Editorial Amarante Redactores Teresa Álvarez Olías

Confinamiento

De golpe, en unos días, 2020 nos ha cambiado la vida a los humanos que habitamos en este globo suspendido en alguna esquina del universo.

De golpe, en unos días, 2020 nos ha cambiado la vida a los humanos que habitamos en este globo suspendido en alguna esquina del universo.

Hasta hace unas semanas nos creíamos invencibles, confiábamos en la tecnología para progresar ad infinitum y éramos dueños de nuestro destino. La televisión nos acercaba a la realidad china pero nosotros, europeos, acostumbrados al hedonismo, vivíamos al margen de su dolor, como si este se pudiera controlar, como si la naturaleza humana tuviera nacionalidades y existieran diferencias mentales o físicas entre blancos y negros, entre europeos y asiáticos, entre ricos y pobres, entre mujeres y hombres.

Las fronteras son barreras inventadas en nuestros delirios de poder para delimitar el campo, los mares, las montañas y las razas. Hoy los españoles vivimos confinados en muestras casas para protegernos de una enfermedad misteriosa que nos pisa los talones a un ritmo veloz. Hemos despertado de nuestro frenesí de trabajo y ocio, de pereza y viajes como quien sale con pánico de un sueño feliz por un despertador frenético sonando en la mesilla de noche.

Son varias las sensaciones compartidas: sorpresa, miedo, incredulidad, aburrimiento, claustrofobia, frustración, ansia ante lo desconocido, pero también solidaridad con nuestros vecinos, especialmente si son mayores, piedad, orgullo así como conciencia familiar, social y planetaria.

El mundo se ha parado a nuestro alrededor y comprobamos que se va deteniendo en otros lugares más o menos lejanos. La emergencia del coronavirus pone en peligro nuestra salud y desde luego nuestro modelo de vida, incluso el capitalismo en el que nos movemos y nuestros sistemas políticos, porque los derechos individuales perecen en virtud de los comunes y la conveniencia social. Se trata, también, paradójicamente, de un gran golpe al individualismo, al egoísmo y al deterioro ambiental.

Recordamos la Historia, esa que nos cuesta asumir, como si ya la hubiéramos superado, dados los niveles de bienestar y progreso alcanzados, y advertimos, de manera recurrente, las hambrunas por nulas cosechas, las guerras, las sequías, los ataques terroristas, por supuesto las crisis económicas y cómo no, las pandemias de peste, fiebre amarilla, tuberculosis o gripe. Memoricemos todas estas terribles situaciones históricas, intentando sentir el sufrimiento vivido por todos nuestros ancestros a lo largo y ancho de La Tierra.

No queremos pasar por ninguna de ellas. Nos asusta demasiado imaginarlas, porque estamos acostumbrados a la búsqueda constante del placer y el triunfo individual. Nuestro ideal siempre ha sido la plenitud personal a todos los niveles, en mucho mayor grado que la erradicación de la contaminación ambiental, la ruina económica de nuestros países o el logro de la igualdad para todas las personas que viven en ellos.

Ahora, en un instante, hemos descubierto, al estar obligados a quedarnos en casa, que no somos inmunes a la enfermedad y esto nos asusta de manera salvaje. Pero estamos ciegos de torpeza, porque mirando solo cien años atrás comprobamos las gripes pandémicas del siglo XX: la de 1.917, la de 1.957, la de 1.968 o las del siglo XXI: la aviar de 2.004 o la específica de 2.009, por supuesto la epidemia de ébola en 2.014 (muy localizada en África), la de dengue de los años 2.000 (ubicada en Latinoamérica) o la epidemia de Sida que nos amenaza mundialmente desde 1980 y que ya se ha cobrado 32 millones de vidas.

Este revulsivo nos va a hace reflexionar, inexorablemente sobre costumbres, anhelos y principios, nos colocará frente al espejo de nuestras rutinas y nos hará buscar antiguas aficiones caseras para llenar este tiempo muerto que se nos acumula. Por todo ello, estamos recurriendo a la limpieza, la cocina, la escritura, la lectura por supuesto, los juegos de mesa con nuestros familiares, la pintura, el visionado de películas, claro que sí, o la consulta por Internet de tantos temas como nos intrigaban y nunca dedicábamos un solo minuto a consultar, porque siempre era más importante tener la comida lista, llegar puntualmente a trabajar, hacer la compra antes de que cerraran las tiendas o celebrar con nuestros amigos su cumpleaños.

Pero no hay mal que cien años dure y, por supuesto vamos a salir de este confinamiento con muchas ganas de pasear, de cuidar el entorno, de pedir la justa remuneración de sanitarios y científicos, de tomarnos en serio el tiempo dedicado a los hijos y sus abuelos, de velar por nuestros conciudadanos más desprotegidos de la fortuna y desde luego de trabajar, ahora que el enclaustramiento nos hace ansiar las rutinas laborales.

Mientras llegue ese momento de salir a las calles y encontrarnos con nuestros compatriotas y vecinos, de darnos la mano, besarnos y abrazarnos como antes, reinventemos los aplausos para los héroes de nuestro momento: el personal sanitario en todas sus escalas, las fuerzas de seguridad y los voluntarios, asumamos nuestra contingencia y a la vez nuestra fuerza, que se convierte en sinergia al compartirse, y aprovechemos para retomar la vida familiar.

Un colectivo es especialmente sensible al coronavirus: el de los indigentes, abandonados a su suerte siempre y que merecen un techo, una comida, una atención médica como el resto de los ciudadanos, por el bien y dignidad de todos.

No es sencillo encerrarse en primavera y contemplar la vida detrás de los cristales, pero avivemos el ingenio al que nos remite la necesidad. Tenemos comida y herramientas de comunicación, pero contamos con una fuerza aún más grande: la voluntad de resistir, de salir de nuevo al aire libre, de erradicar la enfermedad, de cuidarnos.

No tenemos tiempo de lamentarnos, solo de diseñar cómo vamos a mejorar nuestra vida futura, cuando esta crisis acabe. Viva la solidaridad. Abrazos virtuales.

Teresa Álvarez Olías

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