Hace unos cuantos años ya, una conversación en una noche de verano fue el inicio de una investigación sobre el cuerpo y el mundo virtual. A un adolescente le llegaba por WhatsApp una foto de un compañero de instituto con una mueca en la cara, durmiendo. Reía sin parar y me preguntó si me pasaba la imagen. Mostré mi negativa. Realmente no me interesaba, pero le di unas cuantas vueltas al porqué. Para mí la cuestión de fondo es un problema de banalidad, concretamente de banalización del cuerpo. Ahora que somos conocedores de situaciones bastante dramáticas en torno a las consecuencias que puede tener la difusión de la imagen de un cuerpo o de una escena de calado sexual, parece que deberíamos estar algo más concienciados, pero tal vez no lo estamos lo suficiente.

Hoy, después de esos cuantos años, me he vuelto a encontrar una situación parecida. En este caso, se trata de un contenido donde los protagonistas hacen gala de su ignorancia, una ignorancia de mal gusto en la que, por ejemplo, se asocia el nombre Ana Frank a “follar con mi novio”; y las chicas que estaban viendo el contenido, reían y comentaban las peripecias y los exabruptos que dejaban caer. Más que un acontecimiento de humor es una dinámica de burla. El primero no es susceptible de morbo, la segunda sí. Estaban en una distensión que no he podido evitar romper por un momento, creo que sin éxito. Los personajes en cuestión tienen seguramente más seguidores que una revista cultural como ésta.

Creer que un vídeo de contenido sexual que otro ha grabado y difundido, no deja huella en ti, a quien llega y que difundes después de haberte reído, es falto de razón.

Belén Blesa

La imagen del cuerpo como contenido en la red nos lanza a un asunto mayor cuyas consecuencias se nos escapan. Es evidente que la imagen del cuerpo propio, pero también del cuerpo de otro, convertida en objeto de burla, deja una huella en la conciencia. Es importante analizar con esmero el recorrido, y ahí es donde se debe incidir educativamente. Creer, por ejemplo, que un vídeo de contenido sexual que otro ha grabado y difundido, no deja huella en ti, a quien llega y que difundes después de haberte reído, es falto de razón. Este tipo de acciones concebidas sin importancia, configuran el engranaje de la banalidad y dan lugar seguramente a un deterioro, cuando no a un sufrimiento, del que uno participa y que sería evitable si pensáramos en lo que hacemos. No es necesario que el caso se haga mediático. Hay un daño, también para quien no es el sujeto del cuerpo burlado, porque se trata de un semejante. Y sigo: si el otro frivoliza con su cuerpo y el de otra persona y difunde imágenes, (normalmente lo hará por odio, celos, venganza), alguien tiene que ser capaz de parar ese circuito. Esto me evoca una performance de Marina Abramovic, Rythme 0, que trata sobre la agresión pasiva y la acción del público.

Si no es el cuerpo el contenido de la burla sino hacer gala de una ignorancia tan bárbara, la situación es de una tristeza sin límites. Aplica para quien lo hace y para quien lo rebota el mismo análisis anterior. Este tipo de situaciones cotidianas debe impulsarnos a pensar y poner en marcha procesos y prácticas que contribuyan a un conocimiento de uno mismo que es donde empieza cualquier transformación.

Belén Blesa Aledo

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