En la entrada anterior de literatura hablé sobre tres historias (dos libros y una película) que compartían un nexo común. Hoy, sin embargo, dedicaré estas palabras a un único relato que leí hace varios años. No se trata del libro de ciencia ficción más vendido, tampoco es el relato más famoso, pero a mí, en su momento, me causó un fuerte impacto.

En 2016 se estrenó una película de ciencia ficción que tuvo un gran éxito: La llegada. Es evidente que la perspectiva desde la que se abordaba el tema del contacto extraterrestre no es el habitual. De hecho, no son los físicos, los biólogos o los militares los principales protagonistas de la historia, sino los lingüistas. La película es una adaptación de un relato anterior llamado La historia de tu vida, del escritor Ted Chiang. En ese mismo libro, de título homónimo, se puede leer otra historia cuyo hilo principal también es el lenguaje y la percepción de la realidad: su nombre es Comprende.

He vuelto a releerlo hace unos días y me ha impactado de igual manera que la primera vez. No voy a desvelar ningún elemento importante de su trama. La idea principal ya se palpa en sus dos primeras páginas: un hombre, tras haber caído en el hielo y haber perdido la conciencia mientras permanecía bajo el agua durante casi una hora, sufre daños cerebrales. Cuando se recupera, los médicos deciden administrarle una nueva terapia conocida como hormona K. A partir de ese momento, el protagonista logra desarrollar ciertas habilidades sobrehumanas y, con ellas, comienza a percibir elementos de la realidad que están más allá de lo que apreciamos con nuestros sentidos. Lo que llega a aprehender (no aprender) es tan sumamente indescriptible que necesita inventar un nuevo lenguaje para poder asumir y entender dicha información. En un breve párrafo, el individuo dice:

Estoy diseñando un nuevo idioma. He alcanzado los límites de los lenguajes convencionales, y ahora frustran mis intentos de seguir avanzando. Les falta capacidad de expresar los conceptos que necesito.

Tanto este relato (Comprende) como aquel otro que he mencionado antes (La historia de tu vida) están sustentados en una teoría lingüística muy interesante (pero que MUY INTERESANTE) no exenta de cierta polémica. Aunque hablaré sobre ella en alguna entrada posterior, dicha hipótesis sugiere básicamente que la lengua que hablamos estructura y crea el mundo que nos rodea. Una mesa, por ejemplo, solo es una mesa porque la definimos de esa manera; de igual modo, el tiempo solo es real porque hemos creado un término para calificarlo. Según la vertiente más radical de esta teoría, si no tuviésemos ninguna palabra que nos permitiera pensar en el tiempo, nos daríamos cuenta de que este simplemente no existe. En la película La llegada esto queda perfectamente representado cuando la protagonista principal comienza a aprender (ahora sí, aprender) el extrañísimo idioma extraterrestre. Dicho idioma no se rige por nuestras leyes lingüísticas, sino que está imbricado en una estructura completamente diferente que, para llegar a ser comprendida, requiere que la propia conciencia se metamorfosee y se adapte, permitiendo de este modo alcanzar nuevos límites perceptivos.

En este sentido, el filósofo, matemático y lingüista Ludwig Wittgenstein (1889-1951), en su libro Tractatus lógico-philosophicus (5.6, 1922), escribió una frase muy adecuada para este contexto:

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

También uno de los llamados poetas malditos, Stéphane Mallarmé (1842-1898) llegó a interesarse por las limitaciones del lenguaje que cada uno de nosotros utiliza en su día a día. En su obra Fragmentos sobre el libro, la cual es un conjunto de anotaciones sobre su inconcluso Libro Total, el poeta escribe lo siguiente:

El verso, pues, no debe componerse, ahí, de palabras, sino de intenciones y todas las palabras borrarse ante la sensación.

Es decir, según afirma de una forma un tanto abstracta y etérea, los versos, para transmitir lo que en esencia desean transmitir, no deben estar escritos con palabras, sino con sensaciones. Un poco más adelante, en el mismo libro, comenta algo incluso más claro y evidente:

Si supieras qué dolor siento cuando tengo que desleír mi pensamiento y debilitarlo para que sea inteligible…

Sus palabras casi no necesitan aclaración: el pensamiento, para Mallarmé, alcanza extensiones de la realidad que son incomprensibles para la mente simple y el lenguaje corriente de nuestras vidas.

Si tuviese que comparar el relato Comprende con alguna película, debería decir que tiene ciertas semejanzas con Lucy. Independientemente de que esta última te haya gustado o no, atrévete con la historia de Ted Chiang y abre los ojos. Quizás empieces a comprender la realidad que se esconde tras ellos.

Björn Blanca van Goch
@poetadeboquilla
www.poetadeboquilla.com

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