Otoño de 1.989 en Alemania. Durante todo el mes de octubre, ciudadanos de la ciudad de Leipzig, en la llamada República Democrática Alemana (del este), se han manifestado en contra del gobierno gritando “Nosotros somos el pueblo”.

El nueve de noviembre, de forma casual e imprevisible, ante la pregunta de un periodista italiano en una rueda de prensa oficial, un dirigente poco informado, de dicho país, pro soviético, responde que ya se puede pasar a la República Federal (del oeste y pro occidental) sin problemas policiales o de aduanas. Ante esta contestación, algunas personas se dirigen al muro de Berlín gritando: “Fuera, muro”, se empiezan a subir al mismo y lo golpean con martillos, con las manos y con todo tipo de utensilios. El telón de acero o muro se rompe, así, lentamente y con la alegría unánime de la población alemana, ante las cámaras de todo el mundo.

El muro de Berlín, el llamado de la vergüenza, que duró de 1.961 a 1.989, marcó la segunda mitad del siglo XX en Alemania, al dividirla en dos repúblicas, la democrática y la federal. Numerosos escritores de distintas nacionalidades han abordado este episodio en sus obras históricas y de ficción. Me detengo en tres novelas españolas actuales, extensas, apasionantes, de enorme éxito: “El eco de la piel” de Elia Barceló, “La sospecha de Sofía” de Paloma Sánchez-Garnica, y “Dime quién soy” de Julia Navarro.

El cine ha retratado esos duros años también, como las películas “Cortina rasgada” de Hitchcock, “El espía que llegó del frío”, dirigida por Martin Ritt, sobre la novela homónima de John Le Carré, “El puente de los espías”, de Stephen Spielberg y “Bye Bye Lenin” de Wolfgang Becker.

Los españoles conocemos Alemania por sus referencias históricas y políticas, por supuesto, pero también por nuestra experiencia laboral, como emigrantes y mano de obra extranjera en ese país, de bosques frondosos y verdes, donde se desarrollaban algunos de nuestros cuentos infantiles, de numerosos ríos y lagos y muy industrializada. El paisaje urbano alemán presenta sólidas y altas edificaciones, iglesias luteranas y católicas, calles que cuentan en carteles explicativos la historia de sus habitantes y museos de su historia reciente, así como monumentos a las víctimas y al holocausto de la segunda gran guerra.

El famoso muro de la vergüenza, que duró veintiocho años y unos meses, dividió la capital y la nación en dos mitades incomunicadas. Se levantó una noche de agosto de 1.961, de repente, a instancias del gobierno oriental, y se derrumbó, por sorpresa, por parte de ciudadanos valientes, durante una noche, un nueve de noviembre, del que se cumplen 30 años estos días, en que la casualidad y los hados se alinearon para que, sin muertos ni heridos, la historia de Europa diera un vuelco por completo, pues tras la caída del muro se inició el declive de la Unión Soviética y el reconocimiento de Alemania como país líder de la Unión Europea.

El mundo occidental, capitalista, defendido por tropas de Estados Unidos, y el oriental y comunista, protegido por la URSS, se separaban en 1.945 en Alemania, y desde 1.961 en que se acelera la guerra fría, se volvieron antagónicos por causa del muro, que fue en principio una valla de metal coronada de espinos y luego un muro de piedra, que partía en dos numerosas familias, antiguas amistades, calles, barrios, amores, negocios y cualquier otra relación humana. Las tres novelas citadas, en varios capítulos, nos cuentan la estremecedora falta de libertad que se vivió en aquellos años de represión política e intelectual, dentro del sector oriental, donde las familias disponían de trabajo y vivienda, todas iguales, todos con salarios mínimos, pero donde estaba prohibida la manifestación en la calle, la crítica al gobierno y la salida al extranjero.

Varias características sobresalían en el régimen político comunista, perteneciente al sector oriental del muro de Berlín, tales como:

1) Represión política sin precedentes por parte de las autoridades y tremenda ansia de libertad por parte del pueblo.

2) Espionaje estatal organizado a gran escala y de arriba abajo de todas las personas, castigándose la disidencia con cárcel y persecución exacerbada.

3) Homogeneidad de las propiedades: mismos pisos familiares, mismos supermercados, mismos automóviles en una autarquía total, pues no se importaba ni se exportaban productos.

4) Obediencia absoluta a los prebostes del estado, normalmente corruptos y amargados.

5) Eliminación de la pobreza extrema, del paro, de la riqueza personal, de la gloria individual por méritos artísticos o literarios, y de la posibilidad de enriquecerse empresarialmente.

Las tres novelas citadas, como tantas otras escritas en español, en alemán, en francés y en inglés, nos hablan del dolor de las personas que querían viajar fuera de su país, que ansiaban contrastar ideas, mejorar en sus profesiones, votar en elecciones democráticas, en fin, respirar sin delatores provenientes de la burocracia del estado por todas partes. Muchos muertos por cruzar el río Spree en Berlín, por escapar en vehículos camuflados, por construir túneles que llevaran al oeste, sembraron estos años fatídicos, cuando otras dictaduras, de distinto signo, tenían lugar también, tristemente, en Portugal, en España, en Chile, en Congo, y en Argentina.

Julia Navarro, Paloma Sánchez-Garnica y Elia Barceló, con su narrativa cercana y dinámica, nos introducen en tres décadas de paz vigilada para los ciudadanos alemanes del este, que eran castigados con años de cárcel por discrepar políticamente del gobierno, que ignoraban la vida que llevaban sus compatriotas alemanes del oeste, porque no podían salir de la fronteras impuestas, que eran obligados a trabajar en las fábricas donde se les requiriera y que arriesgaron la vida, miles de veces, por cruzar al otro lado de la valla de espinos.

La dureza de la vida tras la pared oriental del muro aún se recuerda en la memoria de los abuelos y en libros de historia y literatura, incluso en registros de radio, cine, prensa y televisión.

En el trigésimo aniversario de la caída de esta frontera anti natura, podemos festejar la reunificación de Alemania, que ha sido ardua, podemos brindar por la libertad y leer las distintas e interesantes novelas que nos hablan de un tiempo en que estuvo perdida en el corazón de Europa.

Teresa Álvarez Olías

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