De quejas, quejicos y quejíos

Puede que, a pesar de todo, el que tengamos que vivir en la Tierra sea una buena idea. Baste pensar que si viviéramos en Saturno solo celebraríamos una Nochevieja cada 30 años, que echando cuentas nos saldría a dos o tres raquíticas rondas de uva por cabeza a lo largo de la vida. Pero es que si habitáramos en Mercurio tendríamos uvas (y noche de Reyes y cenas con cuñados) cada 88 días y eso no hay bolsillo que lo aguante, o tendríamos cuatro campeonatos de liga de fútbol, ¡cuatro completos!, cada año, y eso no hay corazón de aficionado al Atlético que lo soporte. Y sin embargo, nunca faltan aquellos a los que también les parecen mal estas cosas y pretenden hacer de su queja, de su santa queja, la razón de nuestras vidas, esos mismos jeremías que nos avisan entre lamentos de la llegada de la Navidad con semanas de antelación para que sepamos cuánto pueden llegar a sufrir con las alegrías de los demás.

Lo cierto es que pocas cosas distinguen más al ser humano de los animales que su capacidad para la queja, que no hay que confundir con el dolor o la pena, sino con la queja así, en bruto, como hábito u oficio, la queja como manera de entender la vida. Uno siempre ha gustado de rodearse de gente pronta a la queja, esas personas que no cesan de recordarnos que todo les va mal, porque conocerles es la mejor manera que tenemos para darnos cuenta del valor de lo que somos. Cuando escuchamos a alguien quejarse mucho es cuando comprendemos que lo poco o nada que poseemos tiene un grandísimo valor, y que los que para otros serían migajas, para nosotros son lujos asiáticos en realidad, o que lo que otros ansían son, eso sí, migajas con las que tapar ciertos vacíos llenos hasta rebosar de muchas nadas. Tal vez la queja sea uno de los parámetros más fiables para conocer el nivel de estulticia al que puede llegar una sociedad,  cada época ha tenido su propia idea sobra la queja y, por consiguiente, sobre la necesidad más o menos intensa de que los demás sepamos que alguien se está quejando. Aunque quejarse no sirva de nada si nadie se entera de que nos estamos quejando, los nuevos tiempos han traído consigo profundos cambios en nuestras costumbres, y lo que antes se solucionaba dándonos cabezazos contra la pared ahora se arregla escribiéndolo en alguna red social. Sabemos que se logra lo mismo, pero se gana mucho en limpieza.

Como tantas cosas en esta vida, quejarse se ha democratizado y ha pasado de ser una guerra de guerrillas a un derecho de tomo y lomo bajo el lema ‘un hombre, una queja’. Y, sin embargo, a pesar de tan colosal avance se echa en falta una racionalización de este derecho al pataleo entre esos cansinos que no dejan de quejarse y esos seres inquietantes que todo lo ven bien y hermoso. Porque si bien es cierto que las verbenas van por barrios y que todo depende del color del cristal de las gafas con las que miramos la vida, no debemos olvidar que hay gafas para miopes y gafas para hipermétropes, sin contar tuertos y bizcos, y un poco de orden habría que poner en la cosa del quejarse para que haya para todos.

Así están la cuestión de la queja hoy, cuando uno no es hoy nadie si no queja de algo de lo que haya que quejarse oficialmente según la lista de quejas oficiales en mano. Contra el vicio de quejarse está la virtud de pedir, aunque sean peras al colmo, pero hay que hacerlo bien, bonito cuando es posible, y nada mejor para una queja donosa y hasta elegante que la lectura de los clásicos literarios, aquellos capaces de convertir la queja en suspiro y aliento que daba vida a quienes se reconocían en ella cuando leer era, en sí mismo, un acto de rebeldía. La queja no era una rabieta, sino un estado de desánimo que cualquier novela sabía exponer, tras la trama, el nudo generalmente apretado al cuello, y un desenlace en el que siempre ganaban los mismos ancestros de los de hoy. Pero se leía, y leer era quejarse en voz baja, entre líneas y dientes afilados, quejas como versos que convertían en labios las prosas. Leer, querer hacerlo, era la forma de entender la queja y hacer de ella una razón para no existir. Había quejas voluminosas y otras que no pasaban de unas pocas páginas que apenas pesaban, como el alma, quejas soeces y quejas versutas, quejas de andar por casa y quejas de echarse al monte. Se leía porque no había queja que no hubiese sido ya inventada primero, transcrita después y llorada al fin. La queja, como los muertos, viven entre esas cuatro paredes de papel porque saber cómo quejarse es cosa de tener pudor y cortesía, quejarse es no molestar al fin y al cabo que la queja, como el pecado, nació para escondida, o algo parecido decía Quevedo, el creador de la queja como género literario.

Si mañana hemos de volver a quejarnos prestemos antes oído a las quejas que nos llegan de los demás. Solo entonces comprenderemos que a la queja le ocurre lo mismo que al humor, que solo es auténtico si primero somos capaces de reírnos, o quejarnos, de nosotros mismos. Si somos capaces de reconocerlo podremos devolver la queja a su ámbito natural, el de los jubilados hablando de salud, y el de los cantaores de flamenco.

 

Iván Robledo

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