Cuando hacemos la clásica pregunta «¿qué fue antes, el huevo o la gallina?», generalmente no somos capaces de ofrecer una respuesta rápida e intuitiva. Esta cuestión, aparentemente intrascendente, lleva implícita una profunda controversia acerca de la existencia. De hecho, ha supuesto en diferentes épocas históricas un verdadero problema ontológico. ¿Qué ocurre cuando sustituimos dicho interrogante por uno de dimensiones cósmicas? ¿Qué fue antes, la vida o el universo?

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Aunque parezca remotamente increíble, incluso en la Grecia clásica algunos de los grandes filósofos de la humanidad debatieron arduamente sobre este tema. En épocas más recientes, también el fallecido Stephen Hawking (1942-2018) ofreció una meditada opinión sobre dicha disputa. Lo cierto es que si resumimos muchísimo el planteamiento inicial, cada una de las dos posibles respuestas está respaldada por dos corrientes de pensamiento perfectamente diferenciadas: la perspectiva más científica asegura que primero fue el huevo; la teología se postula del lado de la gallina. Muy bien, pero… ¿qué tiene que ver esto con el universo y la vida? Vayamos por partes.

Todos sabemos que la ciencia, en un principio, siempre trabaja con hipótesis. Cuando dichas hipótesis son demostradas y académicamente aceptadas se convierten en teorías. Solo un pequeño número de teorías adquirirá el rango de ley. ¿Significa esto que una ley científica es irremplazable, inmodificable? En absoluto. De hecho, aunque las leyes hayan sido demostradas, la postura del científico siempre debe ser lo suficientemente abierta como para prestar atención a nuevos planteamientos; nuevos planteamientos que, en efecto, puedan incluso hacer tambalear los paradigmas existentes.

Dicho esto, podemos entrar ahora en materia y preguntarnos, por ejemplo, qué hay de verdadero en la teoría del Big Bang. La teoría del Big Bang no deja de ser eso, una teoría. Si bien es cierto que hay una gran cantidad de evidencias que la respaldan, también es obligatorio reconocer que, desde que fue planteada por primera vez, ha sido reinterpretada y retocada en varias ocasiones para que se adapte a las nuevas predicciones teóricas: es más, existen a día de hoy varios modelos diferentes que intentan dar explicación a la realidad cuántica. En este sentido, podríamos decir que, simbólicamente, la teoría del Big Bang es el equivalente al huevo del dilema anteriormente citado, es decir, la teoría del Big Bang afirma que primero fue el universo. Esto es también lo que más o menos nos dice nuestro sentido común y lo que siempre nos han enseñado: el universo comenzó hace unos 14.000 millones de años y luego, 10.000 millones de años más tarde, surgió la vida.

¿Qué ocurre si nos centramos en la otra alternativa? Diversas filosofías orientales llevan milenios afirmando que la vida misma es anterior a todo. En el Mahapurana hindú, por ejemplo, se puede leer:

Si Dios creó el mundo, ¿dónde estaba Él antes de la Creación? […] Has de saber que el mundo no fue creado, como el propio tiempo, que no tiene principio ni final.

Mahapurana

En el budismo tampoco hay Dios en absoluto, sino que el universo en su totalidad es considerado sin principio ni final. En estos dos ejemplos mostrados (hay muchos más) la conciencia, la vida y la existencia como tal preceden al mundo.

Si entramos en el territorio cuántico de la física (sobre el cual es imposible detenernos ahora) los propios científicos proponen la posible existencia de una conciencia cósmica. En su sensacional libro Universos paralelos, el físico Michio Kaku escribe:

[…] o bien hay una conciencia cósmica que nos vigila a todos, o bien hay un número infinito de universos cuánticos.

Michio Kaku – Universos paralelos

Si no acabas de saltar de la silla con esta afirmación es probable no hayas comprendido totalmente sus implicaciones. Lo repetiré con otras palabras: En el modelo del universo que a día de hoy proponen los físicos, o existe una conciencia universal que lo impregna todo (llámala como quieras) o cada uno de nosotros existe infinitas veces en infinitas vidas alternativas. Sí, no eres el único al que le acaba de estallar la cabeza. Sin duda se trata de una concepción que resulta tremendamente extraña; no obstante, cuando se profundiza en ella prestando atención a distintas perspectivas que ha ofrecido el ser humano a lo largo de su historia, se pueden obtener conclusiones reveladoras.

Uno de los más modernos puntos de vista que defiende esta postura proviene, precisamente, de la mismísima ciencia: el profesor de Medicina y científico Robert Lanza publicó en 2007 un libro llamado Biocentrismo en el que desarrollaba una nueva Teoría del Todo (es decir, una teoría que intenta ofrecer una explicación acerca de toda la existencia), la cual otorga una importancia suprema al fenómeno de la conciencia. Recuerdo que a las pocas semanas de presentarse el libro de Robert Lanza, yo mismo pude ver en varios periódicos distintas noticias que aseguraban que un científico había demostrado que la muerte no existe. Esto es evidentemente un sinsentido. Para que pudiésemos ofrecer una afirmación de dicha envergadura sería necesario que, en primer lugar, explicásemos con seriedad qué entendemos exactamente por el concepto muerte. En el fondo, el modelo biocentrista no aporta grandes novedades con respecto a lo que ya habían sugerido algunas de las más reconocidas tradiciones místicas y espirituales milenarias.

Si has leído con atención esta entrada y te preguntas una vez más «¿qué fue antes, la vida o el universo?», probablemente ya no estés tan seguro de la respuesta. Como ves, ni siquiera la todopoderosa ciencia está en disposición de ofrecer respuestas categóricas. El mundo, en definitiva, no es blanco ni negro, sino que siempre dependerá del color del cristal con el que se mire.

Björn Blanca van Goch
www.poetadeboquilla.com
@poetadeboquilla

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