La luna vino a la fragua 
con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

“Romance de la luna” de  Federico García Lorca

El 20 de julio de 1969, a las 2,35 horas de Houston (EEUU) llega a la superficie lunar la nave Apolo XI, tripulada por tres astronautas norteamericanos: Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins. Este hito histórico, ocurrido hace cincuenta años, retransmitido en directo por la incipiente televisión a todo el mundo, tiene rango similar, en importancia para el desarrollo humano, a la adopción de la postura erguida para atisbar a los animales en la sabana, al descubrimiento del fuego, al desarrollo de la agricultura o a la invención de la escritura.

La luna, nuestro satélite, siempre ha sido objeto de culto para la humanidad. Colgada del cielo, crece y decrece a la vista, según la semana o fase, e ilumina las noches con su luz fría y blanca, con su embrujo total sobre animales y océanos del planeta Tierra.

La luna es el astro que encandila a los enamorados, a los locos, a los poetas y novelistas, a los niños, a los noctámbulos. Es el faro que ilumina los caminos agrestes, el queso que brilla sobre los ríos y estanques, el aro de fuego que riela sobre las olas en la noche marítima. Es el consuelo de las almas tristes e insomnes y el regalo que los amantes, utópicamente, quieren entregarse como prueba de su embeleso mutuo.

Durante milenios los seres humanos se han sentido amparados por ella y se han preguntado de qué materiales estaría hecha, cómo habría surgido y si sería posible llegar a tocar sus rocas, caminar por su superficie, y en definitiva, cumplir el sueño de conquistarla. Siempre fue impensable imaginar siquiera que un ser humano pudiera elevarse hasta el firmamento, y mucho menos alcanzar la velocidad y la potencia precisas para dominar el espacio entre la Tierra y la Luna, pues todo ello suponía un sacrilegio, un reto a la ciencia y a las religiones, una utopía y al mismo tiempo un sueño.

Pero el avance de la aviación desde principios del siglo XX, así como los descubrimientos científicos y tecnológicos de las dos devastadoras guerras mundiales, unidos a la competitividad política y económica de los dos países más ricos del mundo: URSS y Estados Unidos desbancan la utopía en los años 60 pasados. Así se diseñan y entrenan naves espaciales, se traza un engranaje de telecomunicaciones, se adopta un novísimo protocolo de navegación, alunizaje y aterrizaje, que consigue la ordalía de nuestra especie: viajar a la luna, fotografiar su paisaje, recorrerla, plantar la bandera americana en su superficie y finalmente, regresar con éxito a la Tierra.

Ser coetáneos de este prodigio representa un gran honor. Nos da idea de la fuerza de nuestra inteligencia común, pues fuimos capaces de abandonar las cuevas donde nuestros ancestros vivían, de obtener nuestro sustento sembrando plantas, de sobrevivir durante miles de años, y finalmente de salir al espacio exterior y regresar a nuestro planeta de manera ordenada. Quiero obviar las guerras, la crueldad hacia nuestros semejantes, el egoísmo y la pereza que también nos caracteriza a los humanos y nos avergüenza, pero que crecen conjuntamente con la fuerza de trabajo, el pensamiento y la ayuda mutua que hicieron posible hacer orbitar el Apolo XI.

Son numerosas las referencias literarias a la luna, ya que la fascinación por nuestro satélite, por su belleza pálida, misteriosa y redonda atraviesa la prosa y la poesía. García Lorca y Miguel Hernández, entre tantos otros poetas mundiales, la citan en sus versos. También es una imagen recurrente en los cuadros impresionistas o futuristas, y la luna llena es el icono del hombre lobo, de las series y libros de terror, de los instintos indomables, de los crímenes incontrolados y los seres de ultratumba.

Hace medio siglo tres hombres pisaron el astro más cercano al nuestro. Desde entonces existe controversia entre la mayoría de la población creyente en la llegada a la luna y una minoría incrédula de este hecho. Desde entonces la ciencia y la técnica confían en ampliar la conquista espacial hacia Marte por naves tripuladas y hacia otros planetas y estrellas por naves sin presencia humana. La ciencia ficción y la realidad se han desarrollado al máximo en este medio siglo y miles de congéneres anhelan embarcarse en la conquista del universo. Un matiz insospechado y nuevo se ha instalado en nuestras conciencias: ya sabemos, a ciencia cierta, que es posible huir de nuestro planeta amado si el cambio climático o la hecatombe nuclear nos atenaza hasta el extremo.

Recientemente, los gobiernos norteamericano y chino han manifestado su intención de impulsar la carrera espacial, y de hacerlo enviando también a mujeres astronautas en las naves que viajen a los distintos astros celestes. Parece lógico y muy valiente afrontar este órdago que el pulso de la historia plantea de manera casi inminente. La luna marca la vida de las mujeres. Concuerda con nuestro ciclo menstrual y mide la duración de nuestros embarazos. Yo no desearía, en este punto, enjuiciar las prácticas de brujería y medicina popular que históricamente se han achacado a las curanderas de nuestros pueblos y ciudades, y que se veían muy influenciadas por la lunas y sus fases.

Por otra parte, discutir si sería más justo dedicar los miles de millones de dólares de la carrera espacial a cualquier necesidad social de los más humildes de nuestro mundo no parece que convenza a los poderosos que nos gobiernan. Igualmente, la decisión sobre la robotización masiva no es opcional, sino una clara apuesta económica y política. Muy posiblemente, la robotización y la conquista del espacio se alíen para mayor gloria de la humanidad, como previó el gran autor de ciencia ficción y reputado científico Isaac Asimov en su prolija obra sobre el universo y los robots.

Otro visionario escritor, Julio Verne, imaginó en Viaje de la Tierra a la Luna, un despegue de nave espacial casi tan auténtico como el real de 1.969, lo que da idea de la persistente e imaginativa voluntad humana.

Destacaría, en fin, que aún ignoramos la composición detallada de la cara oculta de nuestro satélite, que resulta sublime el avance prodigioso de la aviación espacial y que a veces yo misma no entiendo o no quiero entender lo que ocurre a mi alrededor, porque adoro estar en la luna.

Teresa Álvarez Olías


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