Elena Martín Morollón María Jesús González Redactores

Coronavirus: el miedo a la incertidumbre

Estamos viviendo unas semanas convulsas, donde la información y la desinformación aportada con cuentagotas y con sus tintes sensacionalistas están favoreciendo el caldo de cultivo para instaurar el pánico y el desconcierto en la población mundial.

Estamos viviendo unas semanas convulsas, donde la información y la desinformación aportada con cuentagotas y con sus tintes sensacionalistas están favoreciendo el caldo de cultivo para instaurar el pánico y el desconcierto en la población mundial.

Los intereses de las empresas farmacéuticas, la propia OMS (Organización Mundial de la Salud), los lobbies cercando a los gobiernos, etc. se han convertido en los actores principales de esta realidad, dejando en un segundo plano lo más importante, la salud física y mental de los ciudadanos, los cuales fluctuamos entre la negligencia absoluta del: “esto es un resfriado y se pasa solo” a la psicosis de la pandemia y el cierre internacional de fronteras.

Como dato “curioso”, reflejar la modificación que realizó la OMS, en cuanto a los requisitos para considerar pandemia a la propagación de una enfermedad. 

Antes del 2010, se consideraban dos premisas:

  • Que un virus se propagase con rapidez
  • Que la tasa de mortalidad producto de esta enfermedad estuviera siendo muy superior a las medias estacionales

Tras el fenómeno de la “Gripe A”, los requisitos para definir una pandemia se redujeron al primer punto, dejando de ser necesario aludir a la mortalidad.

En aquel momento los gobiernos (“pastoreados por los lobbies de las farmacéuticas”, según apuntaba por entonces el periodista Iñaki Gabilondo en los informativos de Cuatro) ya se habían hecho con arsenales de vacunas contra esta gripe, aunque finalmente las tasas de mortalidad nunca superaron a las de una gripe estacional “al uso”, por lo que esas vacunas han quedado en el stock de los países desarrollados, a la espera de poder endosárselos a países en vías en desarrollo y que la nefasta inversión fuese rentabilizada.

Tras esta introducción enfocada a contextualizar la realidad socio-política en la que vivimos, nos gustaría aportar unas líneas de sensatez que potencien la prudencia, de tal forma que consigan estrechar el cerco de la responsabilidad personal, aludiendo ante todo a lo que está en nuestra mano para proteger nuestra salud y la de los que nos rodean.

Para ello hemos seleccionado un fragmento extraído del blog <<maribelium.blogspot.com>> de la Médico Psiquiatra, Doctora en Medicina y Master en Psicoterapia Maribel Rodríguez, que pone el foco de atención en la vulnerabilidad y en cómo la incertidumbre vital sigue siendo la asignatura pendiente del ser humano.

El coronavirus nos ha puesto delante de nuestra propia vulnerabilidad y de nuestros miedos. Por eso, es preciso poner un nombre concreto a esos miedos para poderlos combatir uno por uno. Si no, corremos el riesgo de que se enmarañen dentro de nuestras mentes hasta que sea difícil saber cómo salir del enredo. Los miedos concretos que hay que nombrar, para manejarlos mejor son: el miedo a la enfermedad, el miedo a la pérdida de control, el miedo a la pérdida de seguridad, el miedo a la muerte, el miedo a que nuestros seres queridos se enfermen, el miedo a la incertidumbre, etc. Estos miedos nos hacen más conscientes de la fragilidad de nuestras vidas, pues normalmente vivimos sin plantearnos qué es lo que las puede alterar, por mucho que racionalmente sepamos que esto es posible en cualquier momento. El vivir de espaldas a nuestra fragilidad es una forma de protegernos de los miedos, pero nos puede hacer llevar a ser inconscientes y débiles ante las situaciones difíciles que se nos pueden presentar, pues no tendremos la preparación adecuada para ello. 

maribelium.blogspot.com

El miedo surge ante circunstancias reales que están poniendo en peligro nuestra integridad física y mental. La ansiedad surge producto de nuestra imaginación, parapetándose tras los “y si” que nos sitúan en alarma ante situaciones o contingencias que realmente no entrañan el peligro o la gravedad que les estamos asignando en nuestra mente.

Conseguir una balanza entre ambas emociones es fundamental para saber cómo debemos afrontar la realidad que nos toque vivir. 

Discriminar el miedo (su objetivo es favorecer la supervivencia) de la ansiedad (estado emocional que nos lleva a la angustia y el malestar general) supone una de las claves para evitar entrar en un estado de pánico que nos impida razonar y actuar desde la coherencia, la prudencia y sobre todo la responsabilidad personal ante lo que acontece.

Aceptar la vulnerabilidad y nuestro carácter finito forma parte del aprendizaje de este tipo de realidades que surgen en nuestro adormecido “estado de comodidad”, en el que nada se debe afrontar ni luchar. En nuestra mano está el acatar escrupulosamente las pautas de actuación que nos transmiten insistentemente desde los organismos públicos, ejerciendo de esta forma la disciplina social que requiere una crisis de salud pública como la que estamos viviendo.

Porque frente a la incertidumbre inherente a esta situación excepcional, hay algo que sí depende de la ciudadanía y es la forma en la que afrontamos esta realidad.

Elena Martín y María Jesús González

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