Iván Robledo Opinión Relatos Breves

Cuentos de Cuarentena (VIII): AQUÍ TIENE LA COMPRA

Enséñale a mi pequeño a contar con el corazón como sabes hacerlo tú.

-¿Cómo está tu madre?

El pequeño se encogía de hombros cada vez que la cajera le preguntaba por su madre, también se encogía de corazón pero eso no se veía, y no decía nada. Sabía cómo estaba porque se lo había dicho el doctor, pero no era capaz repetir aquellas palabras tan difíciles para él, que solo tenía seis años, aunque también un diente caído guardado en un bolsillo, y dos monedas para comprar.

Ella, en cambio, tenía el pelo negro, tan negro que parecía que era de noche a su lado, y era la cajera en el supermercado, y conocía a la madre del pequeño.

-Dile que se mejore.

El pequeño le daba las gracias de su parte, y después le daba la lista de la compra, también de su parte. El pequeño iba a comprar cada dos días, lo hacía ahora que su madre estaba enferma y no podía.

Ella entonces dejaba la caja, tomaba la nota y en una cesta colocaba cada encargo.

Él pequeño la seguía, apenas entendía la letra de su madre, turbia y primitiva; para el pequeño el supermercado era una mitología incomprensible de gigantes y enanos, pócimas y hechicerías, y en ese mundo no sabía contar las monedas.

Ella hacía esperar a los demás clientes en una cola y aguantaba sus protestas sonriendo, indiferente a los desabridos.

El pequeño le daba después las monedas mientras la cajera iba sumando el importe de cada producto. El pequeño aprovechaba y apoyaba la cabeza en su pelo y creía dormitar, y el sueño que le rehuía durante la noche lo acogía en ese momento, y también el olor a ellas.

Luego el pequeño regresaba a su casa, y ella a sus cosas, y así pasaban dos días y el pequeño regresaba para comprar.

-¿Cómo está tu madre?

Y el pequeño volvía a encogerse de hombros, también el corazón se le encogía, y también la mano cuando le entregaba la nota a ella.

-Dice mi madre que muchas gracias. Que en cuanto pueda…

-Dile a tu madre que se mejore, eso es lo único que importa ahora.

-Vale.

Ella abandonaba la línea de cajas y llenaba la cesta con la lista de la compra del pequeño en la mano, y luego iban repasando lo que acababa de comprar. El pequeño todavía guardaba su diente caído en un bolsillo, y había olvidado cómo se contaban las monedas.

-Diez piezas. Dos bolsas.

Y así con todo lo demás. Ella fingía porque en realidad solo eran dos piezas, y solo una bolsa, pero el pequeño no entendía la letra de la madre, cada vez más temblorosa e inasible. Tampoco sabía contar bien. Ella le metía en la cesta lo que le dictaba el corazón.

-Madre, ya he traído la compra.

-Gracias, hijo.

Después el pequeño se iba a jugar con su hermano, y la madre lloraba al mirar en el interior de la cesta, y reía entre lágrimas al comprobar, otra vez, que su hijo traía más dinero del que se llevaba para comprar, y más productos de los que le encargaba

Supo lo peor cuando el pequeño no fue a comprar más. No preguntó, no quiso saber, el pequeño no fue a comprar y eso fue todo, y lloró como lloran las personas valientes, cuando nadie las ve, lloran para siempre.

-Esto es para ti.

El pequeño iba con su abuela, era ya el día siguiente y llovía con congoja. Ella y la abuela se miraron, tenían mucho que decirse y por eso se miraron un instante, lo necesario para que no quedara nada sin decirse, y después se sonrieron. La abuela del pequeño le entregó una pequeña cadena de oro que había pertenecido a su madre, y en una nota unas palabras de agradecimiento:

-Enséñale a mi pequeño a contar con el corazón como sabes hacerlo tú.

Iván Robledo R.

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