Iván Robledo Opinión Redactores Relatos Breves

Cuentos de Cuarentena (V): LA ROPA TENDIDA

Cuando uno se hace médico es para toda la eternidad, hay cosas que escapan al control de los hombrecillos, y esta es una de ellas.

El tiempo se dice que son los demás. Por eso no cumplimos años, más bien cumplimos bodas, sepelios y bautizos, los de los demás, por eso se dice que el tiempo son los demás. Y el resto, allá cada cual. Esto pasa con casi todos, también con quienes hacen de su vida una vida para que la vivan todos los demás, como los médicos y los que curan, a veces el cuerpo, a veces el alma, a veces conociéndola a usted. Luego está lo que uno entiende por cada cosa, pero ahí es imposible entrar.

Don Julio se hizo médico. Cuando uno se hace médico es para toda la eternidad, hay cosas que escapan al control de los hombrecillos, y esta es una de ellas. Don Julio no se hizo médico para eso, pero eso fue lo que le pasó. También pasó el tiempo y un día le dijeron que tenía que jubilarse. Luego algo le ocurrió, eso dijeron sus familiares y sus vecinos, y don Julio quedó ya en una silla de ruedas, que es como vivir en un desván.

Cuando se está postrado, el mar bravo o el océano sin orillas son el cielo azul. Don Julio se asomaba a la ventana de su piso, don Julio se asomaba a la ventana y suspiraba. Cerraba los ojos y recreaba en su mente de diagnosticar a sus pacientes, y sonreía al recordar que a la mayoría les dolía la piel del alma. No a todos, algunos estaban enfermos de verdad y otros, los peores, malos de verdad, y al recordarles, don Julio rezaba por ellos.

– Para ti, abuelo. Feliz cumpleaños.

– ¡Unos prismáticos!

Desde ese día don Julio pasó consulta por todo lo alto. Metódico y analítico, científico, estadístico y observador de la condición inhumana y de la otra, clínico y soñador, don Julio observaba todos los días la ropa que tendían los vecinos en sus casas, quien en la azotea, quien no en sus balcones, cubretendales o donde se podía.

Don Julio decía que se sentía como James Stewart, o como el papa cuando lo trasladaban con la silla en vilo, pero lo decía solo para hacer reír a su gente. Cuando volvía a quedarse solo pensaba en otras cosas.

– La señora de Gosende ha lavado su vestido verde. No anda bien con su marido.

– Está secándose la lencería de Marga, están mejor de lo suyo.

– Camisas nuevas. El hijo de Carmucha encontró trabajo al fin, esperemos que le dure.

– ¿Un traje azul? Raqueliña vuelve a pegársela al simplón de Pablo.

Después don Julio descansaba, cerraba los ojos y echaba la vista atrás.

El tiempo había perdido la cuenta de las veces que don Julio lloró, cuando nadie le veía, por sus pacientes. No por sus enfermedades, que eran cosa de la ciencia y de su jurisdicción, sino por sus corazones. Fueron casi cincuenta años de roce diario, ¿quién sobrevive a eso sin ser una divinidad? En realidad, don Julio siempre estuvo allí, en todos, sin que ellos lo supieran.

– Ángeles está triste.

Bajaba los prismáticos y se preguntaba qué podía hacer. Nada. Cuando Ángeles usaba esa ropa, la misma que ahora ondeaba en su balcón, era porque estaba triste.

Don Julio visitaba a sus pacientes a través de los prismáticos recorriendo su ropa tendida, eso le bastaba. Luego hacía lo que podía, que era poco. Su nieto también era poco, pero era suyo.

– Ve a ver a Adolfo, el del piso de enfrente, ya sabes quién te digo, y dile que me gustaría verle, que tengo algo que decirle.

– Sí, abuelo.

Y Adolfo iba sin saber qué querría su antiguo médico. Don Julio callaba lo que sabía, que su mujer estaba preocupada por su salud, que puso a secar la blusa de cuando ir al notario. Y don Julio y Adolfo pasaban la tarde alegres como viejos amigos, como amigos de siempre.

Cuando uno se hace médico se hace para toda la eternidad. Es lo más parecido a la amistad.

Iván Robledo R.

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