de sus estados y dirigentes políticos que trabajen por evitar estas muertes constantes.

Tres puntos del Mediterráneo son las rutas donde se concentra el insuficiente rescate de náufragos:

1) la Isla de Lesbos, en Grecia, a donde llegan a millares lo refugiados sirios, hacinados, desorientados, expuestos a todo tipo de abusos, muchos sin hablar inglés ni italiano ni francés, amparados por salvavidas pinchados, en una travesía mortal por la que pagan su sueldo de un año.

2) el centro, el Adriático, lugar por el que cruzan cientos de africanos, cientos de ellos niños, viajando solos, desde el interior de África y embarcando desde Libia, estado actualmente fallido y lleno de mafias, al que la Unión Europea subvenciona para acoger refugiados, en balsas sobre las que se alinean a horcajadas, aguantando el hambre, el sol, la sed, el olor a gasoil y el posible temporal, huyendo de asesinatos, de violaciones y de ser tratados como esclavos. Cinco años después de la muerte del dictador Gadafi, que gobernó Libia, éste es un país que se descompone en una carrera de pequeños colectivos luchando entre sí por el poder y el dinero.

3) el Estrecho de Gibraltar, que cruzan cientos de inmigrantes, en patera, procedentes del norte y centro de África, salvados continuamente por la armada y ONGs españolas.

España está cumpliendo su compromiso de recogida de inmigrantes solo en un 13%. Hungría cumple el 0% y Finlandia el 94%, por poner distintos ejemplos de países europeos. Nueve barcos de ONGs distintas llegaron a rescatar personas en el Mediterráneo en 2017, pero la armada italiana y griega, entre otras, con sus amenazas de detención de barcos y rescatadores, ha conseguido que los barcos y ONGs activos disminuyan drásticamente. Son entidades españolas, alemanas y francesas las que a día de hoy quedan salvando vidas desinteresadamente, sobre las aguas mediterráneas.

 

Al menos 2.726 personas han desaparecido o muerto en el mar Mediterráneo tratando de alcanzar las costas europeas hasta octubre de 2017, lo que supone casi la mitad de las víctimas migrantes de todo el mundo y se calcula que 14.000 han muerto en este mar en los últimos tres años. Su tumba es el olvido y sus familias en Siria y África desconocen su paradero.

En 2017, la cifra de migrantes y refugiados que han llegado a Europa por mar ha alcanzado las 139.763 personas hasta octubre, algo menos de la mitad que el año 2016, cuando se registraron 312.153.

España en este sentido es el segundo país con menos llegadas, con 12.122 personas recibidas y al menos 138 muertes en lo que llevamos de año.

El tratamiento a los refugiados rescatados en el centro y este del Mare Nostrum es inhumano, pues tras el salvamento les espera largo tiempo en campamentos insalubres y una política incierta de reagrupamiento familiar y empleo, muy variable según el país de llegada, ya que no existe una política común migratoria.

Sería curioso preguntar a egipcios, fenicios, israelitas, griegos, cartagineses o romanos antiguos si es concebible esta sangría actual de vidas humanas, que viola la ley del mar antigua y moderna.

Después de estas víctimas, otro gran problema del Mediterráneo es la contaminación de sus aguas por las siguientes causas:

1) Es un mar casi interior, pues su única salida al océano Atlántico es el Estrecho de Gibraltar, de unos 14 kilómetros de longitud.

2) Acoge la desembocadura de grandes ríos (Ebro, Ródano, Tíber, Nilo) con su aluvión de tierras y componentes orgánicos.

3) Toda su costa está edificada, a distintas alturas, y frecuentada por autóctonos y turistas, que muchas veces arrojan plásticos, aceites y gasoil de los tanques de sus barcos al mar, así como aguas fecales en algunas zonas.

4) La belleza y temperatura de sus aguas favorece el comercio marítimo de mercancías y viajeros, además de la sobrepesca. Los caladeros están hiper explotados y se necesitan cada vez más años para recuperar la fauna marina. Los continuos cruceros turísticos, con barcos de miles de personas, ansiosos de visitar calas inexploradas y fondos acuáticos inéditos, se prodigan de este a oeste, de Tarifa al Mar Negro, e incluso ascienden por los ríos navegables hasta el interior, con lo que la huella humana y sus peores consecuencias: basura, deterioro, destrucción de hábitats naturales para edificar ciudades, etcétera, es inmensa.

5) Por otra parte, el cambio climático afecta aumentando la salinidad de este mar y su temperatura global, lo que cambia los componentes químicos en los que viven especies vegetales, rocas, peces y moluscos muy variadas y valiosas, algunas en peligro de extinción.

6) El Estrecho de Gibraltar es un lugar de paso importante para la fauna, tanto de aves migratorias que viajan estacionalmente entre Europa y África, como de cetáceos entre el Mediterráneo y el Atlántico, que se ven muy perjudicadas.

Es preciso salvar a la gente que muere en el Mare Nostrum y descontaminarlo de residuos. Hay que hacerlo por imperativo moral y por supervivencia de nuestra especie.

                                                                                                                                                                                                                                                       Teresa Álvarez Olías

 

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