Cuentos de Cuarentena (IV): LA CORRECTORA DE CARTAS

Existen oficios que son vocaciones, y existen vocaciones que, cuando vienen mal dadas se convierten en oficios, pero cuando vienen bien dadas, pues también.

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Existen oficios que son vocaciones, y existen vocaciones que, cuando vienen mal dadas se convierten en oficios, pero cuando vienen bien dadas, pues también. Luego las personas, cuando son normales, saben esconderse detrás de cada uno de ellos, y uno no sabe distinguirlas, y si supiera no querría, y si quisiera no lo haría pues porque no. Así pensaba uno, pero luego conoció a la señora Lucía. Era fácil conocer a la señora Lucía porque cualquiera podría pensar que nunca iba a morir, y andando el tiempo todos conocemos a todos, excepto a los que quisiéramos, pero eso es otra historia, y al final, tarde o temprano, acabaríamos conociendo a la señora Lucía a quien iban a ver, ¡cómo olvidarlo!, todo el que podía.

-¿Usted también?

-Cuando era necesario, sí.

La señora Lucía era una mujer muy mayor. Tenía el pelo blanco, no le gustaba tener el pelo blanco pero sabía que era su obligación, también tenerlo recogido en un moño, y al final terminó acostumbrándose. La señora Lucía era muy mayor, decía, tanto que nadie recuerda cuándo comenzó a hacer lo que hace ni porqué empezó a hacerlo, que es lo que tiene la edad cuando se es mucha. Todos los que la conocen la recuerdan haciendo lo que hace desde que la recuerdan, que suele ser desde hace muchos, muchísimos años.

-¿Y lo hace bien?

-Es la mejor.

Cuando visité a la señora Lucía, que tiene una nieta que se llama Lucía que va a todos lados con su hija colgada de su pecho, no confiaba demasiado en su habilidad. Después sí, claro, pero eso es algo que no se puede explicar porque después todo es más fácil, después ya se saben las cosas porque se han vivido, y eso no tiene mérito.

Lo que ocurría era que uno iba a ver a la señora Lucía y le llevaba una carta, y ella resucitaba la carta.

-No lo entiendo.

Verá, la señora Lucía te pedía que te sentaras delante de ella, en un banco de piedra, bajo un emparrado, en su casa, y después te pedía que le leyeras la carta estropeada. Ella cerraba los ojos y sonreía, como si la carta fuese para ella porque solo lo hacía con las cartas de amor, con las cartas de los enamorados, las cartas que le escriben los hombres a las mujeres y las que se dice que nunca le escriben las mujeres a los hombres, que eran las que más le gustaban. Las cartas que le llevábamos a la señora Lucía eran de amor, en efecto, solo de amor, y todas tenían tachaduras, o raspaduras, o manchas en la tinta que eran lágrimas de quien las escribía, y así no se podía saber qué era lo que querían decir del todo porque faltaban palabras tachadas, o raspadas, o casi borradas, o con la tinta corrida, y que solían ser las palabras más hermosas, o las frases, o los renglones a veces. Entonces era cuando la señora Lucía te hacía leer la carta, y luego ella tomaba el papel y veíamos que lo leía una, cinco, diez veces, las veces que fuesen necesarias en realidad

Entonces abría los ojos.

Y después nos devolvía la carta mientras nos descubría cuáles eran esas palabras, o esas frases, a veces renglones, tachados, raspados o con la tinta corrida por las lágrimas, los besos o la luna.

Eso era lo que hacía la señora Lucía. Eso era lo que hacía y creo que lo sigue haciendo, no estoy seguro. Hace varios años fui a ver a la señora Lucía y eso fue lo que hizo. Ayer vi a su nieta y se lo recordé. Ella, su nieta, me sonrió al decir:

-Mi abuela nunca ha sabido leer ni escribir.

Recordé a la señora Lucía y la creí.

Iván Robledo R.

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