A veces doy un paseo por ese lugar donde guardo las explicaciones que no doy.

Llegar a tener un espacio así da trabajo, requiere tiempo. Igual que aprender bien a nadar, a bailar, a cantar…

Intuyo que la autoestima juega un papel importante. El sentirse bien con uno mismo y conocerse. Ser flexible pero no romperse ante las exigencias ajenas, adaptando un poco la canción del Dúo Dinámico podríamos decir que sería intentar ser «como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie«.

Con bastante seguridad, cuanta más coherencia exista entre la decisión que tomemos y nuestras creencias, más fácil nos resultará defenderla ante los demás. Pero, ¿por qué siempre nos vemos en la necesidad de hacerlo?

Imagino que influirán un montón de cosas:

  • Nos enseñan que se debe responder a lo que se nos pregunta y no hacerlo es tachado de muestra de mala educación e incluso grosería. La mayoría de nosotros hemos crecido en un entorno en el que se exigen explicaciones incluso en la etapa adulta.
  • La presión de grupo y la presión social. Si algo se sale de «la norma» no solo debe haber un motivo, sino que se exige ser conocedor de ello.
  • Y un largo etc.

En mi caso, el estar muchos años dejándome arrastrar por las opiniones de ciertas personas, depositando las decisiones que tenían que haber sido mías en las que ellas tomaban, y pensar primero en conseguir su agrado que el propio, creo que ha influido mucho a que todavía me cueste guardar las explicaciones en su cajón correspondiente en vez de sacarlas a pasear.

Quisiera aclarar que no me refiero únicamente a grandes decisiones. Tampoco pretendo demonizar el querer agradar, que al fin y al cabo como seres sociales que somos, intuyo que es algo natural. Del mismo modo, todos tenemos algunos referentes importantes cuya opinión sobre nosotros, nos importa.

No creo que tenga que ser algo malo, pero no debemos dejar que eso sea una bola que vaya creciendo y creciendo y termine siendo más grande que nuestra autodeterminación.

Sobre todo, porque habitualmente esa justificación en la que nos vemos envueltos va precedida de un sentimiento de culpa, bien sea por llevar la contraria a nuestro interlocutor, porque éste nos exige explicaciones o bien porque sabemos que estamos actuando del modo contrario al que él espera de nosotros.

Podría ser también algo que siempre dice mi padre desde que soy pequeña «Excusatio non petita, accusatio manifesta» (explicación no pedida, acusación manifiesta), pero eso lo dejaremos como tema de debate para otra publicación.

Volviendo al significado de justificación obligada que nos ocupa, una vez trabajada la autoestima, siendo coherentes con nuestra decisión —o haber decidido ser totalmente incoherente, que oye, uno también tiene derecho— debemos aprender a no exigir esas explicaciones a los demás.

En parte morbo, en parte porque necesitamos entender cómo esa persona no ha hecho lo que nosotros esperábamos o lo que creemos que haríamos nosotros de estar en su lugar, estamos continuamente pidiendo más información de la que nos dan.

Entiéndase que hay diferencia entre la preocupación, la confianza y el mostrar interés que el simple morbo. Y distinguir ambas puede ser la clave para que cada uno sea más libre.

Una asignatura de psicología que cursé decía algo así como que la culpa servía para pararse a pensar y reparar una acción. Puede tener sentido, pero no siempre es nuestra guerra que el de enfrente se enfade, por lo que no es siempre nuestro papel tener que arreglarlo, ni por ende, justificarnos.

Puede que el momento en el que aprendemos a diferenciarlo coincida con el momento en el que empezamos a tener un espacio propio de explicaciones que no damos.

Sara Carballal

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