Uno, de manera incomprensible, se confiesa ferviente admirador de las personas que son fervientes admiradoras de lo incomprensible.


No de las personas admiradoras de algo admirable, como sería lo lógico, y ni siquiera de la cosa admirada, sino admirador de la admiración de lo incompresible ya que es la admiración hacia esa admiración, y no hacia lo admirado, lo que hace admirable lo incomprensible. Como admirar los truenos y los relámpagos, que hace que la admiración que provocan provoque en sí misma una admiración admirable. Lo incomprensible en el caso de estos fenómenos es que la incomprensión se debate entre quienes ponen el acento en el daño y el miedo que causan, y los que ponen la tilde en la belleza que irradian. Nadie puede negar que existen tantas razones para repudiar esta admiración que podríamos llenar volúmenes completos con ellas, mientras que existe solo una razón que explique su belleza: que resulta inexplicable. Y eso de que haya pulsiones humanas inexplicables es algo que se hace admirable.

La admiración hacia lo incomprensible del relámpago y su trueno se manifiesta en el momento en el que, ante una misma realidad, haya quien solo vea el daño y el estrago, y haya quien encuentre arte y nobleza en ellos, que a unos se les revuelvan las tripas y que a otros se les erice el vello. Nadie sabe la razón última de tan dispares reacciones pero es algo que ocurre en la vida real, que es esa que transcurre más allá de los adjetivos, las etiquetas y las consignas virales. Es como si hubiera un resorte íntimo en la persona que la lleva a ver la vida desde una óptica visceral al margen de componendas, de tal modo que en lugar de gritar de espanto ante el estruendo del trueno y el fogonazo del relámpago, aplauden espontáneamente la faena de la naturaleza, y tan incomprensible es que parece peligroso, pues peligroso es para ciertas colectividades que haya sentimientos incomprensibles. Resulta admirable que a lo largo de los siglos nunca ha faltado quién de encontrar arte en la capacidad destructiva de la naturaleza, y así se han encargado de mostrarlo en la pintura, la escultura o la escritura, y frente a estas obras solo podemos tratar de comprenderlas o negarlas mirando hacia otro lado que, bien entendido, es otro tipo de arte.

Si el trueno no asustara, se dice, o el relámpago no congelara el movimiento, no habría existido para tantos artistas el tremendismo como esa singularísima expresión del genio humano según tan personal criterio artístico. Y esto nos lleva a replantearnos, tal vez, no el miedo hacia lo incompresible sino el concepto mismo del arte. ¿Se puede encontrar arte en el miedo irracional? Son muchos los que aseguran que sí se puede, y esto presenta un grave, gravísimo, problema. ¿Importa más el arte que la visión de la destrucción? Cuando se releen textos sonsacados del horno crematorio de respetadísimos autores que hunden sus manos en ese tremendismo, la pregunta se hace inevitable: ¿cuál es la pregunta que debemos hacernos? Porque la respuesta ya la sabemos, y es que no hay respuesta o, dicho de otro modo, es imposible conciliar los dos puntos de vista antes comentados: por qué donde unos sienten terror, otros encuentran arte.

Correr detrás de un trueno o tratar de agarrar en la noche un relámpago con las manos solo lo han hecho artistas que desconocían que era imposible hacerlo, gentes que no sabían que lo que sentían era eso que todos llaman miedo aunque notaran su aliento en la espalda y el frío del relámpago entre los dedos. Son lo que corrieron más que el espanto y volvieron para contarnos que hay vida al otro lado de esa carrera. Entonces es cuando te hablan de la tormenta, de la tierra que regurgita sus monstruos al trote, al galope, reproduciendo la lucha por la soberanía y el trono sobre la faz de esta tierra que pisamos. Te hablan del terror a no sentir terror cuando oímos cómo se acercan, y que te cuentan que llegan, que están cerca, y que tienen nombres para que los recordemos y un apellido marcado a hierro.

Pronto nada quedará de todo esto, apenas el rastro de una página arrancada del libro de la historia. El género que habla de esos hombres se extinguirá algún día cuando después de pasar el último rayo no haya quien quiera abrir más los ojos a causa del miedo a tener miedo. Entonces, cegados, alguien los llevará del brazo a un remanso, junto a algún río melancólico, donde un pequeño grupo de personas pareciera estar recitando algo entre paseos, para que permanezca en su memoria todo aquello acerca de lo que un día dejó de escribirse y poder transmitírselo a un futuro sin miedo.  Acercándose a una de esas personas cualquiera podrá escucharle decir, como quien memoriza, el último hálito de un postrer trueno:

…lo encuentra diminuto

todo mi corazón desmesurado,

y del rostro del beso enamorado,

como el toro a tu amor se lo disputo.

Iván Robledo

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