Cada vez son más las personas convencidas de que los grandes males del mundo moderno podrían evitarse si leyéramos más.

No porque leer nos haga mejores o menos brutos, aclaran, sino porque el tiempo que dedicamos a tener un libro entre las manos no lo emplearemos en hacer ni, peor aún, decir sandeces. Por ejemplo, qué nos deparará el futuro, ya que uno de los grandes inconvenientes a la hora de adelantarnos a lo que marcan los relojes es que en el futuro todavía no hay nadie que nos explique qué hacemos allí. Que cada cosa tiene su tiempo es la mayor enseñanza que nos ha transmitido la no siempre bien entendida sabiduría popular, esa que cada noche se empeña en demostrarnos con pruebas irrefutables lo tonto que somos desde que nos despertamos. Con el tiempo, como con la comida, no se juega, y pretender andar de acá para allá como si aquel no existiese es cosa fútil. Hoy todo son prisas contagiosas y corremos más que las almas que antaño llevaba el diablo, pero lo hacemos sin movernos de la silla porque, en contra de lo soñado, la modernidad nos ha llegado con la forma de rueda para hámster de siempre aunque más grande, con más aplicaciones y mayor cobertura. Eso sí, siempre en la misma dirección.

Hubo un tiempo, tan cercano que todavía puede verse desde la ventana, en el que la vida y sus cosas se explicaban deshojando margaritas. No había cuestión que se resistiera a semejante vaticinio vegetal pero sí, si la cosa se torcía, margaritas bastantes a las que convencer con nuestro veredicto. Las margaritas, lo sabíamos por experiencia, podían equivocarse, y por esa razón tomábamos otra, y otra, y otra más si la creíamos errada. Arrancarle los pétalos a una margarita lo podía hacer cualquiera si de adivinar el futuro se trataba, pero volver a colocarlos de nuevo y que siguieran frescas no estaba al alcance de todos si de arreglar el pasado se trataba. ¡Cosas de la sabiduría popular!

Si de verdad alguien quiere acercarse al mañana para conocer cómo será nuestra vida, nada mejor que empaparse de un buen puñado de novelas futuristas y pensar que el futuro será todo lo contrario a lo que se ha escrito. Leyéndolas tenemos la impresión de que el futuro juega con nosotros comportándose de manera opuesta a cómo lo imaginamos, con la chulería de quien lo hace a propósito. No existe, que se sepa, novela futurista que haya acertado en sus vaticinios, un género literario tan adorable como escurridizo al que junto a los libros de autoayuda y los de poetas sociales, sí se le puede acusar y con razón de la deforestación.

-¿Ni siquiera el 1984 de Orwell acertó con su visión del futuro?,-, pregunta el de siempre en la sala.

-No. El libro hablaba del presente, lo que entonces se conocía como comunismo. Acaso el Apocalipsis, pero llegado el caso no tendrá importancia.

Y así.

Desde que el hombre metió un puñado de arena en un reloj y dijo que eso era el tiempo, girándolo cada vez que se llenaba, no levantamos cabeza. Es lo distópico, que se dice ahora poniendo los ojos en blanco. Mientras vivimos, el tiempo es lo que pasa entre muerte y muerte de gente conocida, nos admiramos de lo joven que era Fulanito al dejarnos, o cuánto vivió Menganito con la mala vida que llevaba, y entre uno y otro estamos nosotros, como si las muertes ajenas marcaran el ritmo de nuestra existencia. Tal vez la historia de la Humanidad no sea otra cosa que un recopilatorio de esquelas y por eso nunca hablamos ni escribimos sobre el futuro al estilo los clásicos helenos, como si ya hubiese acaecido con anterioridad.

El tiempo, como decíamos, tal vez sea solo una metáfora, la de un columpio que cuelga en un jardín. Puede que por eso los escritores futuristas suelan columpiarse en sus diagnósticos, pero puede también que el futuro sea algo que solo está al alcance de los niños. El columpio es a la física de la química de los hombres un péndulo que comprende la totalidad de sus leyes. Sentarse, impulsarse, vencer la inercia, propagar el movimiento, excitar las ecuaciones, cumplir sus máximas, todo es posible para quien cree en la inocencia de un juego perfecto. En su movimiento avanzamos más rápido que nuestro tiempo pero, en su paradoja, en realidad solo tomamos impulso para volver a retroceder al pasado, donde vivimos, retomando luego con un hábil movimiento de cuerpo y piernas un nuevo impulso para avanzar, y luego retroceder, y el poder divino de mantener esa constante hasta que nos avisan porque es la hora de comer. Un columpio en un jardín es el péndulo de cualquier luna y nosotros, el que juega sentado en él, quien marca su tiempo. Y, como todo en esta vida, no hay columpio que no necesite siempre de un primer impulso para ponerse en movimiento ni, como todo en esta vida, más dramática imagen de la tristeza y desolación que un columpio abandonado y roto en un parque.

El vértigo de abrir un libro o balancearse en un columpio es buscar una nueva historia, un nuevo porque sí en blanco y rojo, ir y volver, adueñarse del tiempo por un instante. Montar en un columpio es darle cuerda al mundo. Solo basta decir sí.

Iván Robledo

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