El sabor no ocupa lugar

Antes era todo más fácil porque había pecados, ¡y qué pecados!, grandes y pequeños, mortales y veniales, listas y listas de pecados, hasta pecados capitales, y de provincias, claro.

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Sepa usted, señora, que para algunas gentes casi todo es cosa de mucha hipocresía. Y mire que no se lo digo para entristecerla sino para que se atenga, que bien sé que usted es de aldea y poco le importa lo que opinen las gentes. Pero eso pasa, señora, que hay a quien le parece mal que al menos una vez al año haya quien sea amable, o generoso, o atento, o se acuerde de su nombre al pasar o al quedarse. O de limosna. O rece. Lo que viene siendo un hipócrita de libro, de bestseller, al decir de esas gentes. No sé qué opinará usted, pero a mí me gusta pensar que ser amable o generoso una vez al año es serlo más que ninguna vez, más que cero veces, más que nunca, y que si se hace por hipocresía es algo que ignoro, como tampoco sé cuántas veces hay que ser amable en un año para que no se considere hipocresía sino condición, al parecer más de una vez, o al menos no serlo, amable o generoso, en determinadas fechas, y mucho menos, porque eso es lo peor, ser amable o generoso una sola vez al año y además en unas fechas concretas. Eso es ser, al decir de algunos, el colmo de la hipocresía, y a la gente no le gusta ser cosas que no sabe muy bien lo que son, y es lógico que así sea.

Hay gente que no sabe que hay gente a la que le gusta que no le guste nada, supongo que porque de todo tiene que haber, pero cómo cansan. No sé qué opinará usted, pero debe ser difícil distinguir una sonrisa hipócrita de una auténtica, a simple vista se parecen mucho, dan el pego, son idénticas, diría que iguales, calcadas, y que quizá haya que saber mucho sobre hipocresía para poder distinguirlas, no lo sé, tal vez ser todo un experto en hipocresía, un maestro, un habilidoso artesano, un genio de la hipocresía para saber diferenciar una sonrisa hipócrita de una sincera, o un gesto, o quién sabe qué cosa. Pero, para serle sincero, no lo sé. Supongo que por esa razón es tan fácil engañar a los niños, porque ellos ven todas las sonrisas igual de auténticas, son esos jodidos niños que no saben de hipocresía ni de lavar conciencias, y que así les va.

Lo cierto es que no sé a cuento de qué le contaba esto, pero tengo para mí que todas estas novedades vienen de antiguo. Antes era todo más fácil porque había pecados, ¡y qué pecados!, grandes y pequeños, mortales y veniales, listas y listas de pecados, hasta pecados capitales, y de provincias, claro. Luego vinieron a salvarnos, seguro que lo recuerda, y nos dijeron que iban a quitar la cosa del pecado, pero lo que no nos dijeron es que desde entonces todo iba a ser pecado, aunque ya no dicen pecado, que lo único que han hecho es cambiarle el nombre, sino cualquier otra cosa, y así es peor que antes, porque ahora sale en los telediarios lo que hacemos mal, y resulta un bochorno que tu presentador o comentarista favorito te diga que eres lo que antes era un pecador, ya sabe. Y así no se puede. Como ya no pecamos tenemos que encontrar las faltas y los defectos en los demás, que señalar siempre se nos ha dicho que es cosa de mala educación, claro, pero no nos queda otra. Si queremos una sociedad perfecta, comprometida, equilibrada, armonizada (y si es posible, que recicle) hay que acabar con los defectos ajenos, esos que los ajenos llaman derechos cuando les toca a ellos, que es cuando se equivocan. Y en esta cruzada pocas cosas producen tanta satisfacción como desenmascarar emboscados.

Y así están las cosas, señora, que ni hacer las cosas mal se puede. Uno no sabe cuántas veces hay que hacer algo bueno en un año para que no se considere que en realidad se está lavando la conciencia. Pero sí recuerda qué pecados puede provocar. O no.

Iván Robledo

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