Sepa usted, señora, que la eternidad dura lo que le da la gana. Por eso no se extrañe si le digo que el otoño ha venido y que todos saben cómo ha sido. O casi todos, claro. Esto es algo que no pasó cuando lo de la primavera, recuerde, que cuando llegó nadie supo cómo había sido, aunque no creo que sea del todo así porque a veces confundimos las cosas. Es verdad que llevamos mucho trecho del año cabalgado, y que ya hay confianza, y que esperábamos al otoño como para la sobremesa, apacibles y confiados. Lo de la primavera era otra cosa, que nos pillaba sin avisar entre salpullidos y primeras comuniones y entonces era todo distinto. Ahora estamos más relajados y tras las lluvias de siempre los cauces vuelven a sus ríos y la cotidianidad hace que nos sintamos mejor, como que todo sigue pasando sin más, como debiera, como debiese. A veces es como si al llegar el otoño fuese de repente el cumpleaños de todos a la vez, que es difícil que ocurra pero también bonito que así fuese.

Hay quien piensa que no es el otoño el que llega, sino que somos nosotros los que nos convertimos en otoño, que solo hay que fijarse en lo que pasa, y a veces parece que es cierto. Los frutales dan sus últimos frutos, termina la cosecha y las hojas se lanzan de los árboles jugando a ser cometas, la tierra huele a mojado, los días se hacen más cortos, las faldas más largas, y por las mañanas el cielo parece de acero. Es verdad que también pasan otras cosas pero ya no es por el otoño, sino por el equinoccio, que parece que es lo mismo pero eso es para la gente que está muy enamorada. Porque enamorarse en otoño está bien, es una buena forma de ir acabando el año, sobre todo después de los amores de verano que duran toda la vida, no en forma de rebozado de arena sino en forma de interminables suspiros. Los amores de verano nunca se acaban y cada verano es siempre el mismo y eso es lo que los convierte en hechiceros. Tal vez sea porque nos enamoramos de nosotros mismos, no lo sé bien, pero a veces parece que si no tenemos un amor de verano, aunque sea con la persona a la que amamos, el otoño parece que no va a llegar nunca, y eso es un despilfarro de tiempo para los demás.

Es cierto, como bien sabe, que a veces llamamos otoño a otras cosas que no lo son, pero que tampoco importan porque son el otoño de gente que está triste, y eso es muy contagioso, como la gripe, que también es malísima pero yo creo, como usted, que lo peor de la gripe no es siempre la enfermedad, sino ver cómo nos vamos acercando a lo que llaman con lástima población de riesgo, y ese acercarse sin darnos cuenta del todo da mucho miedo. Y luego están los turrones, en otoño, y los disfraces de muertos, en otoño, y las elecciones, claro. No le extrañe entonces que casi todo lo del año pase en otoño, y que sea porque en esta época no tenemos dónde escondernos. Incluso las playas quedan vacías y ya nadie lee los nombres escritos en la arena, y solo los fantasmas habitan los pocos castillos que quedaron en pie. Al menos, ahora, no importa llegar tarde a los sitios, no se sabe por qué pero es así.

Lo último, como sabrá, es que entre todos los otoños nos quedan esos otros que llaman libros de segunda mano, pero que tampoco lo son en realidad. A veces se confunden los libros de segunda mano con los comprados en librerías de segunda mano, pero no son lo mismo, que los de estas librerías son libros de gente muy desgraciada que se van a vivir a un sitio donde no quieren estar con esos libros, y eso da mucha pena. Me refiero, como sabrá, a los que compramos un día y que nunca leímos no sabemos por qué, pero de repente encontramos, años después, sin recordar dónde, cuándo o por qué los compramos. Y al leerlos entonces por primera vez, ahora, es cuando entendemos que la eternidad dura lo que le da la gana.

O no.

Iván Robledo


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